Jaque Perpetuo

CAPÍTULO 10.

Me despierto con el cuello torcido y una sensación de irrealidad

Me despierto con el cuello torcido y una sensación de irrealidad. Por un segundo, pienso que estoy en mi apartamento, con resaca después de una mala noche. Luego veo los abrigos de visón colgando sobre mi cabeza y a Kael durmiendo sentado contra la puerta del vestidor, con la pistola en el regazo.

Ah, sí. El secuestro. El cerdo. El casi-sexo en el jacuzzi.

—Buenos días, sol —murmuro, estirándome y golpeando sin querer un bolso de Gucci con el pie.

Kael abre un ojo. No se despierta como la gente normal, aturdida y lenta. Pasa de "dormido" a "alerta letal" en 0,2 segundos.

—Silencio —dice, levantando la mano.

—¿Qué pasa?

—Oigo... nada.

Es cierto. La casa está en silencio. Demasiado silencio. A esta hora, Godfrey, el mayordomo que Silas "olvidó" despedir (o que se quedó por pura lealtad masoquista), debería estar haciendo ruido con la vajilla en la cocina. Godfrey es un hombre de ochenta años con cataratas y un enfisema pulmonar que suena como una gaita rota. Deberíamos oírle toser.

—Vamos —dice Kael, quitando el baúl de la puerta.

Bajamos las escaleras con cautela. Kael va primero, arma en mano (bueno, la llave inglesa otra vez, la pistola se la ha guardado en la espalda). Yo le sigo, armada con un zapato de tacón de aguja que encontré en el vestidor. Es un Louboutin. Si voy a matar a alguien, que sea con estilo.

Llegamos a la cocina. Es una estancia inmensa, industrial, llena de acero inoxidable y cobre.

Y ahí está.

El tío Marcus está de pie, pegado a la pared, con los ojos desorbitados. La tía Beatrice está subida a una silla (literalmente de pie sobre la silla), con las faldas recogidas como si hubiera visto un ratón. Julián está picoteando una tostada con indiferencia, mirando al suelo.

En el centro de la cocina, tirado boca abajo sobre las baldosas de ajedrez, está Godfrey.

Hay una bandeja de plata caída a su lado. El café se ha derramado, creando un charco oscuro que se expande lentamente hacia su cabeza calva.

—¡No se muevan! —grita Marcus al vernos entrar—. ¡Es una trampa! ¡Si nos acercamos, explotamos!

Kael ignora a Marcus y camina directamente hacia el cuerpo. Yo voy detrás, sintiendo cómo se me encoge el estómago. Godfrey era un buen tipo. Me pasaba galletas de contrabando cuando mis padres me castigaban sin cenar.

—Kael, cuidado —susurro.

Kael se arrodilla junto al mayordomo. Toca su cuello. Espera. Niega con la cabeza.

—Está muerto.

—¡Dios mío! —chilla Beatrice—. ¡El asesino ha vuelto a atacar! ¡Estamos muertos! ¡El reloj! ¡Miren sus relojes!

Todos miramos nuestras muñecas. Mi pulso está en 130, pero sigo viva. No he explotado. Los cimientos de la casa no han retumbado.

—¿Por qué no hemos volado por los aires? —pregunta Julián, masticando su tostada—. La regla era clara: si alguien mata a otro, boom.

Kael le da la vuelta al cuerpo de Godfrey. El pobre hombre tiene una expresión de sorpresa congelada en la cara, los ojos abiertos mirando al techo y la piel de un color gris azulado. No hay sangre. No hay heridas de cuchillo. No hay marcas de estrangulamiento.

Kael revisa el reloj inteligente en la muñeca del mayordomo. La pantalla parpadea en rojo: ALERTA MÉDICA. PARO CARDÍACO.

—No lo mataron —dice Kael, cerrándole los ojos a Godfrey con un gesto extrañamente respetuoso—. Fue un infarto masivo. Muerte natural.

—¿Natural? —Marcus se despega de la pared, bajando los hombros—. ¿Estás seguro?

—El sistema de bombas distingue entre trauma y fallo orgánico. Godfrey murió del susto, o del estrés, o simplemente porque tenía ochenta años y trabajaba para una familia de psicópatas.

Beatrice baja de la silla, alisándose el vestido, recuperando instantáneamente su compostura de "señora rica".

—Bueno, eso es un alivio —dice, y luego mira el charco de café—. Qué desastre. Y ahora, ¿quién va a preparar el desayuno?

La miro con incredulidad.

—Tía, hay un cadáver en la cocina. Tu preocupación por los huevos revueltos es un poco sociópata, incluso para ti.

—¿Y qué sugieres que haga, Nora? —replica ella—. ¿Qué le haga el boca a boca? Está muerto. Es una lástima, pero la vida sigue.

—Tenemos un problema —interrumpe Kael, poniéndose de pie—. Quedan veintiocho días. No podemos dejarlo aquí.

—¿Y si lo sacamos al jardín? —sugiere Julián.

—Las puertas están blindadas, genio —le recuerdo—. Y las ventanas selladas. No hay salida.

El silencio se hace pesado. Todos miramos el cuerpo de Godfrey. Luego miramos alrededor de la cocina. Hace calor. La calefacción está alta.

—Va a empezar a oler —dice Marcus, tapándose la nariz preventivamente—. En un par de días, esto va a ser insoportable. La descomposición... los gases...

—Gracias por la clase de biología forense, tío Marcus —le corto—. ¿Qué hacemos? ¿Lo momificamos?

Kael mira hacia el fondo de la cocina. Hacia la enorme puerta de acero inoxidable que ocupa media pared.

—El congelador industrial —dice.

Todos nos giramos.

—¿Qué? —pregunta Beatrice, horrorizada—. ¿Quieres meterlo con la comida?

—Es un congelador de restaurante —explica Kael, caminando hacia la puerta y abriéndola. Una nube de aire gélido sale, junto con el olor a carne cruda—. Está a veinte grados bajo cero. Se conservará perfectamente hasta que salgamos de aquí.

—¡Ahí está mi carne de Wagyu! —protesta Marcus—. ¡Y el salmón importado! ¡No voy a comer filetes que han estado durmiendo con el mayordomo!




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