El ático de la mansión Blackwood es donde los sueños van a morir y donde las decoraciones de Navidad de 1995 acumulan ácaros. Es un espacio cavernoso, sofocante, que huele a madera podrida y a secretos que deberían haber permanecido enterrados.
—¿Estás seguro de que esto es necesario? —pregunto, apartando una tela de araña que intenta colonizar mi cara—. Ya sabemos que la estrangularon. ¿Qué esperamos encontrar aquí arriba? ¿La cuerda con una etiqueta con el nombre del asesino?
Kael avanza delante de mí, su linterna táctica cortando la oscuridad densa. Las vigas del techo son bajas, obligándole a agacharse ligeramente. Ver a un hombre tan grande tratando de no golpearse la cabeza sería cómico si no estuviéramos buscando pistas de un asesinato brutal.
—El informe decía "estrangulamiento mecánico". No usaron sus manos. Usaron algo. Una cuerda, un cable, una bufanda. —Kael aparta un maniquí de sastre antiguo que me da un susto de muerte—. Y sea lo que sea, no apareció en la escena del crimen. El asesino se lo llevó. O lo escondió.
—¿Y crees que subió hasta aquí para esconderlo entre las cajas de adornos de Halloween?
—Es el único lugar de la casa que no tiene cámaras, Nora. Silas nunca las instaló aquí por el riesgo de incendio con el cableado viejo. Si yo quisiera esconder el arma homicida, la traería aquí.
Si él quisiera.
Aun conservo la carta de la amenaza, la confesión de el de querer matar a mí hermana, por lo que, aunque odie admitirlo, tiene razón.
Si él quisiera matarla, ocultaría el arma donde nadie la puede ver.
Avanzamos más profundo en el ático. El calor aquí arriba es opresivo, a pesar de la lluvia afuera. El sudor me pega la camiseta a la espalda.
—Revisa esos baúles —ordena Kael, señalando una pila de arcones de viaje de cuero apilados precariamente cerca del borde de la plataforma del suelo.
Más allá de los baúles, el suelo de madera termina abruptamente, dando paso a las vigas desnudas y al aislamiento de fibra de vidrio. Un paso en falso y tu pie atravesaría el techo de escayola del segundo piso. Una caída de tres metros directa al pasillo.
—Sí, mi capitán —murmuro, acercándome a los baúles con cautela.
Abro el primero. Ropa de bebé antigua. Espeluznante. Abro el segundo. Libros de contabilidad de los años 20. Aburridísimo.
Me estiro para alcanzar el tercer baúl, el que está más cerca del borde peligroso. Pesa una tonelada. Tiro del cierre oxidado. Se resiste.
—Maldita sea...
Hago fuerza. Tiro con todo mi peso hacia atrás. El cierre cede de golpe. El impulso me desequilibra.
Mi pie derecho busca apoyo y solo encuentra aire.
El mundo se inclina. Siento esa náusea instantánea de la gravedad traicionándote. No grito. Mi cerebro solo registra: Vas a caer. Te vas a romper el cuello y Marcus heredará tus deudas.
Mis manos arañan el aire, buscando algo a lo que aferrarse.
Y entonces, algo me agarra.
No es algo. Es alguien.
Un brazo me rodea la cintura, frenando mi caída con una sacudida violenta que me saca el aire de los pulmones. El impulso nos arrastra a los dos hacia atrás, lejos del borde, y chocamos contra una chimenea de ladrillo.
Kael gruñe cuando mi espalda impacta contra su pecho y él impacta contra los ladrillos.
Estamos jadeando. Mi corazón martillea contra mis costillas como si quisiera romperlas. Estoy viva. No me he caído tres pisos.
Me doy la vuelta en el estrecho espacio entre su cuerpo y la chimenea. Estamos pegados. Su brazo sigue alrededor de mi cintura, apretándome con una fuerza posesiva, casi dolorosa.
Sus ojos grises están negros por la adrenalina. Su respiración es errática, caliente, golpeando mi cara.
El miedo se evapora instantáneamente, reemplazado por algo mucho más volátil. Algo que lleva 25 años cocinándose a fuego lento, alimentado por el odio, la sospecha y la atracción física innegable hacia el hombre que debería ser mi enemigo.
El silencio en el ático es absoluto. Solo nuestras respiraciones agitadas.
Miro su boca. Luego sus ojos. Él hace lo mismo. La tensión es tan densa que podría cortarse con esa navaja que lleva en el cinturón. Cada nervio de mi cuerpo está gritando. Es una necesidad física, urgente, casi violenta.
Él no se mueve. Parece estar luchando contra sí mismo, con los músculos del brazo tensos como cables de acero alrededor de mí.
No aguanto más. Si vamos a jugar a este juego, juguemos de verdad.
—Si vas a besarme, hazlo —le digo, mi voz ronca, desafiante, mirándolo directamente a esos ojos tormentosos—. Si vas a dejarme caer, avisa para que no grite.
La frase es el detonante.
Kael suelta un sonido gutural, algo entre un gruñido y una maldición, y estrella su boca contra la mía.
No es un beso romántico. No hay suavidad, no hay ternura. Es un choque. Es una colisión de desesperación y furia. Sus dientes chocan contra los míos. Su mano sube desde mi cintura hasta mi nuca, enredándose en mi pelo, inmovilizando mi cabeza para profundizar el beso.
Me besa como si me odiara por hacerle sentir esto. Me besa como si quisiera borrarme y, al mismo tiempo, consumirme. Sabe a café negro y a la misma adrenalina que me corre por las venas.
Yo respondo con la misma intensidad. Mis manos se aferran a su camiseta táctica, tirando de él, queriendo borrar el espacio inexistente entre nuestros cuerpos. Es una liberación. son 25 años de "te odio" convertidos en un "te necesito" desesperado en un ático polvoriento.
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Editado: 28.06.2026