Jaque Perpetuo

CAPÍTULO 13.

Despertar con resaca de alcohol es horrible

Despertar con resaca de alcohol es horrible. Despertar con resaca de adrenalina y tensión sexual resulta ser, curiosamente, peor.

Abro un ojo. Veo botones. Botones de una camisa negra.

Mi cara está aplastada contra un pectoral. Mi pierna está entrelazada con una pierna mucho más grande y musculosa. Y mi brazo... bueno, mi brazo está posesivamente cruzado sobre el estómago de Kael, como si él fuera mi oso de peluche favorito y yo una niña de cinco años con terrores nocturnos.

Estamos de nuevo en el suelo del vestidor, sobre el nido improvisado de abrigos de piel y almohadones. En algún momento después del "incidente" en el ático, bajamos aquí, cerramos la puerta, pusimos el baúl y colapsamos.

Me separo lentamente, intentando no despertarlo. casi casi, es como una bomba que no quiero detonar.

—Estás despierta —dice su voz ronca, vibrando directamente en mi pecho.

Por supuesto. El hombre nunca duerme. Solo se pone en modo de espera.

Levanto la cabeza. Kael está mirándome. Sus ojos grises están despejados, alerta, pero hay sombras oscuras debajo. Tiene una ligera capa de barba de dos días que raspa y le da un aspecto de adulto serio.

Me doy cuenta de que estoy babeando un poco. Me limpio la comisura de la boca con "elegancia".

—Buenos días—digo, mi voz sonando como si hubiera tragado papel de lija—. ¿Cuánto tiempo llevas mirándome dormir? Eso es un poco Crepúsculo, incluso para ti.

—Diez minutos —admite, sin moverse—. Roncas.

—¡Yo no ronco!

Me incorporo, sentándome sobre los talones. Me duelen músculos que no sabía que tenía. El ático. La pared. Su agarre. Todo vuelve de golpe. Siento que la cara me arde.

El silencio se estira entre nosotros. Es denso, incómodo. Es el momento de la verdad: ¿fingimos que no pasó nada o hablamos de ello?

Kael se sienta también, estirando el cuello. Hace un ruido sordo al crujir sus vértebras. Evita mirarme a los ojos. Se ajusta el reloj en la muñeca.

Okey, entonces ser así, fingiremos que nada pasó

Mejor para mí y mi poca dignidad.

—Tenemos que bajar —habla, mirando la puerta bloqueada.

¡NOOOOOOOO!

—Marcus estará histérico por el desayuno y tenemos que revisar si el cadáver de Godfrey sigue congelado.

Ah, era eso.

—Vaya —carraspeo—. Si, puede ser...

Kael se detiene. Me mira de reojo. Sus orejas, noto con fascinación, están un poco rojas.

—Nora... lo de ayer...

—Lo de ayer fue interesante —le corto, decidiendo que la mejor defensa es un buen ataque de humor—. Si tuviera que dejarte una reseña, diría: "Excelente intensidad, agarre firme, pero la ubicación dejaba mucho que desear. Demasiado polvo y riesgo de tétanos. 7 de 10. Volvería a contratar sus servicios, pero preferiblemente en una cama".

Kael se queda petrificado. Abre la boca. La cierra. El rubor de sus orejas se extiende lentamente por su cuello y sube a sus mejillas.

El inquebrantable Kael, el ejecutor de hielo, el hombre que mete cadáveres en congeladores sin pestañear... se está poniendo rojo.

—No te estás poniendo rojo, ¿verdad? —me inclino hacia él, encantada—. ¡Oh, Dios mío! ¡Kael Blackwood tiene sangre en las venas!

—No me estoy poniendo rojo —gruñe, poniéndose de pie y dándome la espalda para buscar sus botas—. Hace calor aquí dentro.

—Claro, claro. Es el calor. O quizás es el hecho de que te diste cuenta de que me besaste contra una chimenea sucia y te gustó.

Él se gira bruscamente, con una bota en la mano. Intenta mantener su expresión severa, pero sus ojos lo traicionan. Brillan.

Y entonces, sucede.

La comisura de sus labios se curva hacia arriba. No es una mueca cínica. No es una sonrisa de depredador. Es una sonrisa real. Una sonrisa torcida, casi juvenil, que le cambia la cara por completo. Le quita diez años de encima y toda la oscuridad de Silas.

Me quedo sin aliento. Mierda. Si antes me atraía, ahora estoy perdida.

—Eres imposible, Nora —dice, negando con la cabeza, todavía con esa media sonrisa en los labios—. ¿Un 7 de 10?

Suelto una carcajada genuina.

—Si quieres aumentar, tendrás que demostrarlo en condiciones sanitarias óptimas.

La sonrisa de Kael se desvanece lentamente, reemplazada por una mirada suave, intensa. Deja la bota en el suelo y da un paso hacia mí. Me agarra la barbilla con suavidad, levantando mi rostro.

—Lo haré —promete—. Cuando salgamos de aquí. Cuando no haya bombas ni asesinos. Te voy a dar ese 10, Nora. Y vas a tener que tragarte tus palabras.

Mi corazón hace un salto mortal. Bip. Bip. Mi reloj marca 110.

Kael mira mi muñeca y suelta una risa corta.

—Tu corazón me da la razón.

Me suelta y se pone las botas con eficiencia militar, recuperando su armadura emocional en segundos.

—Vístete. Vamos a desayunar. Y Nora... —Se detiene en la puerta, con la mano en el pomo—. Gracias.

—¿Por qué? —pregunto, confundida.

—Por hacerme reír. Hacía mucho tiempo que no lo hacía en esta casa.

Abre la puerta y sale al pasillo.

Me quedo sentada en el suelo un momento más, abrazando mis rodillas. La sonrisa estúpida no se me borra de la cara.

—Estamos jodidos —le susurro a un abrigo de visón—. Estamos taaan jodidos.

Me levanto, me sacudo el polvo del ático de los vaqueros y me preparo para enfrentar a mi familia, a un cadáver congelado y a un misterio de asesinato. Pero por primera vez desde que llegué, no me siento sola. Tengo un compañero. Un compañero que no odio.

Quién lo hubiera dicho.




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