Siempre pensé que mi primo Julián era el eslabón débil de la cadena evolutiva de los Blackwood. Un chico que se comunicaba mediante monosilábicos, con olor a fresa y miradas vacías a una pantalla.
Qué equivocada estaba.
Resulta que el eslabón perdido era yo, por subestimar la capacidad de esta familia para criar monstruos.
Estamos en la biblioteca de nuevo. Kael ha convocado una "reunión de emergencia". Marcus está histérico porque se ha saltado el almuerzo. Beatrice está sobria, lo cual la hace diez veces más irritable. Y Julián está en el sofá de cuero, vapeando con esa apatía que me dan ganas de golpearle con un libro de enciclopedia.
¿cuándo se le acabara esa porquería?
—¿Podemos acabar con esto? —pregunta Julián, exhalando humo.
Kael tira una carpeta sobre la mesa de centro. No es la del forense. Es una carpeta gris, llena de hojas de cálculo con números tan pequeños que parecen hormigas.
—Hemos estado revisando las finanzas de Silas —empieza Kael, caminando alrededor del sofá—. Buscando los pagos del chantaje de Lia. Y encontramos algo interesante.
—¿Encontraron quién le pagaba? —pregunta Marcus, esperanzado—. ¿Fue Beatrice? Seguro que fue Beatrice.
—No —dice Kael, deteniéndose justo detrás de Julián—. Encontramos un agujero negro.
—¿Un agujero? —pregunta, confundido.
—Dinero que desaparece —explica Kael—. Pequeñas cantidades. Cincuenta centavos aquí, un dólar allá, redondeos de transferencias internacionales, comisiones fantasmas en las cuentas en las Islas Caimán.
Marcus se ríe.
—¿Centavos? ¡Por favor! Silas movía millones. ¿A quién le importan los centavos?
—A nadie —dice Kael—. Esa es la genialidad. A nadie le importa perder cincuenta centavos en una transacción de diez millones. Pero si haces eso mil veces al día, durante 10 años...
Kael se inclina hacia Julián y le arranca el vapeador de la mano.
—¡Eh! —protesta Julián, intentando recuperarlo.
Kael desenrosca la boquilla del cigarrillo electrónico. No hay líquido dentro. Hay un pequeño puerto USB modificado y una luz LED azul parpadeando frenéticamente.
—... acabas acumulando una fortuna —termina Kael. Conecta el "vapeador" a la tablet de Julián que está sobre la mesa.
La pantalla cobra vida. Líneas de código verde caen en cascada como en Matrix. Y al final, aparece un saldo en una billetera de criptomonedas anónima.
SALDO TOTAL: $10,430,200.00 USD
El silencio en la biblioteca es tan denso que podría masticarse.
Miro la pantalla. Miro a Julián. Miro la pantalla otra vez.
—¿Diez... millones? —susurro, atónita—. ¿Le robaste diez millones de dólares al abuelo Silas?
Julián se queda quieto un momento. Mira a Kael, luego a mí. Y entonces, sucede algo escalofriante.
Su postura cambia. Sus hombros encorvados se enderezan. Su mandíbula floja se tensa. La expresión de aburrimiento vacuno desaparece de sus ojos y es reemplazada por una inteligencia fría, calculadora y arrogante.
Se recuesta en el sofá, cruza las piernas y sonríe.
—Técnicamente, no se los robé a Silas —dice Julián. Su voz ya no es gangosa. Es clara, articulada—. Se los robé al banco que gestiona el fideicomiso. Silas ni siquiera se dio cuenta. El viejo estaba demasiado ocupado sobornando policías y torturando Kael como para revisar los decimales de sus cuentas en Suiza.
—¡Tú! —Marcus se pone rojo, señalándolo—. ¡Pequeña rata! ¡Ese dinero es nuestro! ¡Es de la herencia!
—Era —corrige Julián con calma—. Ahora está en una nube encriptada en un servidor en Estonia. Y la única clave de acceso está en mi cabeza. Así que si intentan algo... —simula una explosión con su mano—... el dinero desaparece para siempre.
Siento una mezcla de horror y admiración reacia.
—Eres un genio del mal —digo, negando con la cabeza—. Y te has pasado los últimos veinte años actuando como si tu mayor logro fuera llegar al nivel 50 en un videojuego.
—La invisibilidad es un superpoder, prima —me guiña un ojo Julián—. Mientras ustedes se peleaban por las migajas y la atención de Silas, yo estaba construyendo mi propio imperio. Nadie sospecha del "primo tonto".
Kael no parece impresionado.
Parece listo para romperle los dedos uno a uno.
—Robar a Silas es una sentencia de muerte, Julián. Si estuviera vivo, te habría despellejado.
—Pero no lo está. Está muerto.
—Tienes un motivo —dice Kael, sacando su navaja y clavándola en la mesa de madera, justo al lado de la tablet. El sonido hace saltar a Beatrice—. Lia lo sabía, ¿verdad?
La sonrisa de Julián vacila por primera vez.
—Lia... —susurra. Su mirada se oscurece—. ¿Esa maldita bruja que tiene que ver con esto?
—Ella descubrió el desvío de fondos —presiona Kael—. Y te chantajeó. 10 millones es un motivo muy poderoso para un asesinato, Julián.
—Yo no la maté —dice Julián, perdiendo la compostura por un segundo—. ¡Lo juro! Sí, ella lo descubrió. Me vio en mi ordenador una noche.
—¿Y qué pasó? —pregunto, acercándome.
—Me pidió un corte. El 20%. —Julián se ríe con amargura—. Era ambiciosa. Acepté pagarle. ¿Por qué iba a matarla? Era mejor tenerla de socia que de enemiga. Íbamos a huir juntos.
Me quedo helada.
—¿Ibas a huir con ella?
Esto suenas más turbio de lo que quiero pensar.
—Tus tenías 15 años, Nora, nosotros ya teníamos 17 años. Ella odiaba este lugar —Julián me mira con una sinceridad que duele—. Esa noche... la noche que murió... yo estaba en mi cuarto transfiriendo el tercer pago a su cuenta. Por eso no bajé a cenar. Por eso no oí nada.
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Editado: 28.06.2026