Estoy en el rellano del segundo piso, sola. Kael se quedó en la biblioteca "motivando" a Julián para que desencripte los archivos (lo que probablemente implica mirarlo fijamente hasta que el pobre chico se confiese culpable de crímenes que no ha cometido).
Llevo una bandeja con tazas de café vacías. Me siento útil. O quizás solo soy una camarera glorificada en mi propio secuestro.
El pasillo está en penumbra. Las sombras de la tarde se alargan como dedos espectrales sobre la alfombra.
Escucho un crujido detrás de mí.
Es sutil. El sonido de una suela de cuero pisando madera vieja.
Me tenso. Mi instinto, afilado por días de paranoia y cafeína, me grita: Date la vuelta. Pero antes de que pueda girar, siento dos manos en mi espalda.
Son manos sudorosas. Tiemblan.
—Lo siento, Nora —susurra una voz masculina y desesperada—. Pero necesito el dinero.
Y entonces, el empujón.
No es un empujón maestro. No es la embestida de un asesino entrenado. Es un empujón torpe, vacilante.
Suelto la bandeja. Las tazas de porcelana vuelan, estrellándose contra los escalones en una lluvia de cerámica y ruido. Me agarro a la barandilla con una mano, mis uñas arañando la madera, y logro frenar mi caída. Mi cadera golpea contra el poste del pasamanos con fuerza, pero no caigo.
Me quedo colgando, con el corazón en la boca, mirando hacia el vacío de la escalera.
Y entonces veo pasar al asesino.
O, mejor dicho, veo pasar al proyectil humano.
Mi atacante, en su intento de empujarme con fuerza, ha dado un paso adelante. Pero ha olvidado un detalle fundamental de la seguridad laboral: atarse los zapatos.
Veo, en cámara lenta, cómo su pie derecho pisa el cordón desatado de su zapato izquierdo de diseñador italiano.
Sus ojos se abren con horror cómico. Sus brazos hacen molinillos en el aire, intentando agarrarse a algo, pero solo agarran la nada.
—¡Mierdaaaaaaa! —grita.
Y cae.
No rueda. No se desliza. Cae como un saco de patatas, golpeando cada maldito escalón con un sonido sordo y doloroso.
Aterriza en el vestíbulo, al pie de la escalera, en una posición que desafía la anatomía humana, con una pierna doblada en un ángulo que definitivamente no es natural.
Me quedo en el rellano, agarrada a la barandilla, parpadeando. El silencio vuelve a la casa, solo roto por los gemidos lastimosos del bulto en el suelo.
Bajo los escalones despacio, esquivando los trozos de porcelana rota. Llego al final.
Ahí está. El Tío Marcus.
Lleva su traje impecable (ahora arrugado), su corbata de seda (ahora torcida) y sus zapatos caros (uno de ellos, el culpable, sigue desatado).
Está pálido, sudando a mares, agarrándose la pierna derecha justo debajo de la rodilla. El hueso no ha salido, gracias a Dios, pero la pierna está girada hacia fuera como la de una muñeca rota.
Me mira con terror y dolor.
—Mi pierna... —gime—. Creo que... creo que me la he roto.
Miro su pierna. Miro su zapato desatado. Miro su cara de contable fracasado que acaba de intentar cometer un homicidio y ha fallado por incompetencia motriz.
Y entonces, exploto.
No de ira. No de miedo.
De risa.
Suelto una carcajada que sale desde el fondo de mi estómago. Me doblo por la cintura, agarrándome las rodillas.
—¡Ja, ja, ja! —Me río tan fuerte que me falta el aire—. ¡Oh, Dios mío! ¡Marcus! ¡Eres el peor asesino de la historia!
— ¡Me duele mucho! ¡Llama a una ambulancia! —grita él, lloriqueando.
—¡Acabas de intentar matarme y crees que te voy a ayudar!
Sigo riéndome. Es histérico, lo sé. Es la liberación de ver a la persona que intentó matarte retorciéndose en el suelo por pura estupidez.
La puerta de la biblioteca se abre de golpe. Kael aparece en lo alto de la escalera, arma en mano, con Julián asomando detrás.
—¿Qué pasó? —grita Kael, bajando los escalones de tres en tres con una agilidad que Marcus claramente envidia.
Llega a nuestro lado. Ve la porcelana rota. Ve a Marcus en el suelo. Me ve a mí riéndome como una desquiciada.
—¿Te atacó? —pregunta Kael, apuntando con la mirada a Marcus como si fuera a rematarlo.
—Lo intentó —jadeo, limpiándome una mini lagrimita—. Pero fue derrotado por su isma estupidez.
Kael mira el cordón suelto. Mira la pierna rota. Guarda el arma con un suspiro de exasperación profunda.
—Eres patético, Marcus.
Se arrodilla junto a él. Marcus intenta alejarse arrastrándose, gimiendo de dolor.
—¡No me toques! ¡Vas a matarme!
—Ganas no me faltan. Si quisiera matarte, no necesitaría escaleras —dice Kael fríamente. Toca la pierna rota. Marcus aúlla—. Tibia y peroné. Fractura cerrada, pero desplazada. Necesita ser realineada.
—¿Reali... qué? —Marcus palidece aún más.
—Poner el hueso en su sitio. Va a doler. Mucho.
—¡No! ¡Quiero morfina! ¡Quiero a un doctor!
—Tío, tienes suerte de que Kael sea el médico de turno —intervengo, recuperando el aliento, aunque sigo sonriendo—. Porque si fuera por mí, te dejaba ahí como alfombra decorativa. Agonizado dulcemente.
Me agacho frente a él, mirándolo a los ojos. Mi sonrisa se vuelve fría.
—¿Por qué, Marcus? ¿Por qué yo?
Marcus solloza. Su reloj inteligente pita frenéticamente. 145 pulsaciones. Está al borde de activar las bombas por puro pánico.
—¡Beatrice dijo que fuiste tú! —confiesa, balbuceando—. ¡Dijo que tú mataste a Lia, te vio en el jardín! Pensé... pensé que, si te eliminaba, Kael vería que hice justicia y nos dejaría ir. ¡Y me quedaría con tu parte! ¡Tengo deudas, Nora! ¡Debo dinero a gente mala!
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Editado: 28.06.2026