Jaque Perpetuo

CAPÍTULO 16.

Hemos dejado al tío Marcus atado al sofá del salón con cinta y una férula hecha con dos tomos de la Enciclopedia

Hemos dejado al tío Marcus atado al sofá del salón con cinta y una férula hecha con dos tomos de la Enciclopedia.

Estamos en la cocina de nuevo. Kael me ha subido y sentado sobre la isla de mármol. Mi codo sangra un poco donde me raspé contra la pared, y tengo un moretón naciendo en la cadera que promete ser espectacular.

Kael empapa un algodón en alcohol.

—Va a arder —advierte.

Respiro hondo.

1,2,3 ovejas... ah no, eso es para dormir. ¿que se cuenta para no gritar de dolor?

Me aplica el algodón. Siseo entre dientes, pateando el aire. Él no se inmuta. Sigue limpiando la herida con esa precisión clínica que me pone los nervios de punta.

—Kael —digo, mirando cómo sus manos trabajan con delicadeza—. Tenemos que hablar de lo que dijo Beatrice. Y de lo que gritó Marcus.

Kael se detiene un segundo. Luego tira el algodón sucio a la basura y busca una venda.

—Marcus estaba en pánico. Decía tonterías.

—Dijo que Beatrice me vio en el jardín —Le agarro la muñeca, deteniendo su movimiento—. Y tú... tú me miraste hace diez años como si yo fuera la peste bubónica. Como si yo hubiera traído la desgracia a esta casa.

Kael deja la venda sobre la encimera. Se apoya en el borde de la isla, quedando entre mis piernas. Hay cansancio. Un cansancio profundo y pescado.

—Yo también te vi, Nora.

El aire se congela en mis pulmones.

—¿Qué?

Kael se pasa una mano por la cara, frotándose los ojos. Cuando me mira, la máscara del ejecutor perfecto, del hombre de hielo, se ha caído. Solo queda un hombre roto.

—Esa noche —empieza, su voz bajando a un susurro ronco—. La noche que Lia murió. Yo no estaba patrullando como le dije a la policía. Y no estaba durmiendo.

—¿Dónde estabas?

—Estaba en el tejado. —Se ríe, un sonido seco y amargo—. Fumando.

Los ojos casi se me salen.

—¿Drogado?

—Ser el heredero perfecto, el hijo adoptivo agradecido... necesitaba apagar el ruido —confiesa, evitando mi mirada.

Abro la boca, sorprendida. La imagen mental no encaja. Kael siempre fue el control personificado.

—Estaba en el tejado, mirando las estrellas, sintiéndome entumecido —continúa—. Escuché un ruido abajo. En el balcón de Lia. Me asomé.

Kael traga saliva. Veo cómo su nuez se mueve. Está reviviendo el momento.

—Vi a alguien salir de la habitación de Lia. Llevaba el vestido blanco de encaje que tú solías robarle. Tenía el pelo largo, oscuro, como el tuyo. Estaba... manchada. Había algo oscuro en sus manos. Sangre.

—Kael... yo nunca entré en su cuarto esa noche.

—Lo sé. Ahora lo sé. —Me mira con intensidad, y hay dolor en sus ojos—. Pero en ese momento, con la cabeza dandome vueltas, mi cerebro hizo la conexión fácil. Eras tú. Te vi a ti, Nora. Vi a la hermana celosa saliendo de la escena del crimen.

—¿Y por qué no dijiste nada? —pregunto, sintiendo que los ojos me escuecen—. Si creías que era yo... ¿por qué no me entregaste? Silas te habría premiado. Habrías sido el héroe y me habrías quitado de tu camino para siempre.

Kael da un paso adelante, acorralándome contra el mármol. Me agarra la cara con ambas manos. Sus pulgares acarician mis mejillas con una desesperación que me asusta.

—Porque no podía —gruñe—. Te odiaba. Te odiaba por haberlo hecho, por haberme puesto en esa posición. Pero la idea de verte en una celda... la idea de que Silas te destruyera...

Apoya su frente contra la mía.

—Bajé del tejado. Entré en la habitación de Lia antes de que nadie la encontrara. Vi el cuerpo. Vi el desorden. Y vi el atizador de la chimenea en el suelo, con huellas manchadas de sangre.

—¿El atizador? —susurro—. ¿Pero no la estrangularon?

—Sí. Pero el asesino debió intentar golpearla primero o usarlo para simular la caída. —Kael cierra los ojos—. Agarré el atizador. Limpié las huellas con mi camisa. Lo tiré entre los arbustos del jardín para que pareciera que alguien entró desde fuera.

Me quedo paralizada.

—Tú... tú manipulaste la escena del crimen.

—Me convertí en cómplice —dice, abriendo los ojos. Son dos pozos de culpa—. Por ti, Nora. Destruí pruebas para protegerte. Y te he odiado cada día de los últimos diez años por convertirme en un criminal y haberte ido.

Siento que el mundo gira. Todo cobra sentido. Su frialdad. Su desprecio. Sus miradas cargadas de veneno. No era porque me considerara una fracasada. Era porque creía que yo era una asesina.

—Soy una idiota —digo, y una lágrima se me escapa.

—Lo somos —concede él.

—No fui yo, Kael. Te lo juro. Yo estaba borracha y triste, pero no maté a mi hermana.

—Te creo. —Se aparta un poco, mirándome el codo vendado—. Julián tiene razón. El perfil no encaja. Y ahora que mi cabeza está limpia... recuerdo que la figura que vi era más alta. Más robusta. Pero el vestido... el vestido me confundió.

—Beatrice dijo que me vio en el jardín —recuerdo—. Ella mintió. O vio lo mismo que tú.

—O Beatrice está encubriendo a alguien más y te usó de chivo expiatorio —dice Kael. La vulnerabilidad desaparece, guardada de nuevo bajo llave, pero ahora sé que está ahí—. Si yo te vi, y ella dice que te vio... significa que el asesino se disfrazó. O que alguien más llevaba ese vestido.

Me bajo de la isla de un salto.

—Tenemos que encontrar ese vestido. Si estaba manchado de sangre, el asesino no pudo devolverlo al armario de Lia. Tuvo que deshacerse de él.

—El incinerador del sótano —sugiere Kael—. Silas lo usaba para quemar documentos.




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