Jaque Perpetuo

CAPÍTULO 17.

¿Donde estábamos?Ah si

¿Donde estábamos?
Ah si... Recién enterada que el prefecto hijo dorado de silas usaba sustancias un tanto ilegal en algunos países. Para toda mi familia yo soy la principal sospechosa del desvivimiento de mi hermana y lo mas importante: Nos habíamos quedado en un momento casi tierno. Kael y yo, tomados de la mano, caminando hacia la salida de la cocina como Bonnie y Clyde, listos para enfrentar la lluvia y las trampas mortales de la capilla.

Pero entonces, mi cerebro, que siempre va con un ligero retraso, decide procesar la información completa.

Me detengo en seco junto a la puerta trasera.

Kael se para también y me mira, confundido.

—¿Qué pasa? ¿Oíste algo?

Miro su cara. Esa cara perfecta, cincelada por los dioses y endurecida por la culpa. Pienso en los últimos diez años. Pienso en cada vez que entré en una habitación y él salió. Pienso en cada mirada de asco, en cada comentario sarcástico sobre mi falta de moral, en cada vez que me hizo sentir pequeña, sucia e indigna.

Todo porque el señorito Perfección estaba enamorado y no sabia gestionar sus emociones.

Suelto su mano como si quemara.

—Nora... —empieza él, detectando el cambio en mi aura.

No le doy tiempo a prepararse. No le doy tiempo a esquivar. Y sé que podría esquivarme; tiene reflejos de gato pero no lo hace. Giro mi cuerpo, uso el impulso de mi cadera y estrello mi mano abierta contra su mejilla izquierda con todas mis fuerzas.

¡PLAF!

El sonido es magnífico. Resuena en la cocina vacía como un disparo. Mi palma arde.

La cara de Kael se gira violentamente hacia un lado. Se queda así un segundo, mirando a la nevera, procesando el golpe.

—¡Imbécil! —grito, y la palabra sale rasgando mi garganta—. ¡Eres un grandísimo imbécil!

Kael se gira lentamente hacia mí. Tiene la marca roja de mis dedos floreciendo en su piel pálida. No está enfadado. Está... resignado.

—Me lo merezco —dice con calma.

—¡Claro que te lo mereces! —Le empujo el pecho con ambas manos, haciéndole retroceder un paso—. ¡Me has tratado como a una criminal una década entera! ¡Me hiciste dudar de mí misma! ¡Llegué a pensar que estaba loca, que mi memoria había bloqueado algo!

—Creí que te protegía...

—¡No me protegías! —le corto, histérica—. ¡Te protegías a ti mismo de la verdad! ¡Asumiste lo peor de mí porque era más fácil creer que yo era una asesina que admitir que estabas demasiado drogado para saber qué veías!

Tomo aire, jadeando.

—¡Yo no estaba matando a nadie, Kael! ¡Yo estaba vomitando en el jardín!

Kael parpadea.

—¿Qué?

—¡Vomitando! —repito, haciendo gestos exagerados—. ¡Me había bebido mi primera botella de vodka que le robé a Marcus y lo mezclé con sidra de manzana! ¡Estaba detrás del jardin, abrazada a un arbusto de hortensias, echando las tripas y llorando porque el chico que me gustaba me había dicho que Lia besaba mejor que yo!

El silencio cae sobre la cocina. Solo se oye el zumbido del congelador donde descansa Godfrey.

Kael me mira. Yo le miro, con el pecho agitado y los ojos llorosos de rabia.

—¿Hortensias? —pregunta él finalmente.

—Sí. Las odiaba.

Kael se pasa la lengua por el interior de la mejilla, donde le he pegado. Y entonces, suelta una risa, una casi incrédula.

—Hortensias —repite, negando con la cabeza—. Yo estaba en el tejado pensando que eras Lady Macbeth lavándose la sangre de las manos... y tú estabas con tu primera borrachera adolescente entre las flores.

—Patético, ¿verdad? —Me cruzo de brazos, furiosa—. Esa es tu gran asesina. Una niña borracha y triste.

Kael da un paso hacia mí. Yo no retrocedo.

—¿Que niña? si tenias 15 años, Nora —dice.

—Yo soy una víctima de tu estupidez.

—Ya cierra la boca. —Tira de mi cintura—. Yo asumí lo peor de ti porque encajaba con la imagen de "chica problemática". Y tú asumiste lo peor de mí... que era un clasista arrogante que te odiaba por no ser perfecta.

—Lo eras —murmuro, aunque con menos convicción.

—Lo era porque tenía miedo. Miedo de ti y de que me hicieras lo mismo que a Lia. Miedo de lo que me hacías sentir y de lo que creía que eras capaz de hacer. —Se inclina hasta que estamos nariz con nariz—. Llevamos diez años bailando alrededor de un cadáver que no matamos, odiándonos por cosas que no hicimos.

Me mira los labios. Luego me mira a los ojos.

—Vomitaste en las hortensias —dice, y una sonrisa genuina asoma en sus labios—. Eso explica por qué, cuando bajé más tarde olía a mierda.

Suelto una risa estrangulada. No puedo evitarlo. La tensión, el odio, el miedo... todo se desmorona ante la imagen ridícula de la realidad.

—Dios mío, Kael. —Me tapo la cara con las manos—. Has estado encubriendo a una borracha, no a una asesina. Si Silas supiera esto, se volvería a morir de la decepción.

—Silas pensaba que eras débil. Yo pensaba que eras peligrosa. —Kael me quita las manos de la cara—. Resulta que los dos estábamos equivocados. No eres débil y no eres una asesina. Eres un desastre, Nora. Pero eres mi desastre.

El corazón me da un vuelco. Mi desastre. Suena posesivo. Suena real.

—Y tú eres un drogadicto reformado con complejo de salvador —replico, acariciando suavemente la mejilla que acabo de abofetear. La piel está caliente—. ¿Te duele?

—Sí. Tienes la mano pesada.

—Bien. Considéralo el pago inicial por diez años de terapia.

Kael gira la cabeza y besa la palma de mi mano. Un beso suave, de disculpa, que me envía una descarga eléctrica directa a la columna vertebral.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.