Jaque Perpetuo

CAPÍTULO 18.

La capilla de los Blackwood es una estructura gótica en miniatura escondida detrás de los sauces llorones, donde la familia finge tener alma una vez por generación

La capilla de los Blackwood es una estructura gótica en miniatura escondida detrás de los sauces llorones, donde la familia finge tener alma una vez por generación. Huele a humedad, a madera podrida y a velas apagadas hace décadas.

Kael rompe el candado oxidado de la puerta lateral con un golpe seco de su arma.

—Si Dios tuviera que vivir con mi familia, se habría mudado al infierno por tranquilidad —comento, sacudiéndome el agua de la chaqueta táctica que me queda enorme.

Entramos. La linterna de Kael corta la oscuridad, iluminando bancos cubiertos de sábanas blancas que parecen fantasmas arrodillados. El altar es de mármol gris, frío y austero.

—¿Dónde buscamos? —pregunto.

—Si yo quisiera esconder un vestido ensangrentado y pruebas incriminatorias... —Kael recorre el lugar con el haz de luz. Se detiene en el confesionario—. Lo escondería donde se guardan los pecados.

Camina hacia la cabina de madera tallada. Abre la puerta del lado del sacerdote. Está vacío, salvo por una araña que huye indignada por la luz. Luego abre la del lado del penitente.

Nada.

—Maldición —gruñe Kael.

—Espera —digo, acercándome al altar. Hay algo en la base. Una de las losas de piedra del suelo está ligeramente más limpia que las demás. El polvo no se ha asentado igual—. Kael, trae la luz aquí.

Él se acerca. Se arrodilla y pasa los dedos por el borde de la losa.

—Ha sido movida —confirma. Saca su navaja y la clava en la ranura, haciendo palanca. Sus bíceps se tensan bajo la tela mojada. Con un gruñido de esfuerzo, levanta la piedra.

Debajo no hay tierra. Hay un hueco revestido de cemento. Una caja fuerte de suelo antigua, de esas que se usaban para guardar el cáliz de oro.

Pero no hay cáliz.

Hay una bolsa de basura negra, sellada con cinta aislante.

Kael saca la bolsa. Pesa. La deja sobre el altar profanado y rasga el plástico con la navaja.

El olor a sangre vieja, metálica y rancia, se libera en el aire viciado de la capilla.

—Ahí está —dice Kael, iluminando el contenido.

Es el vestido. El vestido de encaje blanco que yo solía robarle. Ahora es marrón rojizo, rígido por la sangre seca. Está hecho un ovillo.

Lo miro y siento una náusea repentina, pero me obligo a no apartar la vista.

—Alguien se lo puso —deduzco—. Alguien se lo puso para matarla, o se lo puso para que tú y Beatrice pensaran que era yo.

Kael aparta el vestido con la punta de la navaja. Debajo de la tela macabra, hay algo más. Una caja de metal, como las de galletas, pero cerrada con un candado pequeño.

—¿Qué es esto? —Kael rompe el candado con facilidad.

Abre la caja.

Dentro no hay galletas. Hay un cuaderno de tapa dura forrado en terciopelo rojo. Y junto al cuaderno, una colección de tarjetas SD y pendrives, cada uno etiquetado con una letra minúscula y precisa.

B. (Beatrice) M. (Marcus) J. (Julián) S. (Silas)

Y una etiqueta que me hiela la sangre: K. (Kael).

Cojo el cuaderno. Mis manos tiemblan.

—El diario de Lia —susurro.

—Léelo —dice Kael, vigilando la puerta de la capilla con la pistola en mano, aunque su atención está en mí—. Busca el día de su muerte. O los días previos.

Abro el diario. No hay corazones dibujados. No hay quejas adolescentes sobre chicos guapos.

La caligrafía es elegante, afilada. Y el contenido...

Empiezo a leer en voz alta, bajo la luz de la linterna.

"10 de octubre. Tía Beatrice está a punto de romperse. Le enseñé las fotos de su retiro con el instructor de yoga. Lloró. Fue patético ver cómo se le corría el rímel. Me ofreció sus pendientes de zafiro. Los acepté, pero le dije que necesito efectivo. Me encanta cuando tiemblan. Es como tener el control del clima."

Levanto la vista, atónita. Kael frunce el ceño.

—Sigue —dice.

Paso las páginas.

"12 de octubre. Marcus es un cerdo. Cree que no sé lo de los desvíos. Le he dicho que tengo copias de los extractos. Se puso pálido. Me ha prometido cinco mil para el jueves. Con eso y lo que le saco a Julián por no contarle a sus padres su pequeño fraude informático, tendré suficiente para irme a París la semana que viene. Voy a dejar esta casa en ruinas."

Sigo leyendo. Hay descripciones detalladas de cómo manipulaba al personal, de cómo sembraba discordia entre los empleados para que los despidieran solo por diversión.

Llego a una entrada sobre mí.

"Nora es tan fácil. Solo tengo que dejar un poco de mi perfume en la chaqueta de Kael y se vuelve loca de celos. Cree que nadie se da cuenta, o incluso, ni ella misma se ha enterado de lo que siente. Es mi marioneta favorita. Mientras ella se odia a sí misma, nadie me mira a mí. Es el camuflaje perfecto. La hermana santa y la hermana desastre. Pobre idiota. Si supiera que Kael la mira cuando cree que nadie lo ve... quizás debería romperle el corazón a él también antes de irme."

Cierro el diario de golpe. El estallido del cuero contra el papel resuena en las paredes de piedra como un disparo.

El silencio en la capilla es pesado. Sus ojos recorren las palabras que acabo de leer en voz alta, buscando una mentira que no existe. Kael me mira, y por primera vez, veo sorpresa genuina en su rostro.

—Ella no era una víctima —susurro, y siento cómo algo se rompe y se reajusta dentro de mi pecho. Mi voz suena extraña, despojada de la calidez que solía tener al hablar de mi hermana—. Ella era la que movía los hilos.




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