Volvemos a la biblioteca empapados, oliendo a lluvia, a moho y a revelaciones podridas.
El escenario es casi cómico. El tío Marcus yace en el sofá, con la pierna entablillada sobre un cojín de terciopelo, canturreando una canción de anuncio de cereales. Kael le dio unos analgésicos del botiquín que, a juzgar por la sonrisa boba de Marcus, son lo suficientemente fuertes como para tumbar a un caballo.
Beatrice está sentada frente a la chimenea, mirando las llamas con una copa vacía en la mano. Julián sigue tecleando, pero levanta la vista cuando entramos.
—Huelen a cripta; a polvo y velas viejas —dice Julián, arrugando la nariz.
—Venimos de una —digo, lanzando la caja de metal oxidada sobre la mesa de centro con un estruendo que hace saltar a Beatrice—. Y traemos regalos.
Kael cierra la puerta de la biblioteca y echa el cerrojo, empujando su arma de forma sutil dónde no permite escandalos e intentos de fugas. Su rostro es una máscara de piedra.
—¿Qué es eso? —pregunto Beatrice, mirando la caja y el vestido ensangrentado que Kael ha dejado en una silla, todavía dentro de la bolsa de plástico abierta.
—La herencia de Lia —responde Kael. Saca las tarjetas SD y los pendrives de la caja—. Y vuestras sentencias.
Kael empieza a explicar lo que encontramos. El diario. Los chantajes. La crueldad calculadora de una niña de diecisiete años que nos tenía a todos agarrados por el cuello.
A medida que habla, la atmósfera en la sala cambia. La culpa se evapora. El miedo se transforma en indignación.
—Esa pequeña víbora... —sishea Beatrice, con los ojos llenos de odio renovado—. ¡Yo la cuidé! ¡Le compraba ponis! Y ella... ella tenía un video de...
—De ti esnifando en el baño del Club de Campo —termino yo—. Sí. Lo hemos visto. Tienes una técnica terrible, por cierto.
Julián se ríe por lo bajo.
—Siempre supe que era un peligro. Pero no sabía que tenía copias de seguridad físicas.
—Hay una tarjeta más —dice Kael, sosteniendo el pendrive etiquetado con la letra S.
—Silas —susurra Marcus desde el sofá, abriendo un ojo—. Papá lo sabía todo.
—Muy bien, Marcus, veo que la caída no te hizo más retrasado —le dice Kael sin mirarlo—. Lia intentó chantajear a Silas también.
—¿A Silas? —Beatrice suelta una carcajada histérica—. ¿Con qué? ¿Con que era un bastardo desalmado? Eso no es un secreto, es su marca personal.
Kael conecta el pendrive a la tablet de Julián, que está conectada a la pantalla grande de la biblioteca.
Aparece un archivo de video. La fecha es de una semana antes de la muerte de Lia.
Le doy al play.
La imagen muestra el despacho de Silas. Lia está sentada frente al escritorio, con esa postura perfecta y esa sonrisa angelical que solía engañarnos a todos. Silas está en su sillón, de espaldas a la cámara, mirando por la ventana.
—Quiero un fideicomiso propio, abuelo —dice la voz de Lia en el video. Dulce, pero con veneno debajo—. Cincuenta millones. A mi nombre. Sin restricciones.
—¿O si no? —reta Silas. Su voz es tranquila, aburrida.
—O le enviaré a la Comisión de Bolsa y Valores los documentos sobre el lavado de dinero a través de la fundación benéfica. Sé lo de Panamá y lo de Venezuela, abuelo. Lo tengo todo.
Silas gira su silla lentamente. No parece enfadado. Parece... divertido.
—Tienes agallas, niña. Tienes mi sangre. La sangre mala. La buen—Silas se inclina hacia adelante—Pero cometes un error. ¿Crees que me importa el escándalo?A mí no me importa el escándalo, Lia. Me importa la eficiencia.
—Dame el dinero y seré eficiente —replica ella.
—No —dice tajante el abuelo—. Eres un riesgo. Eres inestable. Un perro rabioso que muerde la mano del amo no se entrena, Lia, se sacrifica.
El video se corta con estática.
La pantalla se queda en negro un segundo. Luego, aparece un nuevo mensaje. No es un archivo antiguo. Es una transmisión pregrabada del propio Silas, diseñada para reproducirse solo si alguien accedía a la carpeta de chantaje S.
El rostro de Silas, viejo y demacrado (grabado poco antes de morir), llena la pantalla. Nos mira con esa sonrisa de tiburón.
—Felicidades—dice el muerto—. Si están viendo esto, significa que han encontrado la caja de Pandora de Lia. Significa que saben la verdad: ella no era una víctima inocente. Ni mucho menos mi amada y entrañable nieta. Lia no era mi favorita, Era una amenaza para el apellido Blackwood.
Me acerco a la pantalla, sintiendo un frío sepulcral.
—Durante diez años, dejé que se pudrieran en la culpa. Dejé que pensaran que había un asesino monstruoso entre ustedes. Pero la verdad es mucho más simple.
Silas hace una pausa dramática.
—Yo sabía que uno de ustedes la mataría. Lo esperaba. De hecho, lo deseaba. Lia se había vuelto peligrosa. Necesitaba ser eliminada. Pero yo no podía hacerlo. Hubiera sido... de mal gusto matar a mi propia nieta.
Kael aprieta los puños hasta que los nudillos se le ponen blancos.
—Lo sabía —gruñe—. Él lo permitió. Retiró la seguridad esa noche a propósito.
—El juego no es para encontrar al asesino y entregarlo a la policía —continúa Sila—. No sean ingenuos. La policía trabaja para mí. El juego es para encontrar al asesino... y premiarlo.
—¿Qué? —pregunto, con la voz ahogada.
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Editado: 28.06.2026