Jaque Perpetuo

CAPÍTULO 19.2. (+18)

⚠️Este capitulo contiene escena +18, pueden saltarlo y no afectara la trama ⚠️

⚠️Este capitulo contiene escena +18, pueden saltarlo y no afectara la trama ⚠️

El olor a pólvora es un afrodisíaco terrible. Lo sé porque debería estar temblando de miedo después de que Kael disparara al techo, pero en lugar de eso, siento que cada terminación nerviosa de mi cuerpo está encendida como un árbol de Navidad defectuoso.

Hemos echado a la familia. La puerta de roble de la biblioteca está cerrada con doble llave y trancada con una silla que Kael ha encajado bajo el pomo.

Estamos solos.

El silencio que sigue al caos es pesado, eléctrico. Kael guarda la pistola en la parte trasera de su pantalón, pero sus manos no se relajan. Se pasa los dedos por el pelo, despeinándose con frustración, caminando de un lado a otro como un tigre en una jaula demasiado pequeña.

—Están locos —dice, su voz rebotando en las paredes forradas de libros—. Todos ellos. Matarían a su propia madre por ese dinero.

—La eugenesia financiera de Silas ha funcionado. Ha convertido a una panda de inútiles en una manada de lobos hambrientos.

Kael se detiene en seco y me mira. Sus pupilas están dilatadas, negras, devorando el gris del iris. Está respirando agitado. La violencia que acaba de ejercer para controlar la situación no se ha disipado; se ha transformado.

Se acerca a mí. No camina, acecha.

—Y tú te estás riendo —dice, incrédulo, parándose a un palmo de mí.

—No me estoy riendo, Kael. Es la histeria. O quizás es que ver a Marcus intentando confesar un crimen que no cometió fue lo más patético que he visto en mi vida.

Kael apoya las manos en el borde del escritorio, atrapándome entre su cuerpo y la madera fría. Su calor me golpea como una ola física. Huele a sudor, a lluvia seca y a ese aroma metálico del disparo.

—Podrían haberte hecho daño —gruñe. Baja la cabeza hasta mi pecho—. Si no llego a sacar el arma...

—Pero la sacaste —le corto, levantando la barbilla, desafiante—. Eres mi perro guardián, ¿recuerdas?

La frase cuelga en el aire. Kael suelta una risa.

—No soy tu perro, Nora. Soy el hombre que lleva diez años obsesionado con la idea de que eras una asesina, y que aun así no podía dejar de mirarte.

El corazón se me para. El reloj en mi muñeca empieza a subir de ritmo.

—Me odiabas —susurro.

—Te deseaba, pero no lo quería reconocer —corrige él, y la verdad sale con la fuerza de un golpe—. Todo era confuso. Te deseaba tanto que me dolía. Odiaba desearte. Odiaba pensar que eras un monstruo y que yo quería meterme en tu cama y dejar que me devoraras.

Me agarra de la cintura con una brusquedad que me hace jadear. Sus manos son grandes, fuertes, posesivas. Me sube al escritorio de un solo movimiento, apartando papeles y bolígrafos que caen al suelo con estrépito.

Mis piernas se abren por instinto, rodeando sus caderas. El contacto es eléctrico. La tela de mis vaqueros contra su pantalón táctico es la única barrera, y parece demasiado fina.

— Estamos en una casa llena de bombas, con un cadáver en el congelador y una familia que quiere matarnos. Esto es una locura. No deberíamos...

Le agarro de la camiseta y tiro de él hacia mí, chocando nuestros pechos. Ya no hay lógica. Ya no hay moral. Solo hay la necesidad desesperada de sentir algo real, algo vivo, antes de que todo esto estalle.

—Por una vez en tu vida, cállate—le ordeno, mirándole a los ojos.

Kael no necesita que se lo digan dos veces.

Su boca se estrella contra la mía con un hambre voraz. Me besa como si quisiera respirar por mí, mordiéndome el labio inferior, invadiendo mi boca con su lengua. Es un beso sucio, desesperado, lleno de diez años de silencios y miradas robadas.

Sus manos bajan a la cremallera de mis vaqueros. El sonido del metal bajando es más fuerte que cualquier disparo. Mete las manos dentro, calientes y ásperas, y yo arqueo la espalda, gimiendo contra su boca.

—Dime que pare —gruñe contra mi cuello, mordiendo la piel sensible bajo mi oreja—. Dímelo ahora, Nora, porque si no paro en tres segundos, no voy a parar hasta que grites mi nombre tan alto que Beatrice te oiga desde el pasillo.

—No pares —jadeo, clavando mis uñas en sus hombros.

Kael tira de mis vaqueros y mi ropa interior hacia abajo con una impaciencia que me encanta. Me quita las botas sin desabrocharlas siquiera. Quedo expuesta sobre el escritorio del hombre que arruinó nuestras vidas, y la ironía es deliciosa.

Él se desabrocha el cinturón. El sonido de la hebilla cayendo es el preámbulo del caos.

Cuando entra en mí, es una estocada profunda, única, que me saca el aire de los pulmones. Grito, pero él tapa mi boca con la suya, devorando el sonido.

—Mía —gruñe contra mis labios—. Eres mía, Nora. Siempre fuiste mía, incluso cuando pensaba que eras el diablo.

Nos movemos con un ritmo frenético. No hay suavidad. No hay "hacer el amor". Esto es coger con la urgencia de los supervivientes. Es reclamar territorio. El escritorio cruje bajo nuestro peso, golpeando contra la pared con un ritmo constante.

La lámpara verde de banquero tiembla. Los libros caen de las estanterías cercanas. Crimen y Castigo aterriza en el suelo. Muy apropiado.

Kael me sujeta las caderas, marcando mi piel con sus dedos, empujando con una fuerza que me hace ver las estrellas. Yo me aferro a él, arañando su espalda a través de la camiseta, mordiendo su hombro, buscando anclaje en medio de la tormenta.

—Mírame —ordena, separándose un poco para ver mi cara.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.