El vestíbulo está en penumbra. El tío Marcus sigue en el sofá, roncando con la boca abierta.
—Demasiado tranquilo —murmura Kael, escaneando las sombras—. Julián debe estar en su cuarto hackeando la casa o llorando por su dinero. Pero ¿dónde está Beatrice?
—Probablemente rezando por nuestras almas en desgracia —respondo, bajando el último escalón.
—No, querida sobrina. Estoy rezando por mi recompensa.
La voz sale de la oscuridad, cerca del piano de cola que nadie ha tocado en veinte años.
Beatrice sale a la luz de las pocas velas que quedan encendidas. Y vaya entrada.
Ya no lleva el vestido de cóctel elegante. Lleva una bata de seda negra, manchada de vino, y tiene el pelo cardado como si acabara de pelearse con un enchufe. En una mano sostiene una copa vacía. En la otra, algo que brilla metálicamente.
—Hola, tía Bea —digo, cruzándome de brazos—. ¿Se acabó vienes a darnos el sermón de medianoche?
Ella sonríe. No es su sonrisa habitual de "soy superior a ti". Es una sonrisa rota, maníaca. Sus ojos están inyectados en sangre.
Kael da un paso adelante, colocándose ligeramente delante de mí.
—Vuelve a tu habitación, Beatrice. Estás borracha.
—Estoy lúcida, Kael. Por primera vez en mi miserable vida, estoy lúcida. —Tira la copa al suelo. El cristal estalla, despertando a Marcus con un bufido aterrorizado—. Silas quiere al ganador. Quiere al que tuvo las agallas. Y esa soy yo.
Miro a Kael. Él me mira a mí. Ambos pensamos lo mismo: Está delirando.
—Tía, por favor —digo con cansancio—. Sabemos que te encantaría ser la asesina para cobrar el cheque, pero no tienes el perfil. Eres una mujer que llama al servicio técnico si se le funde una bombilla. No tienes la fuerza física para estrangular a nadie.
Beatrice suelta una carcajada aguda que reverbera en el techo alto.
—¿Fuerza? No se necesita fuerza cuando tienes la fe de tu lado, Nora.
Se acerca un paso. Kael levanta el arma.
—No te acerques más.
—Baja eso, niño estúpido. —Beatrice levanta la mano derecha. Lo que brilla no es un cuchillo. Es un rosario. Pero no un rosario cualquiera. Es un rosario de cuentas de acero pesado, con un crucifijo en el extremo que parece más una daga que un símbolo de paz.
Lo enrolla entre sus dedos con una destreza escalofriante.
—Ella se rió de mí —susurra Beatrice, y su voz baja de tono, volviéndose venenosa—. Esa pequeña zorra se rió de mí.
—¿Yo o Lia? —no entendía la referencia.
—¡Lia, estúpida! Ella me enseñó las fotos. —Beatrice tiembla—. Esteban y yo...
—¿Esteban? —Arqueo una ceja—. ¿El jardinero? ¿El chico que tenía diecinueve años y un tatuaje horrible en el brazo? ¿En serio, tía?
—¡Era hermoso! —grita ella, ofendida—. ¡Y me escuchaba! ¡Mi esposo lleva veinte años hablándole a mis tetas, pero Esteban me miraba a los ojos!
—Y a tu cuenta bancaria, supongo —murmura Kael.
—Lia iba a contárselo a todo el mundo. Al club de lectura. Al párroco. A Silas. —Beatrice aprieta el rosario—. Me dijo: asaltacunas. Si no le daba los pendientes y cinco mil dólares al mes, le enviaria el video a Silas.
Beatrice empieza a caminar en círculos, agitando el rosario como un látigo.
—No podía permitirlo. Mi reputación... la iglesia... Mi esposo me habría divorciado y me habría dejado sin nada. Así que fui a su habitación esa noche.
Siento un escalofrío. Kael se tensa.
—¿Cómo lo hiciste? —pregunta Kael, frío, buscando la confesión técnica—. El informe forense dice que no hubo lucha.
—Estaba sentada en su tocador, cepillándose ese pelo perfecto —relata Beatrice, con la mirada perdida en el recuerdo—. Me vio entrar por el reflejo. Me sonrió la muy perra.
Beatrice hace un movimiento seco con las manos, imitando un estrangulamiento.
—No supliqué. Me acerqué por detrás. Ella pensó que le iba a llorar. Saqué mi rosario —Lo levanta, y veo que algunas cuentas están oscuras. Sangre vieja—. Se lo pasé por el cuello antes de que pudiera gritar.
Me llevo la mano a la garganta instintivamente.
—Dios mío... —susurro—. La estrangulaste con un rosario. Eso es...
—¿Irónico? —sugiere Kael.
—Iba a decir retorcido, pero sí.
—Ella arañaba mis manos —continúa Beatrice, excitada por su propio relato—. Pataleaba. Pero yo recé. Recé un Ave María por cada segundo que tardó en dejar de moverse.
Beatrice cierra los ojos, extasiada.
—Cuando terminó, se cayó al suelo. Se golpeó la cabeza con el borde de la chimenea. Fue perfecto. Parecía un accidente.
—Entonces... —Kael baja el arma ligeramente, procesando la locura—. Tú fuiste la que vi salir al jardín.
—Tuve que salir —dice ella—. Necesitaba aire. Necesitaba... purificarme. Y entonces te vi a ti, Nora. Vomitando entre los arbustos. Fue una señal divina. Dios te puso en mi camino.
—Me culpaste —digo, sintiendo la rabia subir.
—Tú eres fuerte, Nora. Tú podías soportarlo. Yo soy una dama delicada.
—Eres una psicópata con menopausia, Beatrice — espeto.
—¡Soy la heredera! —grita ella, rompiendo su calma—. ¡Silas lo dijo! ¡El asesino gana! ¡Yo la maté! ¡Yo tuve el valor! ¡Los veinte millones son míos!
Se lanza hacia nosotros. No sé qué planea hacer con un rosario contra una pistola, pero la codicia le ha frito las neuronas.
—¡Damen el dinero! —aúlla, levantando el crucifijo de acero como si fuera a apuñalarnos.
Kael ni siquiera dispara. Da un paso lateral, le pone la zancadilla con una elegancia aburrida y Beatrice cae de bruces al suelo.
#1409 en Novela contemporánea
#1577 en Otros
#526 en Humor
romance familia drama, herencia humor mentiras millonario, romance peleas y humor
Editado: 28.06.2026