Jaque Perpetuo

CAPÍTULO 21.

Pensé que encerrar a la Tía Beatrice en la despensa era el final de nuestros problemas inmediatos

Pensé que encerrar a la Tía Beatrice en la despensa era el final de nuestros problemas inmediatos. Pensé que se dedicaría a beber vino de cocina y a llorar sobre sacos de arroz hasta quedarse dormida.

Error. Grave error.

Nunca subestimes la fuerza de una mujer de cincuenta años impulsada por el fanatismo religioso, la abstinencia forzosa y la perspectiva de perder veinte millones de dólares.

Kael y yo estamos en el pasillo, recuperando el aliento. Él está comprobando el cargador de su pistola —le quedan dos balas— y yo estoy intentando quitarme una mancha de sangre seca de la chaqueta.

—¿Oyes eso? —pregunta Kael, congelándose.

—¿El silencio bendito? Sí, es mi sonido favorito.

—No. Eso.

pum.

Pum.

PUM.

Viene de la cocina. No son golpes de puño. Suena como si un ariete medieval estuviera golpeando la puerta de la despensa.

—Imposible —digo—. Esa puerta es de madera maciza. No puede...

El sonido de la madera astillándose nos responde. Corremos hacia la cocina justo a tiempo para ver el espectáculo más surrealista de mi vida.

La puerta de la despensa no se abre; explota.

Beatrice sale de entre los escombros y el humo de... ¿harina? Sí, es harina. Se ha cubierto de pies a cabeza con harina de repostería. Parece un fantasma, un espectro vengativo o un dónut glaseado con muy malas intenciones.

Y en sus manos no lleva el rosario. Lleva un candelabro.

Pero no cualquier candelabro. Ha arrancado el candelabro de bronce de siete brazos que decoraba la mesa auxiliar del pasillo de servicio. Esa cosa debe pesar diez kilos. Tiene velas rojas a medio consumir clavadas en los portavelas que se agitan violentamente.

Me ve. Sus ojos, dos puntos negros en medio de la cara blanca de harina, se fijan en mí.

—¡TÚ! —grita, señalándome con el candelabro—. ¡Jezabel! ¡Ramera de Babilonia!

—Tía, te has manchado un poco de... todo —digo, retrocediendo lentamente.
Empieza a correr hacia mí. Kael intenta interceptarla.

—Beatrice, suelta eso...

Ella gira el candelabro con una fuerza sorprendente.

El brazo de bronce pasa a milímetros de la nariz de Kael. Él tiene que saltar hacia atrás para no ser decapitado. Beatrice no se detiene. Me tiene en su punto de mira.

—¡Corre! —me grita Kael.

No necesita decírmelo dos veces. Doy media vuelta y salgo disparada hacia el vestíbulo principal.

Escucho los pasos pesados de Beatrice detrás de mí, acompañados de versículos bíblicos a gritos.

—¡AUNQUE CAMINE POR EL VALLE DE LA MUERTE, NO TEMERÉ MAL ALGUNO!

—¡Yo sí temo! —grito, derrapando en la alfombra persa del vestíbulo—. ¡Temo que me abras la cabeza con la decoración vintage!

Subo las escaleras de dos en dos. Es una escena de terror, sí, pero es tan ridícula que mi cerebro no sabe si segregar adrenalina o dopamina de risa. Mi tía, vestida de seda y harina, persiguiéndome con un candelabro mientras cita un Salmo.

Llego al primer piso. Miro hacia abajo.

Beatrice está subiendo las escaleras. No corre, trepa. Usa el candelabro como piolet, clavándolo en la barandilla de caoba, destrozando la madera centenaria.

Sigo corriendo por el pasillo de las habitaciones. Intento abrir la puerta de mi cuarto. Bloqueada. Mierda. El sistema de seguridad.

Beatrice llega al final de la escalera. Se gira hacia mí. Levanta el candelabro sobre su cabeza como si fuera Thor invocando el trueno.

—¡PREPARAS MESA ANTE MÍ EN PRESENCIA DE MIS ENEMIGOS!

Se lanza a la carga.

Corro. El pasillo es largo, interminable. Los cuadros de los antepasados me miran.

—¡Unges mi cabeza con aceite! —grita ella, cada vez más cerca. Puedo oír su respiración sibilante.

—¡Ojalá te hubieras ungido el hígado con agua, borracha! —replico, girando la esquina hacia el ala oeste.

Es un callejón sin salida. Al final del pasillo solo hay una ventana blindada y una consola con un jarrón Ming.

Me doy la vuelta. Beatrice bloquea la salida. Está a cinco metros. Sonríe. La harina se le ha pegado al sudor, creando una máscara grumosa terrorífica.

Estoy atrapada. No tengo armas. Solo tengo un jarrón Ming de la dinastía Qing que vale más que mi vida.

Lo agarro.

—¡Certamente el bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida! —grita, y baja el candelabro con un golpe descendente brutal.

Me tiro al suelo, rodando hacia la izquierda.

El candelabro golpea el suelo de parquet justo donde estaba mi cabeza hace un segundo. La madera se astilla. Las velas salen volando.

Beatrice intenta levantar el arma para el segundo golpe, pero se ha quedado clavada en el suelo.

Aprovecho el momento. Me levanto y le estrello el jarrón Ming en la cabeza.

El jarrón no se rompe, pero hace un sonido hueco, cómico, como de campana.

Beatrice parpadea. Se tambalea. La harina cae de su pelo como nieve.

—... y en la casa de Jehová moraré por largos días... —murmura, con los ojos bizcos.

Y se desploma.

Cae de espaldas, rígida como una tabla, levantando una nube de polvo blanco al impactar contra la alfombra.

Me quedo ahí, jadeando, con el jarrón intacto en las manos.

Kael aparece corriendo por la esquina, pistola en alto. Se detiene en seco al ver el cuadro: Beatrice inconsciente y enharinada en el suelo, el candelabro clavado en el parquet y yo abrazada a un jarrón chino.

Baja el arma. Mira a Beatrice. Me mira a mí.

—¿La has matado? —pregunta, con un tono que mezcla preocupación y... ¿admiración?




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