Jaque Perpetuo

CAPÍTULO 22.

Regla número uno de las películas de terror: el monstruo nunca muere a la primera

Regla número uno de las películas de terror: el monstruo nunca muere a la primera.

Regla número dos: nunca le des la espalda al cuerpo, aunque le hayas estampado una antigüedad de la Dinastía Qing en la frente.

Estábamos arrastrando a la tía Beatrice por el pasillo como si fuera una alfombra enrollada. Kael la tenía por los hombros y yo por los tobillos. Pesaba una barbaridad.

—¿Seguro que no está muerta? —pregunto, jadeando por el esfuerzo—. No respira muy fuerte.

—Tiene pulso —responde Kael, caminando de espaldas—. Pero aún estamos a tiempo...

De repente, los ojos de Beatrice se abren de golpe.

No parpadea. No gime. Simplemente pasa de "inconsciente" a "homicida" en un nanosegundo.

—¡¡HEREJES!! —brama—. ¡INCESTUOSOS!

Eso sí me dio mucha risa.

—No tenemos la misma sangre —dije.

Con una fuerza que no debería tener una mujer de su edad, lanza una patada que me da en el estómago y me hace soltar sus piernas. Caigo hacia atrás, golpeándome el trasero contra el suelo.

Beatrice se libera del agarre de Kael girando sobre sí misma como un cocodrilo y se pone de pie, tambaleándose, con la cara llena de harina y sangre manando del corte del jarrón. Parece el Joker después de una fiesta de repostería fallida.

—¡No me encerraréis! —grita, buscando un arma con la mirada. El candelabro se quedó atrás. El jarrón Ming es polvo.

Sus ojos se posan en Kael. Se lanza hacia él, con las uñas por delante, lista para sacarle los ojos.

—¡Muere, bastardo!

Kael intenta no usar la pistola. Esquiva el primer zarpazo, pero Beatrice es rápida. Se le sube a la espalda, aferrándose a su cuello, intentando asfixiarlo con el cordón de seda de su propia bata.

—¡Suéltalo! —grito, levantándome dolorida.

Kael se la sacude, intentando quitársela de encima, pero ella está en modo garrapata sagrada. Chocan contra una estantería de libros antiguos que decora el pasillo.

Él logra agarrar una de sus manos y torcérsela, pero necesita algo para apagarle las luces definitivamente. Su mano libre busca a ciegas en la estantería mientras Beatrice le clava los dientes en el hombro.

—¡Ay, maldita! —gruñe Kael.

Sus dedos se cierran alrededor del lomo de un libro. Es un tomo enorme, encuadernado en piel, pesado y grueso como un ladrillo.

Kael lo arranca de la estantería. Con un movimiento rápido y brutal, se impulsa hacia atrás para desequilibrarla y, cuando tiene un ángulo claro, descarga el libro con todas sus fuerzas sobre la cabeza de Beatrice.

El sonido es seco, contundente, definitivo y hasta satisfactorio.

Es el sonido del conocimiento entrando a la fuerza.

Beatrice se queda rígida un segundo. Sus ojos se cruzan. Su boca se abre en una "O" perfecta. Y luego, se desploma como un saco de patatas, resbalando por la espalda de Kael hasta caer al suelo con un golpe sordo.

Tal cual, una garrapata.

Esta vez no se mueve. Ni un músculo.

Kael respira agitado, tocándose el hombro mordido. Mira el libro que tiene en la mano. Lo gira para leer el título dorado en el lomo.

Suelta una risa corta, incrédula.

—Mira esto —dice, mostrándome la portada.

Me acerco, todavía con la mano en mi estómago dolorido. Leo el título repujado en oro:

"HISTORIA DE LA MORAL: TRATADO SOBRE LA VIRTUD Y EL PECADO" Volumen IV.

Miro a Kael. Miro a Beatrice inconsciente en el suelo. Miro el libro.

—No me jodas —digo, y una sonrisa se me escapa—. ¿La has noqueado con la Moral?

—Parece que por fin le ha entrado en la cabeza —responde, con esa sequedad cínica que adoro.

—Espero que ya no despierte —le doy una patadita a la tía para asegurarme de que esta vez es real.

Kael tira el libro sobre el pecho de Beatrice.

—Esta vez vamos a asegurarnos. Julián tiene cables de red en su cuarto. Vamos a atarla con cable Ethernet categoría 6. Es irrompible.

—¿Y si despierta y empieza a citar el Levítico otra vez?

Kael se frota la mandíbula.

—Entonces le leeré el Volumen V.

Agarramos a la tía, que ahora tiene un chichón del jarrón y otro del libro y la arrastramos de nuevo.

No puedo evitar pensar que Silas habría pagado una entrada de primera fila para ver esto. Su hija beata, noqueada por un tratado sobre el pecado, a manos del su hijo bastardo al que adoraba.




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