Jaque Perpetuo

CAPÍTULO 23.

Hemos depositado a la tía Beatrice en el sofá, junto al tío Marcus

Hemos depositado a la tía Beatrice en el sofá, junto al tío Marcus. Ahora parecen un par de muñecos de ventrílocuo defectuosos: uno con la pierna rota y la otra con un chichón bíblico.

Julián baja las escaleras con su portátil bajo el brazo, mirando la escena con ¿asco? ¿horror?

—Esto parece una guardería para psicópatas —murmura, ajustándose las gafas—. ¿Ya terminaron de matarse entre ustedes? Porque he desencriptado el 80% de los archivos y...

De repente, un sonido corta el aire.

No es una sirena. No es un grito.

Es una fanfarria.

Suena ta-daaa, como si alguien hubiera ganado un premio gordo en un concurso de televisión de los años ochenta. El sonido proviene de los altavoces ocultos en el techo del salón.

Las luces de la mansión, que habían estado tenues para ahorrar energía, se encienden todas a la vez con una intensidad cegadora.

—¿Qué coño...? —Kael levanta la pistola por reflejo, apuntando al techo.

La enorme pantalla del televisor sobre la chimenea se enciende sola. La cara de Silas aparece de nuevo. Pero esta vez no lleva traje de negocios. Lleva una bata de terciopelo rojo y sostiene una copa de brandy. Parece relajado. Parece... satisfecho.

¡Bravo! —exclama viejo retorcido, aplaudiendo lentamente—. El sistema de audio ha detectado una confesión de asesinato válida con un nivel de certeza del 99.9%. Beatrice Blackwood. Quién lo diría. Siempre supe que las calladitas eran las peores.

Miro a la tía inconsciente. Incluso desmayada, ha logrado activar el disparador del juego.

Tenemos un ganador—continúa Silas con una sonrisa que muestra demasiados dientes—. El misterio de Lia está resuelto. La oveja se ha quitado la piel de lobo. El equilibrio se ha restaurado.

—Genial —digo, soltando el aire que no sabía que estaba reteniendo—. Se acabó. Abre las puertas, viejo sádico. Danos el dinero y déjanos salir de este manicomio.

Como si me escuchara, la expresión de Silas cambia. Se inclina hacia la cámara. Sus ojos brillan con una locura que reconozco. Es la misma mirada que tenía cuando quemaba hormigas con una lupa en el jardín cuando yo era niña.

Pero, como bien saben, un nuevo comienzo requiere una limpieza a fondo—susurra—No pueden heredar mi imperio y dejar atrás la suciedad. Las pruebas. El escenario del crimen. La sangre en el ático. Todo eso es... antiestético.

Julián da un paso atrás.

—No me gusta cómo suena esto.

El fuego purifica—dice Silas—. El fuego borra los errores. El fuego convierte el pasado en cenizas para que el futuro pueda nacer libre.

Un contador gigante de números rojos aparece superpuesto en la pantalla, debajo de la cara de Silas.

10:00

09:59

09:58

Se ha activado el Protocolo Fénix—anuncia Silas con voz alegre—. Los cimientos no solo tienen explosivos de contención. Tienen cargas incendiarias de termita y napalm. En diez minutos, la Mansión Blackwood se convertirá en el horno crematorio más caro de la costa este.

—¡Está loco! —grita Marcus, despertándose de golpe por el ruido—. ¡Nos va a quemar vivos!

Las puertas blindadas se desbloquearán automáticamente cuando el contador llegue a cero—explica Silas—. Pero para entonces, la temperatura interior será de unos mil grados. Así que les sugiero que encuentren la salida de emergencia. Ah, y el dinero... los veinte millones en efectivo... están en la Bóveda Principal. Si quieren cobrar, tendrán que cargar con el peso, ¡bola de codiciosos!

La pantalla se apaga con un último mensaje parpadeante: QUE GANE EL MÁS RÁPIDO.

El silencio dura un segundo.

Luego, el olor. Un olor acre, químico, empieza a filtrarse por los conductos de ventilación. Humo.

—¿Diez minutos? —Julián mira el contador en su propio reloj, sincronizado con la casa—. ¡Tengo todo mi equipo aquí! ¡Mis servidores!

—¡Olvida los servidores! —le grito—. ¡Vamos a morir asados!

—La salida de emergencia —piensa Kael—. ¿Dónde está? Silas nunca mencionó una salida de emergencia en los planos.

¡Si el no lo sabe...!

—El túnel de servicio —habla Marcus, intentando levantarse del sofá y cayendo de nuevo con un aullido de dolor—. Está en el sótano. Detrás de la bodega.

—¡El sótano! —exclamo—. ¡Ahí es donde están las cargas explosivas!

—Tenemos que ir allí, ahora —Kael me apura tomando mi manos, pero lo detengo.

Miro a los dos bultos en el sofá. Marcus con la pierna rota. Beatrice inconsciente.

—¡Noora! —me afana, con un atisbo de angustia en su mirada.

—No podemos correr con ellos, pesan mucho para cargarlos.

—¡Y no lo haremos! —replica, tirando de mi mano.

—¡Nos retrasarán! —Julián ya está en la puerta, con su mochila de portátil abrazada como un bebé—. ¡Yo voto por dejarlos!

—¡Julián! —espeto

—¡Intentaron matarte, Nora!

Mire a Kael, suplicando por su apoyo pues a pesar de todo lo que han hecho, de todo lo que soy, sé que no seria campas de vivir con la responsabilidad de la muerte de alguien.

Kael, dudo por un momento, se movimiento indeciso pero al final, soltó un gruñido.

—Julian carga a Beatrice. Yo cargo a Marcus. Nora, abres camino y llevas la linterna.

—¿Yo cargo a la gorda? —Julián parece horrorizado—. ¡Pesa más que yo!

—¡Pues imagínatela llena de bitcoins! —le grito, empujándolo hacia el sofá—. ¡Muévete!




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