El humo ya no es una advertencia; es una niebla espesa y picante que nos hace llorar los ojos y toser como fumadores empedernidos. Las sirenas aúllan con una cadencia rítmica que parece decir: Jó-dan-se. Jó-dan-se.
Bajamos las escaleras del sótano en una procesión que sería cómica si no estuviéramos a cinco minutos de convertirnos en barbacoa.
Kael va en cabeza, cargando a Marcus sobre el hombro. Marcus gime con cada paso, su pierna entablillada con la enciclopedia golpeando contra la barandilla.
—¡Cuidado! —grita Marcus.
—¡Deja de moverte! —espetaKael, bajando los escalones de dos en dos.
Julián arrastra a Beatrice por los sobacos. La tía tiene los talones apoyados en el suelo, actuando como un freno humano. Julián resopla, con la cara roja, la mochila del portátil golpeándole la espalda y el vapeador colgando de la boca.
De repente, Julián se detiene. Suelta a Beatrice. Su cabeza golpea el escalón con un toc seco.
—¡Au! —protesta la tía, medio inconsciente.
—¡Julián! —grito yo, iluminando la escena con la linterna desde atrás—. ¡No la dejes ahí! ¡Muévete!
—¡Se me está resbalando la mochila! —chilla Julián, ajustándose las correas—. ¡Tengo tres terabytes de datos encriptados aquí! ¡Y mi skin exclusiva de Fortnite!
—¡Me importa una mierda tu skin! —Le empujo la espalda—. ¡Levanta a la tía o te juro que lanzo tu portátil al fuego!
Julián me mira con terror puro, vuelve a agarrar a Beatrice y sigue tirando.
Llegamos al pasillo del sótano. Aquí abajo hace menos calor, pero se oye algo terrorífico sobre nuestras cabezas. Un siseo. Como si alguien estuviera friendo tocino gigante.
—Tenemos seis minutos para cruzar el túnel —dice Kael, depositando a Marcus en el suelo con poca delicadeza. Marcus se arrastra hacia la pared, protegiendo su pierna—. La entrada al túnel está detrás de los estantes de vino, al final del pasillo. Pero primero...
Kael se gira hacia la puerta de la bóveda. Pone su mano en el escáner.
La puerta circular gira y se abre.
Si el infierno estuviera pavimentado con buenas intenciones, el cielo estaría pavimentado con lo que hay ahí dentro.
Palés de madera. Y sobre los palés, bolsas de deporte negras. Muchas bolsas. Algunas están abiertas, revelando fajos de billetes verdes, ordenados, crujientes. Veinte millones de dólares en efectivo.
El efecto es instantáneo.
Marcus deja de gemir. Sus ojos se iluminan con un brillo febril. Intenta ponerse de pie sobre su pierna buena, apoyándose en la pared.
—Dinero... —susurra, babeando.
Beatrice, que parecía muerta hace un segundo, levanta la cabeza. El olor a dinero debe ser más fuerte que el gas.
—¿Es... es nuestro? —pregunta, intentando quitarse la harina de los ojos.
—Es de quien pueda sacarlo —dice Kael. Entra en la bóveda y agarra dos bolsas grandes. Me lanza una a mí.
Me golpea en el pecho. Pesa. Pesa mucho.
—¿Veinte kilos? —pregunto, jadeando.
—Más o menos. Diez millones por bolsa.
Kael agarra la otra. Ahora tenemos un problema logístico de primer nivel.
—Kael —digo, mirando la situación—. No puedes cargar a Marcus y diez millones de dólares. Y yo apenas puedo con esta bolsa y la linterna. Julián tiene las manos ocupadas con Beatrice.
Kael mira el dinero. Mira a Marcus. Mira el túnel.
—Prioridades —Se cuelga la bolsa de dinero cruzada en el pecho. Se acerca a Marcus—. Marcus, vas a tener que cooperar. Agárrate a mi cuello. No te voy a cargar como a un bebé, vas a ir a caballito. Y si te sueltas, te dejo.
—¡El dinero! —grita Marcus, señalando las bolsas restantes en la bóveda—. ¡Quedan más bolsas! ¡No podemos dejarlas!
—¡Son veinte millones en total, idiota! —le grita Kael—. ¡Yo llevo diez! ¡Nora lleva diez! ¡No hay más manos!
Marcus se gira.
—¡Julián! ¡Suelta a la tía! ¡Coge el dinero!
Julián mira a su tía Beatrice, que está en el suelo intentando rezar el Rosario con los dedos llenos de harina. Mira las bolsas de dinero. Mira su mochila con el portátil.
Es el dilema del millennial.
—No puedo —dice Julián, sorprendiéndonos a todos—. Si suelto a la tía, se quema. Y... bueno, me cae mal, pero no quiero oír sus gritos en mis pesadillas.
—¡Eres una vergüenza para tu apellido! —le escupe Marcus.
—¡Menos charla, más correr! —grito yo. El techo del pasillo empieza a burbujear. Gotas de pintura ardiendo caen al suelo.
Kael carga a Marcus a su espalda. Marcus chilla de dolor, pero se aferra como puede. Kael, con diez millones al pecho y noventa kilos de tío a la espalda, parece Hulk. Sus venas del cuello están a punto de estallar.
—¡Al túnel! —grita.
Yo corro con mi bolsa de diez millones. Es incómoda. Me golpea el muslo. Pienso en tirarla. Pienso en que mi vida vale más que esto. Pero luego pienso en mis deudas, en los prestamista que me esperan en casa, en el esfuerzo y apoyo de Kael, y aprieto los dientes.
Julián arrastra a Beatrice con renovada energía, motivado por el calor que empieza a radiar del techo.
Llegamos al final del pasillo. La bodega. Kael patea un estante de vinos caros. Botellas se rompen contra el suelo, creando un río de vino tinto que parece sangre.
Detrás del estante, hay una puerta de hierro oxidada.
—¡Está atascada! —grita Kael, intentando abrirla con una mano mientras sostiene a Marcus.
—¡Déjame a mí! —Dejo caer la bolsa de dinero y agarro la manivela de la puerta con ambas manos. Tiro. Nada.
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Editado: 28.06.2026