Jaque Perpetuo

CAPÍTULO 25.

El túnel de servicio no es un paseo hacia la libertad; es el intestino grueso del infierno

El túnel de servicio no es un paseo hacia la libertad; es el intestino grueso del infierno. Es estrecho, huele a humedad podrida y a desesperación, y el calor que nos persigue desde el sótano en llamas empieza a sentirse en la nuca como el aliento de un dragón.

Hemos caminado, cojeado y arrastrado cuerpos durante lo que parecen horas, pero mi reloj dice que solo han pasado cuatro minutos.

—¡Veo una puerta! —grita Julián desde el frente. Su linterna ilumina un muro de hormigón al final del pasillo.

Llegamos tropezando. No es una salida al exterior. Es una antecámara. Una pequeña bóveda de seguridad al final del túnel, diseñada como último refugio o punto de extracción.

Es un cubo de cemento de tres por tres metros. En el techo, hay una escotilla circular de acero con una escalera de mano oxidada que sube hacia ella. La salida.

—¡La escotilla! —Marcus, que ha estado gimiendo en la espalda de Kael todo el camino, señala hacia arriba con desesperación—. ¡Estamos salvados! ¡Sácame de aquí!

Kael deja a Marcus en el suelo con un gruñido de alivio. Se masajea el hombro.

—Julián, ayuda a tu tío, ese ni sangre mía es—ordena Kael—. Nora, deja la bolsa.

Dejo caer mi bolsa de diez millones de dólares al suelo. Mis hombros gritan de alivio. Kael deja la suya al lado.

Ahora estamos todos en el cubo de cemento. Marcus abrazando su pierna rota. Beatrice sentada contra la pared, mirando al vacío y murmurando algo sobre el Arca de Noé. Julián intentando recuperar el aliento. Y nosotros dos, Kael y yo, mirando la escalera oxidada.

El calor aumenta. El humo empieza a filtrarse por el túnel que acabamos de recorrer. El "Protocolo Fénix" nos pisa los talones.

Kael sube la escalera rápidamente. Empuja la rueda de la escotilla.

No se mueve.

—¡Está atascada! —grita, haciendo fuerza. Sus músculos se hinchan, las venas de su cuello se marcan—. El óxido ha soldado el mecanismo.

—¡No me digas eso! —chilla Marcus desde el suelo—. ¡Tengo veinte millones de dólares a mis pies! ¡No puedo morir siendo rico!

Creo que este viejo aun no ha entendido su situación.

No quiero romperle su ilusión. No aun. Me quiero reír mas adelante.

—Necesito hacer palanca —dice Kael, bajando dos peldaños—. Nora, pásame la barra de hierro que había en la entrada.

Miro alrededor. No hay barra de hierro. Pero en la esquina de la habitación, iluminada por mi linterna parpadeante, veo algo que me hace detener el corazón.

Una garrafa roja. De plástico.

Me acerco. Huele a combustible. Es gasolina.

Y pegada a la garrafa, con cinta aislante, hay una nota plastificada con la letra de Silas:

"POR SI EL FUEGO DEL SÓTANO NO ES SUFICIENTE. RECUERDEN: LA CODICIA PESA."

—Hijo de perra —murmuro. Silas dejó esto aquí. Sabía que llegaríamos aquí. Sabía que intentaríamos salvar el dinero.

Kael baja de la escalera, frustrado.

—No puedo abrirla sin herramientas. O sin...

Me ve mirando la garrafa.

—¿Gasolina?

—Podemos usarla para lubricar los engranajes —sugiere Julián, esperanzado.

—O para volar la escotilla —dice Kael, negando con la cabeza—. Pero si explota, nos cae la escotilla encima.

—No —digo, mi mente trabajando a mil por hora—. El problema no es solo la escotilla. Es el tiempo.

Miro el túnel. El resplandor naranja del fuego ya se ve al fondo. Tenemos, a lo mucho, dos minutos antes de que el fuego nos alcance o el oxígeno se consuma.

—Escuchame —digo, girándome hacia mi familia—. La escotilla es estrecha. Solo puede pasar una persona a la vez. Marcus tiene la pierna rota. Beatrice está demente. Tenemos que subirlos a pulso.

Miro las dos bolsas gigantes. Las bolsas que pesan cuarenta kilos entre las dos.

—No podemos subir el dinero —sentencio.

—¡¿QUÉ?! —El grito de Marcus es tan agudo que casi rompe mis tímpanos—. ¡Estás loca! ¡Son veinte millones! ¡Es toda mi vida!

—¡Es tu muerte, Marcus! —le grito—. ¡Si intentamos subir esas bolsas por esa escalera de mierda mientras te empujamos a ti y a la tía, nos vamos a quemar todos! ¡No hay tiempo!

—¡Kael! —Marcus busca apoyo en el ejecutor—. ¡Dile algo! ¡Eres fuerte! ¡Puedes subirlo!

Kael mira la escalera. Mira el dinero. Me mira a mí.

Su decisión es instantánea. Fría. Táctica.

—Nora tiene razón. Es lastre.

—¡No! —Marcus intenta arrastrarse hacia las bolsas, abrazándolas como si fueran sus hijos—. ¡No las dejaré!

Kael ignora a Marcus. Agarra la garrafa de gasolina.

—Nora, sube tú primero. Intenta empujar desde arriba mientras yo golpeo el mecanismo. Julián, prepárate para empujar a la tía.

—¿Y el dinero? —pregunta Julián, mirando las bolsas con dolor.

—El dinero se queda —dice Kael.

Me subo a la escalera. El metal está caliente. Llego arriba, apoyo la espalda contra la escotilla y empujo con las piernas mientras Kael golpea el cierre con la culata de su arma.

—¡Vamos! —gruñe Kael.

La rueda cede. Un rayo de luz de luna y aire fresco entra en la bóveda.

—¡Abierta! —grito, empujando la tapa pesada hacia un lado. Salgo al exterior. Estoy en el bosque, a unos cien metros de la mansión. Llueve. Bendita lluvia.

Me asomo al agujero.

—¡Pasame a Beatrice!

Kael y Julián empujan a la tía escaleras arriba. La agarro de los brazos y tiro de ella. Pesa como un muerto, pero la adrenalina me da fuerza sobrehumana. La saco y la dejo en la hierba mojada.

—¡Ahora Marcus!




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