Jaque Perpetuo

CAPÍTULO 26.

El "Protocolo Fénix" no era una exageración

El "Protocolo Fénix" no era una exageración. Silas no quería quemar la casa; quería borrarla del mapa geológico.

A mi lado, el tío Marcus está de rodillas, arañando la hierba mojada con las manos, sollozando con una angustia que no mostró ni cuando murió su padre ni cuando murió Godfrey.

—¡Veinte millones! —grita al cielo tormentoso—. ¡Estaban ahí! ¡Eran míos! ¡MÍOS!

Es patético. Es desgarrador. Y, sinceramente, es un poco gracioso.

Me siento en el barro, limpiándome el hollín de los ojos. Me duelen todos los músculos del cuerpo. Tengo cortes en las manos, el pelo hecho un nido de ratas y he perdido un zapato en el túnel.

Pero nunca me he sentido mejor.

Miro a Kael. Está tumbado boca arriba a mi lado, respirando con dificultad. Su pecho sube y baja rítmicamente. Está cubierto de negro, huele a gasolina quemada y parece un ángel caído que acaba de aterrizar de emergencia.

Se gira y me mira. Sus ojos grises brillan con el reflejo de las llamas que empiezan a salir, rugiendo, por la boca de la escotilla abierta, como un soplete gigante.

—Lo quemaste —recuerdo. No es una acusación. Es una constatación.

—Lo quemé —admite él, con una sonrisa cansada—. Espero que no te importe volver a ser pobre, Nora.

Miro hacia el agujero humeante. Me imagino los billetes verdes, esos papeles por los que mi familia se ha mentido, traicionado y hasta matado, retorciéndose y convirtiéndose en ceniza negra. Me imagino la cara de Silas en el infierno, viendo cómo su gran premio final se consume sin que nadie lo reclame.

Siento una burbuja de risa subiendo por mi garganta. Rio para no llorar.

Julián está más allá, consolando a una Beatrice que ha despertado y mira el fuego con la boca abierta, probablemente pensando que es el Juicio Final.

Miro el agujero donde ardieron mis deudas y mi futuro financiero. Miro a Kael, el hombre que podría haberlo tenido todo y eligió prenderle fuego para seguirme. Miro mis manos vacías.

—Kael —digo, y mi voz suena extrañamente tranquila en medio del caos.

—¿Sí?

—¿Sabes qué es más divertido que ser rica?

Kael se incorpora sobre los codos. Me quita un mechón de pelo pegado a la frente.

—¿Estar viva? —sugiere, arqueando una ceja.

Niego con la cabeza, y una sonrisa salvaje, casi cruel, se dibuja en mis labios.

—Ver arder el legado del viejo.

Kael suelta una carcajada. Es un sonido profundo, ronco, que compite con el trueno lejano.

—Eres una sádica, Nora.

—Soy una Blackwood —corrijo—. Y acabamos de ganar el juego de la única manera posible: rompiendo el tablero.

De repente, un estruendo mayor sacude el suelo.

Miramos hacia la mansión.

Está ocurriendo.

Los cimientos ceden. La estructura victoriana, esa monstruosidad gótica que ha sido nuestra prisión y nuestro tormento, empieza a implosionar. Las ventanas estallan hacia afuera en una lluvia de cristales y fuego. El techo se hunde. La torre del ala este, donde estaba mi habitación y mis pósters de Crepúsculo, se derrumba en cámara lenta.

Es un espectáculo hipnótico. Las llamas devoran la madera vieja, los tapices caros, los secretos sucios y el cadáver congelado de Godfrey.

—Ahí va el Petrus —murmura Beatrice con tristeza infinita.

—Ahí va mi herencia —llora Marcus.

—Ahí van mis servidores —suspira Julián, abrazando su portátil.

—Ahí va el whisky —la voz me sale lamentosa.

—Ahí va todo —finaliza Kael.

Kael me pasa el brazo por los hombros y me atrae hacia él. Me apoyo en su pecho viendo el fuego consumir nuestra historia.

Ya no hay pruebas. Ya no hay chantaje. Ya no hay grabaciones de Marcus robando o de Beatrice. Ya no hay diario de Lia. Todo es ceniza.

—¿Crees que la policía creerá nuestra historia? —pregunta Kael, besándome la coronilla.

—¿Qué historia? —pregunto, observando cómo la chimenea principal se desploma—. ¿La de que el abuelo loco nos encerró y hubo un cortocircuito trágico?

—Esa suena bien.

—Además —añado, mirando a Marcus y Beatrice con una mirada significativa—, nadie va a contradecirnos. Porque si lo hacen, Julián y yo recordaremos cosas. Cosas que no necesitan pruebas físicas para arruinar una reputación.

Marcus levanta la cabeza, con los ojos rojos. Entiende la amenaza implícita. Si habla, lo hundimos. El fuego ha quemado las pruebas de Silas, pero no nuestra memoria.

El sonido de sirenas reales, no las del juego de Silas, empieza a oírse en la distancia. Bomberos. Policía. El mundo real viene a rescatarnos.

Pero no nos rescatan. Nosotros nos hemos rescatado solos.

Me recuesto en el barro, viendo las chispas subir hacia el cielo nocturno y mezclarse con la lluvia. No tengo ni un dólar. Tengo una deuda enorme. No tengo casa.

Pero tengo la mano de Kael entrelazada con la mía. Y tengo la satisfacción absoluta de saber que Silas Blackwood ha perdido su última apuesta.

—Nora —dice Kael en voz baja.

—¿Qué?

—Te ves terrible.

Es una pena que no pueda decir lo mismo de él

—Pero te quiero.

Me giro para mirarlo. Si lo dijo. De verdad lo dijo. No hay broma en sus ojos. No hay sarcasmo. Solo hay una verdad desnuda, cruda, forjada en el pánico y sellada con fuego.

Sonrío, y sé que mi cara llena de hollín debe verse ridícula.

—Yo también te quiero, bastardo.

Kael me besa. Y sabe a humo, a lluvia y a victoria. Definitivamente, esto es mucho mejor que el dinero.




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