Jaque Perpetuo

CAPÍTULO 27.

Marcus ha logrado lo imposible

Marcus ha logrado lo imposible. En medio de su histeria, con una pierna rota y arrastrándose por el barro como un gusano con traje de marca, consiguió sacar una bolsa. Una sola bolsa de deporte negra que arrastró con los dientes o con pura fuerza de voluntad codiciosa mientras Kael y yo salíamos del agujero.

Ahora está ahí, abrazado a la bolsa empapada bajo la lluvia, llorando de felicidad mientras intenta abrir la cremallera con dedos temblorosos.

—¡Salvados! —grita, besando el nylon sucio—. ¡Al menos cinco millones! ¡Todavía soy rico! ¡Todavía soy alguien!

Kael está a mi lado, respirando con dificultad, con las manos en las caderas. Mira a su tío con un desprecio tan absoluto que casi se puede tocar.

—Es una cucaracha —murmura Kael—. Sobreviviría a un holocausto nuclear si hubiera una moneda al otro lado.

Beatrice está sentada en una roca, catatónica. Julián está intentando buscar señal en su móvil.

Me acerco a Marcus.

El suelo retumba. La mansión, a cien metros de distancia, es una antorcha gigante. El calor nos golpea incluso aquí. Pero no es suficiente. No para mí.

Veo la garrafa de gasolina. Kael la tiró al agujero, pero había otra pequeña, de reserva para el generador de emergencia de la bóveda, tirada junto a la escotilla. La agarro. Todavía tiene un poco de líquido.

—Nora —dice Marcus, viéndome acercar con la garrafa—. ¿Qué haces? Aléjate. Esto es mío. Es mi indemnización por la pierna.

—Tu pierna te la rompiste tú solo por intentar matarme, Marcus —le recuerdo.

—¡Fue un accidente! ¡Familia! —Abraza la bolsa más fuerte—. ¡Te daré cien mil! ¡No, doscientos mil! ¡Para que te compres ropa nueva!

Me paro frente a él. Destapo la garrafa. El olor químico me llena la nariz, tapando el olor a tierra mojada.

—No quiero tu dinero, tío. Quiero tu sufrimiento.

Vuelco la garrafa sobre la bolsa que Marcus abraza.

—¡NO! —aúlla él, intentando cubrir el dinero con su cuerpo, pero el líquido empapa la tela, se filtra por la cremallera abierta, moja los fajos de billetes y le moja a él—. ¡Estás loca! ¡Es dinero real!

—Es dinero manchado de sangre, mentiras y porno de monjas —digo.

Tiro la garrafa vacía a un lado.

Meto la mano en el bolsillo de mis vaqueros empapados. Mis dedos rozan el metal frío. Lo saco.

Es un encendedor de plata. Grabado con las iniciales M.B. (Marcus Blackwood). Se lo robé de la mesa del vestíbulo el primer día, hace treinta días, cuando llegué a esta casa maldita y él estaba demasiado ocupado mirando su reloj para saludarme.

Lo sostengo en alto.

—¿Recuerdas esto, Marcus? —pregunto.

Marcus abre los ojos como platos.

—Mi encendedor...

—Me lo quedé de recuerdo. Pensé que algún día me serviría para encender un cigarro de la victoria. —Abro la tapa con un cling metálico satisfactorio—. Pero esto es mucho mejor.

Giro la rueda. La llama surge, pequeña, anaranjada, bailando contra el viento y la lluvia. Es frágil, pero es suficiente.

—Nora, por favor... —Marcus llora abiertamente, moco y lluvia mezclándose en su cara—. Es todo lo que tengo. Sin dinero no soy nada.

—Exacto —digo.

Y dejo caer el encendedor.

Cae en cámara lenta. Gira en el aire. La llama ilumina la oscuridad por un segundo.

Aterriza sobre la bolsa.

La gasolina prende con un rugido sordo. La bolsa se convierte en una bola de fuego instantánea. Marcus grita y rueda hacia atrás para no quemarse, soltando su preciado tesoro.

—¡MI DINERO! ¡MIS MILLONES!

El fuego devora la tela de la bolsa. La cremallera se derrite. Y entonces, sucede algo extrañamente hermoso.

El calor hace que la bolsa reviente y, con una ráfaga de viento de la tormenta, los billetes en llamas salen volando.

Cientos, miles de papeles verdes con los bordes encendidos se elevan en el aire, girando como luciérnagas suicidas, como confeti del infierno. Se iluminan contra el cielo negro y luego se consumen, convirtiéndose en ceniza gris antes de tocar el suelo.

Es estúpido. Es un desperdicio monumental. Es la cosa más irresponsable que he hecho en mi vida.

Me río. Me río con la cabeza echada hacia atrás, viendo llover dinero y fuego.

Kael se acerca a mí. Me agarra de la mano. No intenta apagar el fuego. Me mira con esa mezcla de terror y adoración que se ha convertido en mi droga favorita.

—Estás completamente desquiciada —me dice al oído, sobre los gritos de Marcus.

—Y tú estás enamorado de mí —replico.

Las sirenas están muy cerca ahora. Luces azules y rojas empiezan a rebotar contra los árboles del bosque.

—Tenemos que irnos —dice Kael, tirando de mí—. No podemos explicar esto. Tenemos que parecer víctimas, no pirómanos que están haciendo una barbacoa de millones.

—¡Corran! —grita Julián, que ha agarrado a Beatrice (quien sigue mirando el dinero ardiendo como si fuera la zarza ardiente de Moisés) y la empuja hacia el sendero—. ¡Vienen los federales!

Kael y yo echamos a correr.

Corremos a través del bosque, resbalando en el barro, con las ramas golpeándonos la cara. Dejamos atrás a Marcus, que sigue intentando apagar billetes individuales con sus manos desnudas, aullando a la luna.

Corremos lejos del fuego, lejos de la mansión, lejos de la herencia.

Miro hacia atrás una última vez mientras corremos. Los billetes siguen volando, brillantes y efímeros, iluminando el bosque como estrellas fugaces que mueren demasiado rápido.

Son veinte millones de dólares convertidos en humo.

Aprieto la mano de Kael. Nunca he sido tan pobre. Y nunca me he sentido tan libre. Atrás queda la mansión, el dinero y mi familia. Delante, solo hay una carretera oscura y un motel barato.




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