«Londres, 3 de diciembre de 1893»
Soltando un suspiro se dirigió a su madre, quien tejía desde un balance una bufanda para el invierno que se acercaba lentamente. Vante iba confiado, sabía que su madre le daría permiso para ir al bosque.
Con delicadeza se sentó frente a ella, y su madre, al verlo sentado con las piernas cruzadas soltó un suspiro y dejó las agujetas de lado.
—Bebé, ¿puedes sentarte bien?— regañó suavemente, para luego ver a su hijo descruzar las piernas como se lo había dicho.
Vante bajó la vista apenado, juntando sus manos nerviosamente por el regaño. La alegría que tenía se había esfumado, porque aunque su madre no lo dijese con palabras directas, no dejaba de ser un recordatorio claro de que su padre jamás iba a aceptarlo.
Se estremeció en su lugar cuando la puerta principal fue asotada de un tirón, no tuvo que mirar para saber de quién se trataba. La presencia de su padre era inconfundible.
El hombre se acercó y dejó encima de la mesa una bolsa con papas recién cosechadas. Vante levantó la vista hasta su padre, no sorprendiendose de ver a este con su vista ya fija en él. Le mantuvo la mirada todo el tiempo hasta que su padre sin decir palabra alguna salió de la casa dejándolo nuevamente a solas con su madre.
La mujer volvió a tomar las agujetas para seguir con su trabajo mientras su hijo tenía un debate mental sobre que había hecho mal para nacer diferente a los demás.
—¿Vas a ir de nuevo al bosque?— preguntó la mujer resignada. Vante asintió afirmativamente— ¿Que hay de interesante allí? ¿Debería ir un día?
Vante solamente soltó un suspiro antes de sonreír.
—Flores. Hay muchas flores— confesó y la sonrisa de su madre amenazó con desaparecer.
—¿Flores? Sabes que no te puedes gustar las flores ¿verdad?— dijo ella en tono nervioso, tomando las manos de su hijo y dejándolas entre las suyas.
—¿Que tiene de malo que me gusten las flores, mamá?— la mencionada le dedicó una sonrisa dulce y apretó sus manos delicadamente.
—No está mal que te gusten, pero a los demás no les agradaría saberlo.
Vante asintió despacio, pero aún no veía el problema de que le gustaran las flores. Su madre soltó su mano, no sin antes acariciarla y dejar un suave beso en ella.
—Puedes ir al bosque todas las tardes, pero va a ser nuestro secreto... Papá no debe saber que vas al bosque ¿Está bien?— propuso su madre y Vante corrió a abrazarla agradecido.
Emocionado, salió corriendo fuera de la casa para salir en busca de su lugar seguro, sin saber que, cada paso que daba hacia ese lugar, era también una lágrima que salía de los ojos de su madre.
Mientras el sentía que podía volar con los pies sobre la tierra, ella deseaba con todas sus fuerzas tener la valentía para poder protegerlo de todo mal.
Vante recordaba a la perfección la primera vez que vió ese lugar tan hermoso en el bosque, el solo quería buscar las plantas medicinales que le había encargado su padre, y sin saberlo, se encontró con el más hermoso de los paisajes.
Aunque él no le llamaría solo un paisaje.
Para él significaba más que eso.
Desde ese día visitaba ese rincón del bosque la mayoría de las tardes.
Cuando se cansó de correr por los alrededores fue en busca de su árbol y delineó con sus manos el tronco mientras lo rodeaba. No sabía cómo, pero aquel árbol se había convertido en su preferido.
Sonrió antes de sentarse bajo las sombras que le brindaba la naturaleza. Cerró sus ojos, respirando el aire puro que danzaba invisible entre las copas de los árboles. Un sonido de tras de los arbustos le obligó a abrir los ojos, rápidamente tomó la primera piedra grande que estuvo entre sus dedos y se levantó en caso de que fuera un animal salvaje.
Miró en todos direcciones con la intención de encontrar al promotor de aquellas pisadas y temió lo peor cuando sintío unas hojas revolverse a su espalda. Pensó que sería un gran animal al provocar aquel estruendo, así que decidió permanecer en silencio como le había anseñado su padre años atrás.
Grande fue su sorpresa al no encontrar animal alguno, teóricamente si se trataba de uno, pero no creía que podria hacerle daño.
Era un chico con un arco. Estaba sucio y parecía cansado.
Vante le sonrió tranquilamente y se acercó al chico de cabello negro que se escondía detrás de los árboles de roble.
—No te acerques— detuvo a Vante, haciendo una señal para que guardara silencio— Quédate quieto.
La sonrisa de Vante tembló, mas no dejó que se esfumara por completo. Se mantuvo alerta mirando detrás de aquel chico que parecía mayor que él.
Sus miradas se encontraron por unos segundos y Vante tuvo que apartar la suya por lo expresivos que eran los ojos de aquel extraño. Ambos se quedaron quietos por unos segundos hasta que el desconocido comenzó a desplazarse por los alrededores buscado algo que Vante desconocía.
El castaño soltó una risa al ver el rostro sucio del contrario y con cuidado se fue acercando a el. Sus pasos, lejos de ser tranquilos, eran errantes. Temía que su padre se enterara que estaba en ese lugar y que lo castigara.
El chico frente a el detuvo lo que estaba haciendo y se sentó sobre unas hojas secas acomodadas junto a un árbol. Cuando estuvo cómodo subió su vista hasta Vante, quien no sabía cómo reaccionar o que hacer.
—¿Que haces aquí?— preguntó, obteniendo toda la atención de Vante.
—Siempre vengo aqui— murmuró en respuesta.
—¿En serio? Nunca antes te había visto— sacó de su morral una botella de agua y echó un poco en sus manos para lavar su rostro.
—¿Vienes aquí seguido?— formuló curioso sentándose lo suficientemente lejos del chico. El otro simplemente asistió esperando que el aire silvestre secara la humedad de su rostro.
De sus labios no volvió a salir palabra alguna luego de que el chico haya asentido. Solo se mantuvo a mirando las hojas que caían desinteresadamente a la tierra.
Editado: 11.01.2026