«Londres, 5 de diciembre de 1893»
El sendero estaba oscuro, y su arco estaba listo para disparar en cualquier oportunidad que se le presentara. Sus ojos, fijos en su objetivo cual cazador con su presa, brillaban en la oscuridad a esas horas de la madrugada.
Sus pies están firmes en la tierra como desde pequeño se le había inculcado, y sus manos no temblaron al momento de soltar la flecha que impactó certera en la cabeza del animal que cayó de bruses entre el rocío de la hierva.
Su mirada recayó en el ciervo de cola blanca que había matado, y aunque hacer aquello no le gustase, era su deber como cazador acabar con todo animal que se le pusiera delante.
Desinteresadamente se acercó al animal que yacía sin vida rodeado de sangre. Examinó detenidamente el cuerpo, reconociendo este de inmediato.
No era la primera vez que se encontraban, pero esa sin duda sería la última.
Vio una de sus patas traceras, donde una herida cicatrizada adornaba la elegante extremidad que poseía. Con cuidado cerró los ojos del animal y se retiró del lugar para buscar a quien se encargaría de llevárselo, ya que ese no era su trabajo.
Su mente se sabía de memoria todas las ruta posibles de ese bosque. En qué parte había más animales. Donde se reunían los cazadores, y por supuesto, el lugar donde siempre se encontraba a aquel castaño.
Nunca se acercó a él a pesar de verlo casi todas las tardes, solo lo veía correr de un lado a otro, pero jamás llegó a hablarle. Se mantuvo así hasta hace dos días, cuando se acercó demasiado al saber que el chico podría estar en peligro.
No imaginó que los ojos de aquel individuo fuesen tan hermosos, y solo pudo comprobarlo cuando estuvo lo suficientemente cerca de su rostro. Ahí se convenció de que portaba los ojos más llamativos que jamás había visto.
Caminó libremente entre el monte, con las piernas cansadas y el rostro sudado. Sus ojos cayeron entre las gardenias rojas que siempre abrían los pétalos al amanecer, y él esperaba pacientemente debajo de un árbol hasta que el sol saliera para presenciar aquel espectáculo.
Una sonrisa coloreó su rostro cuando un vago recuerdo del castaño corriendo entre las flores se reprodujo en su mente, y sin darse cuenta, debido al cansancio, se quedó dormido entre las hojas y las gardenias rojas que aún no abrían sus pétalos al sol.
•••
Vante observaba desde la puerta del patio trasero a su madre darle de comer a las gallinas. Su padre había salido temprano como todas las mañanas y agradecía que su presencia en la casa fuera de unas doce horas diarias.
Sabía que su padre se cansaba trabajando, pero aunque le doliera admitirlo, prefería eso a que le estuviera regañando por mover un dedo de forma incorrecta.
No lo odiaba, simplemente le molestaba que no intentara comprenderlo. Eso pensaba él.
Deseaba que su padre lo hiciera. Que solo por un día entendiera su situación. Quizá era él el que estaba mal y su familia tenía razón, pero ¿que pasaba con su corazón?
¿Cómo podría cambiar algo que formaba parte de él desde que tuvo uso de razón?
No podía, y es simple explicarlo, pero muy complejo aceptarlo: hay cosas que por mucho que se fuercen en ser cambiadas, nunca van a cambiar.
Observó a su madre caminar en su dirección con una canasta de maíz y una sonrisa en sus labios, sin embargo, bastó un tropezón de pies para que su felicidad se esfumara y que todas las gallinas corrieran alborotadas para comer los granos que torpemente había dejado caer.
Vante reía divertido al ver las maniobras que hacía su madre intentando recoger aquel desastre mientras espantaba a las gallinas con sus brazos. Luego de que la mujer recogiera lo poco que había quedado, pudo reconocer la mirada que aquella le daba mientras se levantaba con la canasta a medio llenar entre sus manos.
Leonor, su madre, se sacudió la falda azul celeste que cubría sus piernas, misma que se había empolvado gracias a la caída. Vante la veía atentamente, sin borrar su sonrisa, hasta que la vio acercarse con rapidez y lo tomó de una oreja suavemente sin llegar a hacer daño.
—¿No pensabas ayudar a tu madre?— cuestionó juguetona, escuchando los quejidos de su hijo y un leve susurro pidiéndole disculpas.
Leonor sonrió divertida y con un último jalón de pelo se dispuso a seguir con sus quehaceres dentro de la casa.
Vante se entretuvo viendo las nubes y encontrandole formas raras a estas, pero aquello no le quitaba el aburrimiento en lo absoluto.
¿Que podía hacer en su casa?
La respuesta era nada.
Sin pensarlo demasiado le dió una última mirada a la puerta y sin comentarle nada a su madre se encaminó hacia el bosque. No sabía la razón, pero esa mañana caminó sin rumbo, no siguiendo el trillo que una tarde descubrió.
Esta vez estaba siguiendo a su corazón.
Confío en sí mismo, en su intuición, y al ver a dónde lo habían llevado sus pasos no pudo evitar pensar que aquel lugar parecía irreal. No existían palabras para describir lo que sentía al verse rodeado de tantas flores.
El trillo que estaba acostumbrado a seguir lo llevaba a un lugar rodeado de árboles y arbustos con pequeñas flores. Ahora podía decir que certeza que detrás del bosque había un lugar mucho más hermoso que aquel que sus ojos antes admiraban. Mas eso no quería decir que dejara de ser especial.
Caminó entre las plantas, tocando con delicadeza los pétalos de las rosas y de esas flores rojas que desconocía pero le resultaban preciosas. No dudó en tomar una entre sus dedos, y aunque no lo sintiera correcto, la arrancó de su tayo para mirarla entre sus manos con devoción.
Tan delicada. Tan naturalmente perfecta.
Sus ojos se cerraron de manera automática, dejádose llevar por el ambiente pasivo que transmitía aquel magnífico lugar que hasta el momento no tenía idea de que existía.
Editado: 11.01.2026