Ian miraba a Vante caminar delante suyo con los puños apretados y los ojos examinando cada metro de ese bosque oscuro.
Sabía que el castaño tenía miedo, incluso él en ese momento también sentía un poco. La gran diferencia es que él había nacido para vivirlo, mientras que a Vante se lo habían impuesto sin deberlo.
Las hojas de los árboles sonaban con el viento, como si hablaran entre ellas.
Las que descansaban sobre la tierra crujían bajo sus pasos, rompiendo el silencio con un murmullo seco.
Vante no había hablado en todo el trayecto, pero Ian sabía que el silencio no duraría mucho tiempo.
De pronto, como si sus pensamientos no fueran del todo suyos y lo que lo rodeaba fuera capaz de escucharlo, Vante se giró con una lentitud pesada hacia Ian.
Aquellos ojos de miel se posaron sobre Ian con una mezcla entre la curiosidad y el miedo. Pero había algo en ese brillo, en esa forma tan extraña que sus ojos lo observaban, que hizo que Ian deseara no haber encontrado a Vante.
El castaño lo miró más de lo habitual, como si, de alguna forma, le estuviera implorando que le contara toda la verdad. Ian caminó hasta él, sintiendo las pequeñas ramas fundirse en sus pies, pero sin llegar a hacerle daño.
—¿Tú lo sientes?— Vante preguntó. Ian lo miró confuso.
—¿El qué?
—Como si algo te estuviera llamando ¿También lo sientes?
Ian tragó grueso, desviando la mirada por unos segundos a sus propios pies descalzos.
—Todo el tiempo— confesó sin reparos—Pero no le hagas caso, a veces solo quiere molestar.
—¿Quién?
—El bosque... él siente lo que sientes. Está dentro de ti.
—¿Alguna vez has intentado ignorarlo?
Ian soltó una risa pequeña que resonó en la cabeza de Vante un par de veces. Era un sonido extraño, pero no extraño de malo... era, más bien, algo a lo que no estaba acostumbrado.
—Ignorar al bosque sería como ignorar el latido de tu corazón.
Vante asintió lentamente, mirando esta vez el bosque, sabiendo ahora que era este quien parecía reclamar cada fibra de su alma.
—Hay algo que aún no entiendo— habló Vante. Ian solo lo miró y tomó eso como una invitación a seguir hablando—. Entre tantas personas ¿por qué yo?
—Porque el bosque te reconoció como un alma pura y libre. No hay otra explicación.
Vante dejó salir una risa aireada, inconforme con la respuesta.
—La naturaleza ya es eso por sí sola ¿Para qué me querría a mí?
—No te quiere a ti, quiere lo que te hace igual a ella.
Vante se quedó sin aliento, las palabras de Ian repitiéndose en su cabeza como un mantra agonizante.
—Eso...
—Te envidia, Vante. La naturaleza siente celos de ti.
Vante frunció ligeramente el ceño, incapaz de decidir si aquello sonaba absurdo o aterrador.
No hizo más preguntas ni recibió más respuestas a medias. Aceptó que eran solo dos almas que se guiaban por los árboles y se reconocían en la oscuridad.
«Londres, 18 de diciembre de 1893»
Vante no recordaba en qué momento el cansancio le ganó al miedo, solo sabía que al abrir los ojos el bosque seguía allí, aunque estuviera dentro de la cabaña.
Entonces lo sintió de nuevo, como si se estuviera burlando de su inocencia, escuchaba esos susurros en su cabeza. Esa voz que le decía melódica: Danza entre los árboles. Siente el aroma de las gardenias. Sé libre, Vante.
Cerró los ojos, como si eso pudiera callar su tormento.
Afuera, más allá de la ventana, el sol empezaba a salir con fuerza, bañando con sus rayos el rostro sudado de Ian.
El pelinegro descargaba su furia cortando de manera brusca la leña, mientras, a unos pocos metros, su abuelo lo observaba con el rostro sereno.
Ian buscaba la manera de concentrarse en algo que no fuese la presencia de Vante dentro de la cabaña. Le preocupaba admitir que fue dos veces a su habitación a verificar que no hubiera escapado de nuevo.
¿Por qué? Ni él mismo lo sabía.
Solo sentía el impulso de hacerlo.
Se tensó cuando una mano tocó su hombro. Era un toque lejano, casi inexistente. Cuando se giró, allí estaba Vante, delante suyo, mirándolo con esos ojos que lo confundían.
—Tengo hambre— dijo Vante con una pequeña sonrisa nerviosa escapándose de sus labios.
Ian parpadeó dos veces. La naturalidad con que Vante lo dijo lo tomó desprevenido. Soltó el hacha y se limpió las manos con su pantalón antes de mirarlo nuevamente.
—Vamos.
Vante lo siguió hasta que entraron a la cabaña, dejando al abuelo de Ian afuera, quien no apartó la mirada de ellos hasta que desaparecieron puerta adentro. Una vez que estuvieron en la cocina, Vante se quedó parado cerca de la meseta mientras veía a Ian sacar algo de los cajones.
—¿Te gusta el té de manzanilla?— Ian le preguntó, enseñándole un frasco con dichas hojas dentro.
Vante hizo una pequeña mueca. Ian no necesitó más que eso.
—Leche será— dictaminó buscando el líquido con la mirada.
—Soy alérgico a la leche— se apresuró a informar.
Ian dejó el envase sobre la meseta y lo miró con los ojos un poco más abiertos de lo normal.
—¿Y qué tomaste todos estos días en la mañana? Eso era lo único que te llevaba— preguntó, cruzando los brazos.
—La botaba por la ventana— confesó sin una pizca de gracia.
Ian se pasó una mano por la cara antes de soltar un suspiro.
—¿Por qué no me dijiste?
—No me preguntaste.
Ian le lanzó una mirada mordaz antes de darle la espalda y sacar un colador de café de un gabinete de madera.
—Café sí ¿Verdad?— preguntó, aunque ya lo estaba preparando.
—Si...
Ian preparó el café en silencio, untó mermelada en una tajada de pan y se lo dejó enfrente sin mirarlo demasiado.
—Mi abuelo cogió los huevos para hacer merengue— rió bajo al decir eso.
Vante quiso disimular su risa con un trago de café pero no contó con que, aparte de no tener ni una gota de azúcar, estaría más caliente que el sol de verano.