Jardín de gardenias rojas.

[10] Mentiras disfrazadas de promesas.

«Londres, 19 de diciembre de 1893»

No fue un feliz cumpleaños dicho por su madre lo que escuchó al abrir los ojos. Tampoco el delicioso aroma de un pastel recién horneado.

No fue la presencia de su padre junto a la puerta, ni la sonrisa de su madre con el pastel en las manos.

Fue un canto en su cabeza. Arrollador. Seductor. Tan presente que le helaba la piel. Tan real que le calaba en los huesos.

Danza entre los árboles.
Siente el aroma de las gardenias.
Inúndate en los pétalos de rosas.
Anda con tus pies descalzos sobre la tierra.

Busca tesoros en el fondo de mi maravilloso lago.
Camina a mi lado con los ojos cerrados.
Confía en mi llamado y te devolveré lo que te he arrebatado.
Confía en mí y te otorgaré la libertad que estás buscando.

Eran mentiras disfrazadas de promesas. Vante lo sabía. Lo sentía en su respiración acelerada al levantarse de la cama y caminar hasta la cocina.

—Volvió— fue lo único que le dijo a Ian, quien estaba detrás de la mesa.

—¿Quién?

—La voz. No sale de mi cabeza— admitió con frustración mientras se jalaba los cabellos.

Ian se acercó y le apartó las manos para que no se hiciera daño.

—Intenta tranquilizarte.

—¡No puedo!— gritó exasperado— Lo intento pero no puedo.

Vante cerró los ojos. Le dolía la cabeza y sentía que su corazón en cualquier momento saldría de su pecho.

¿Por qué yo? Se preguntó dejándose caer al suelo.

Ian se agachó para quedar a su altura, esperando a que el contrario regulara un poco su respiración.

—Eso es lo que quiere.— Vante levantó la vista, mirándolo a los ojos— Está intentando desestabilizarte y lo está logrando.

—¿Qué hago?— Vante soltó en un susurro desesperado.

—Cálmate

—No puedo.

—Sí puedes.

Ian lo miró los ojos, no con aquella mirada fría, sino con una suavidad extrema porque comprendía lo que Vante sentía.

Vante cerró los ojos rendido. Se suponía que su cumpleaños debería ser un día felíz, pero solo habían pasado cinco minutos de haberse levantado y ya tenía ganas de dormirse de nuevo para no sentir más ese intenso dolor en el pecho.

—Respira— le escuchó decir a Ian.

Respiró profundo como Ian le había dicho, pero el dolor seguía ahí, insaciable y más intenso.

Una sola lágrima cayó de su ojo derecho, tan solitaria como se sentía él en ese momento.

—No puedo— repitió, sintiendo como la lágrima se deslizaba hasta su cuello.

Ian soltó un suspiro y se sentó a su lado, tomando la cabeza de Vante para ponerla en su hombro.

—Solo respira ¿Si?

Vante no dijo nada. Solo intentó regular sus latidos y respiración.
Se sentía extraño estar así con Ian en esa posición. No le desagradaba, al contrario, terminó encontrando una calma que no esperaba.

El silencio reinó en la cocina, solo se escuchaba la respiración algo agitada de Vante y el constante goteo de la llave del fregadero.

En algún punto la voz fue disminuyendo hasta que no quedó rastro de ella, solo un fuerte dolor de cabeza como recordatorio de su presencia.

—¿Estás mejor?— la voz tranquila de Ian llegó a oídos de Vante, quien solo asintió sin despegar su cabeza del hombro contrario.

No sabía cuando volvería a tener contacto humano, así que debía aprovechar este momento al máximo.

—¿Tienes hambre?— Vante asintió despacio, siguiendo con la mirada a Ian cuando se levantó a prepararle algo de comer.

•••

Luego de que Vante terminara de desayunar, Ian le dijo que volverían al lago que visitaron días atrás.

El camino no fue tan largo como Vante lo recordaba, o quizá lo apreciaba así porque no sentía miedo.

El lago apareció frente a ellos tan hermoso como la primera vez. Las aguas cristalinas reflejaban el sol candente en la superficie y los árboles se movían al compás del viento.

Era un panorama maravilloso. Irreal. Pero Vante volvió a la realidad y no pudo contemplar ese lugar de la misma forma que lo había hecho antes de saber la verdad.

La mirada de Ian era tranquila, casi como la de un niño pequeño. Sus pies ya estaban descalzos desde hace un rato, pero Vante no se percató del momento exacto en el que se quitó sus zapatos.

Por segunda vez en el día Ian le parecía peligrosamente humano.

Observó a Ian quitarse la camisa y dejarla caer al pasto. También presenció como se despojó de sus pantalones negros para luego girarse y mirarlo a los ojos.

—Quítate la ropa— Ian habló, Vante frunció el ceño en confusión.

—¿Qué? ¿Para qué?

Ian miró el lago con una sonrisa antes de fijar su vista de nuevo en Vante.

—¿Te vas a bañar así?— señaló su ropa.

—¿Quién dijo que me voy a bañar?

—¿No lo harás?— Vante negó, pero algo en la voz de Ian le hizo dudar—¿Seguro?

—Seguro...

Pero Ian no le dio tiempo suficiente para al menos cerrar los ojos antes de cargarlo en sus brazos y tirarse juntos al lago.

Vante salió a la superficie y se pasó las manos por la cara. Dirigió su vista hasta Ian, pero él ya lo miraba con una intensidad que no supo identificar.

Feliz cumpleaños, Vante.

Gracias por leer🌺




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