No esperaba recibir unas felicitaciones ese día, menos provenientes de Ian. Aquello le resultaba extraño ¿Cómo sabía que era su cumpleaños?
La curiosidad se alojó en su cabeza desde que lo escuchó decir esas palabras, mucho más cuando tuvo la sensación de que el agua perdía su temperatura helada para convertirse en una manta tranquila.
Observó a Ian sumergirse en el agua y emergir con una sonrisa tan tranquila que a Vante le herizó la piel.
¿Por qué sonreía?
Ian se acercó lentamente creando pequeñas olas con sus manos.
¿Por qué se acercaba?
En ningún momento lo miró a los ojos. Parecía evadir a toda costa su mirada.
¿Por qué no lo miraba?
Entonces Vante lo hizo. Dejó que se acercara lo máximo posible y detalló sus ojos de cerca.
No percibió aquel frío abasallante al verlos. Tampoco divisó ese color oscuro que se asemejaba a la noche ser protagonista en su mirada.
No eran los mismos ojos que lo vieron con amenaza la primera vez.
Tampoco los ojos que estaba acostumbrado a ver.
No eran los ojos que Vante había visto esa mañana.
—Tú no eres Ian.
No era una pregunta. Tampoco una suposición. Era lo cierto. Era lo que sentía en medio de su confusión.
Se alejó un poco, echándole una mirada rápida a la ropa de Ian que descansaba sobre la tierra antes de mirarlo de vuelta.
—No tienes que tener miedo— la voz de Ian llegó a él, pero no desde fuera… sino desde todas partes.
Vante giró el rostro y lo vio allí, frente a él, flotando con una calma que solo hizo que su creencia se hiciera más real.
—Tú no eres él— volvió a repetir, aunque su voz carecía de firmeza.
Ian sonrió.
No era la sonrisa tensa que conocía.
Era… perfecta.
—¿Y eso importa?— preguntó con suavidad— Estoy aquí contigo.
Vante frunció el ceño, pero no se alejó.
Quería saber.
—Él no te entiende— continuó la voz, acercándose un poco más— No como yo.
El agua se volvió más cálida. Más ligera.
—Yo sé lo que sientes cuando estás en su casa.— susurró— Cuando el silencio pesa tanto que tienes miedo de decir una sola palabra.
Vante dejó de moverse. Aquello era tan cierto que le asustaba.
—Sé lo que es querer irte y no poder— añadió— Sé lo que es sentir que no perteneces a ningún lugar.
Sus manos temblaron bajo el agua.
—Cállate…— pidió, pero no había fuerza en su voz.
—Yo no te haría daño— dijo, llevando una mano hacia su rostro sin llegar a tocarlo— Yo no te dejaría solo.
El corazón de Vante latía con fuerza, pero ya no sabía si era miedo.
—Puedo darte lo que buscas— susurró— Libertad… silencio… paz— hizo una pausa —Puedo devolverte lo que te han quitado.
El aire le faltó por un instante.
Ya conocía esas palabras.
—Solo tienes que confiar en mí— terminó, mirándolo fijamente— No en él… en mí.
La voz del bosque, pensó Vante al escucharlo.
—¿Qué eres?— preguntó confuso, pero Ian solo le otorgó una sonrisa.
Y como si el propio bosque quisiera darle la respuesta, el aire batió con más fuerza.
Los árboles rugieron y las ramas cayeron al suelo. El agua que antes estaba tranquila comenzaba a sacudirse con vehemencia. Como si quisiera ahogarlo en su turbulencia.
Las nubes despejadas se convirtieron en una manta color gris que dejó el lugar en penumbras. Ocasionando que una lluvia cargada de truenos y relámpagos se desatara.
Vante vio a Ian a los ojos nuevamente, viendo los destellos inusuales que habían dentro de ellos.
Sabía que quien tenía delante no era la misma persona con la que había conviviendo los últimos días, y eso le causaba miedo.
¿Qué más escondía el bosque?
¿Qué tanto necesitaba ver para que nada dejara de impresionarle?
El viento que antes parecía haber desaparecido volvió con más fiereza revolviendo todo a su paso. Incluyendolo a él.
Hermosamente mortal, recordó las palabras de Ian y una alarma se activó en su cabeza.
Se fue acercando a la orilla bajo la atenta mirada de Ian que no perdía un solo pasa suyo. No pestañeaba, solo lo veía como si no quisiera perderse ningún detalle de su presencia.
Entonces, cuando estaba a solo unos metros de la orilla, una corriente de agua lo hundió hasta el fondo. Su espalda se golpeó con fuerza contra una piedra y sintió todos sus sentidos nublados al no tener suficiente oxígeno en los pulmones.
Intentó subir a la superficie, pero su pie se quedó atascado entre las plantas del fondo del lago.
Su desespero aumentó al ver a Ian sumergirse cerca de él solo para verlo, y no para ayudarlo.
Él no era Ian y acababa de confirmarlo.
El oxígeno se le acabó, y con el último suspiro de aire que le quedaba, intentó nuevamente liberar su pies de aquellas plantas que parecían no tener intención de soltarlo.
Sacó fuerzas de dónde no tenía y se liberó. Y al salir a la superficie olvidó por completo todo lo que había hecho para enfrentarse a algo aún peor.
Árboles caído.
Rayos que creaban destellos en el cielo.
Truenos que rugían como si estuvieran molestos.
Gardenias rojas que se sacudían al compás del viento.
Entre tanto desastre no creía poder encontrar algo que pudiera salvarlo, pero entonces lo vió, con sus pies descalzos y su arco en la mano en la orilla del lago.
No tenía destellos en los ojos. Tampoco una sonrisa extrañamente perfecta.
Era real.
Era Ian.
Era el chico que conocía.
Observó al otro chico en el lago, pero este miraba a Ian con furia contenida, como si quisiera hacerle daño.
De pronto dudó quien era real, pero cuando volvió su vista afuera del lago y miró a Ian con su arco en las manos, supo que era él.
Que él era real.
—Vante— gritó Ian acercándose.
Cuanto más se acercaba, más parecía calmarse todo a su alrededor. Los árboles dejaron de moverse. El agua permaneció quieta. El cielo volvió a teñirse de rayos solares y no eléctricos.