Jardín de gardenias rojas.

[12] Los errores de Vante.

¿Quién es Ian y qué esconde detrás de esa mirada vacía?

Fue la pregunta que se hizo Vante aún acostado entre los árboles junto a Ian. Y es que, por más que lo observara, no lograba descifrar nada.

No sabía nada de su vida. Su pasado parecía ser algo olvidado o que jamás debía ser hablado. Su presente era un enigma, y su futuro una sentencia que aún no comprendía.

Entonces, ¿Quién era Ian?

¿Alguna vez tuvo algún sueño?

¿Siempre vivió con su abuelo?

¿Sintió algo que no fuese molestia alguna vez en su vida?

No sabía las respuestas a esas preguntas, y posiblemente jamás las tendría. Quizá porque eso era Ian, un ser que no debería ser descubierto como él mismo había dicho pero, ¿Y si él quiere hacerlo?

¿Qué pasaría si Vante quisiera ver más allá de esa mirada fría?

La respuesta es clara, cruda, y él lo sabía. No debería meterse allí. No debería estar mirándolo ahora acostado entre las hojas. No debería sentirse cómodo a su lado. Y algo tan simple como verlo respirar no debería parecerle maravilloso, pero es que, ¿Cómo evitarlo? Si en esa posición Ian parecía ser todo menos peligroso.

Se veía tranquilo, pero sabía que era efímero, porque cuando Ian abriera los ojos, volvería a ser el mismo.

Vente lo intentó también, cerró sus ojos por unos minutos pero su mente no quería ceder.

Sus párpados se abrieron mirando el cielo azul. Hermoso. Despejado. En cambio, su cabeza parecía una hoja arrugada con garabatos.

Escuchó la melodía que creaban los pájaros.

El silbido del viento acompañándolos.

Observó el agua tranquila del lago, tan distinta a la que quiso ahogarlo.

Sus ojos recorrieron todo lo que pudieron de ese lugar, fijándose en cada detalle de las gardenias rojas. En cada hoja. En la fuerza del aire. Quería grabarlo todo y no sabía la razón de ello hasta que la voz llegó de nuevo sin aviso para decirle aquello que tanto había martillado en su cerebro:

"Sígueme.

No dejes que él te guíe.

Si lo haces, formarás parte de su sentencia.

No más libertad.

No más bailes.

No más naturaleza.

Dejarás de ser Vante."

Sacudió la cabeza para alejar la voz, pero ella no hizo mas que repetir lo mismo.

¿Tendría razón?

¿Debería seguir la voz?

Cerró los ojos, dejando que su cabeza se ahogara en aquella voz.

"Las gardenias son tu salvación.

Son la salida que estás buscando.

Recoge una y llévala a tu pecho.

Purifica tu alma y serás digno de la libertad."

Y eso hizo.

Caminó hasta ellas. Cada paso llevándolo más cerca de lo prohibido.

Tomó una flor en sus manos. Acariciando los pétalos con sumo cuidado. La voz llegó de nuevo como un susurro, pero era un tormento que pretendía arrastrarlo.

"¿Qué esperas?

Reclama lo que tanto deseas"

Escuchando eso, arrancó la flor sin pensarlo. Su mano tembló, pero su mente estaba consumida por aquella voz.

Iba a llevar la flor a su pecho y seguir cada instrucción que escuchó. Pero una mano lo detuvo con un agarre tan brusco que la gardenia cayó al suelo marchitándose en el vuelo.

—¿Estás loco?

Vante levantó la vista, olvidando la gardenia marchita para mirar a Ian. El chico lo miraba atento y con una pisca de preocupación.

—La voz— fue lo único que salió de los labios de Vante en un susurro.

Era extraño. Se sentía vacío, pero no sabía cómo explicarlo.

—Te dije que respiraras tranquilo cuando la escucharas y no hicieras lo que sea que indicara ¿Qué parte de eso no entendiste?

El brazo de Vante dolía, y es que Ian no se había percatado, pero con cada palabra aquel salía de su boca, iba apretando más su agarre en el brazo impropio.

—Suéltame, me estás lastimando— Vante forcejeo un poco, pero Ian no hizo más que acercarlo al tirar de su brazo.

—¿Te estoy lastimando?— dijo con ironía mirándolo a los ojos—¿Tienes idea de lo que estabas a punto de hacer? Te dije que no le hicieras caso, que mantuvieras la calma, pero no, nunca escuchas nada. ¡Te vas a morir si sigues así! Y te juro que vuelves a hacer algo y no voy a sacarte de la mierda que hagas.

—Yo no te pedí que lo hicieras.

Ian soltó una risa incrédula. Estaba frustrado, pero debajo de esa frustración estaba la preocupación y eso le jodía la cabeza.

Su mano tembló un poco, pero decidió soltar a Vante y dar dos pasos atrás.

—Tienes razón. No me pediste que lo hiciera. ¿Sabes que va a pasar ahora?— preguntó, confundiendo a Vante.

—No.

—Te vas a quedar aquí. Quizá así aprendas a controlar la maldita voz sin que yo esté cerca.

Esperaba no equivocarse y que su maldita frustración no causara un desastre. Pero eso no impidió que se fuera sin mirar atrás. Tal vez se arrepentiría en la noche o en el camino de regreso, pero sabía que era necesario.

Y Vante se enfocó tanto en procesar sus palabras que no supo el momento exacto en que se quedó solo hasta que levantó la vista y lo único que sus ojos apreciaron fue el arco de Ian sobre la tierra.

Caminó hasta el artefacto de madera, arrastrando sus pies en la tierra. Llegó hasta el arco y se tiró al suelo, contemplando el lago con molestia.

Se puso a pensar en su madre. En los pasteles sin leche que le preparaba para su cumpleaños. En las miradas calculadoras que le dedicaba su padre.

¿Qué estarían haciendo ahora?

Una solitaria lágrima se escurrió por su mejilla, y luego de ella, surgieron otras.

Lloró porque extrañaba a su madre.

Porque ya no podía evitar a su padre.

Lágrimas silenciosas que estaban cargadas de furia y resignación. Porque ¿Qué sentido tenía ser libre si esa libertad no era su vida anterior?




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