La primera vez que Ian tuvo miedo fue el día que su familia se destruyó.
No supo cómo, pero pasó.
Tenía seis años en ese momento, recuerda haber visto a su abuelo cambiar las maderas del piso del porche esa mañana. Se le veía felíz, muy distante a lo que deja ver ahora.
Su padre salió temprano de la casa como de costumbre. Su madre preparaba el desayuno mientras él jugaba con su hermana pequeña en una alfombra vieja de la sala.
"Vamos a buscar cerezas" fueron las palabras de su madre esa misma tarde antes de cargar a su hermana y salir juntas al bosque.
Insistió varías veces en ir, pero su madre se negó en cada una de ellas.
Quizá, si hubiese insistido un poco más, todo sería diferente.
Esa noche, extrañamente, su padre no llegó para revolver su cabello en una extraña caricia y su madre no le preparó de comer, porque, de igual forma, ella tampoco regresó.
Su abuelo los excusó a los tres, diciendo que habían ido al pueblo por unos días. Días en los que Ian esperaba sentado en el porche de la cabaña, mientras su abuelo lo miraba desde la ventana.
Días.
Meses.
Años.
Una década había pasado y aún no habían regresado.
A los 8 años se resignó a esperarlos. No porque así lo haya querido, sino porque la verdad y el peso de las palabras de su abuelo lo obligaron a hacerlo.
"Ya no los esperes. No van a volver. Las cosas son así ahora, Ian. Solo somos tú y yo."
Cuatro oraciones. Cuatro malditas oraciones que le robaron la sonrisa.
Sus ojos brillantes, aquellos que su madre elogiaba, perdieron ese brillo inocente para perderse en el vacío del que Vante tanto se queja.
Esa fue la primera vez que Ian sintió miedo en su pecho. Miedo a quedarse solo. Al abandono. A perder aquello que tanto amaba: su familia.
Ese maldito miedo lo persiguió por años, y aún así, nunca logró superarlo, porque aunque no se sentara en el porche todas las tardes, en el fondo de su corazón todavía estaba ese niño llorón esperando por sus padres.
Ahora, con 20 años, volvía a experimentar el miedo de una forma completamente distinta.
Con impotencia. Culpa y desespero.
Estaba en una guerra constante con lo que decía su mente y lo que hacían sus acciones.
Su mente le gritaba que no debería estar buscando a Vante, pero cada parte de su cuerpo le exigía no detenerse a pensar en ello.
Entonces, cuando pensó que nada podía perturbarlo más, llegó esa voz que hacía tiempo no escuchaba.
"Me desafiaste, Ian. Has roto la primera regla en mi lista"
Cerró los ojos al escucharla, ¿Es que acaso no se cansa?, pensó con la mirada perdida.
"Intenté ser condescendiente contigo. Pero lo arruinaste una vez más."
Ian detuvo su andar, mirando cada perímetro del lago sin encontrar a Vante. Se apoyó en el tronco de un árbol y miró al cielo. No habían estrellas que iluminaran su camino y la luna se escondía detrás de la neblina nocturna.
Se sintió perdido.
Cerró los ojos y se dejó caer en la tierra, sentándose entre las gardenias. La voz llegó de nuevo, tan escurridiza como una serpiente y tan letal como una gardenia.
"Tu mayor error no fue perderlos a ellos, Ian… Fue encontrar a Vante"
El aire se volvió denso luego de esas palabras. Su pecho se estrujó con fuerza y lo aceptó, tenía miedo.
No era el miedo abismal que le dejó el abandono de sus padres. Era el miedo a no saber que hacer con la verdad que lo consumía, porque aunque intentara ocultarlo negándose a aceptarlo, Vante no era un simple chico. Era más que eso.
Estaba en la mira del bosque. Había sido arrastrado por el lago. Ya se habían encontrado con su version perfecta, como él mismo la había catalogado, sin saber que era la personificación de las palabras seducción e inteligencia.
"Su alma ya no es pura. Ha sido machada por él mismo. Vuelva a casa tranquilo. El chico aún está protegido"
La primera oración se quedó estancada en su cabeza, sin tomarle importancia a las demás: Su alma ya no es pura.
¿Que hiciste, Vante?
No podía imaginar que atrocidad había hecho para manchar su inocencia, entonces cerró los ojos, dejándose consumirse por la naturaleza. Ella era sabia y guardaba memorias, eso le encantaba de ella cuando era un niño, pero desde que sus padres se fueron, jamás recurrió a ella por instinto.
Sus manos se aferraron a las hojas sueltas sobre la tierra cuando el dolor de cabeza llegó sin prudencia. Era necesario. Si quería saber que había hecho Vante tenía que aguantarlo.
La imagen de Vante apuntando con el arco al Ian del bosque se reprodujo ante él con total simplicidad. Sus ojos amenazaron con abrirse al verlo, pero si lo hacía, sería igual que despertarse de un sueño: jamás volvería a tomarle el hilo.
Su propio arco era el arma de Vante en ese momento, y el chico no dudó en usarla.
Él disparó, lo había hecho.
Abrió los ojos; no necesitaba ver más que eso.
Vante no solamente había disparado una flecha, había empezado a cavar su propia tumba. Y era irónico que pensara eso teniendo en cuenta que la suya estaba casi lista si se ponía a pensar en todas las cosas que había hecho en su vida. Pero, nuevamente, las situaciones eran completamente distintas.
Vante tuvo un alma libre que se bañaba en aguas puras.
Él nació del pecado de dos personas que desafiaron las reglas del bosque.
Y, como sus padres, aceptó que también había encontrado su sentencia.
Al igual que aceptó que no sería una mujer de ojos verdes y cabello rubio como su madre.
Sino que era un chico de ojos color miel que había encontrado bailando entre las gardenias.
Soltó un suspiro ante sus propios pensamientos ¿Qué seguía ahora? ¿Qué debería hacer?
Recordó la discusión que tuvieron en el lago. La forma en que había apretado su brazo sin darse cuenta. La frustración en su voz mientras Vante solamente le pedía que lo soltara. Y el momento exacto en que decidió marcharse.