Jardín de gardenias rojas.

[14] Obra de Arte.

«Londres, 27 de diciembre de 1893»

Siete días nublados.

Seis noches oscuras habían pasado.

Quizá era algo exagerado. Tal vez era su cabeza, como siempre, queriendo arruinarlo. Pero no lo era. No estaba siendo exagerado.

Desde hace una semana Ian no se había acercado. Lo miraba, solo eso, como si quisiera acercarse pero su autocontrol fuera más grande.

Sus noches de sueño eran interrumpidas por la voz, y cuando el sol se filtraba por la ventana en las mañanas, su cabeza dolía.

Iluso, se dijo a si mismo al despertar ese día, creyendo que todo sería igual. Que nada cambiaría.

Vio sus manos intranquilas crear garabatos en la tierra suelta del porche de la casa en un intento de calmar su ansiedad.

¿Cuándo va a terminar?

Era la pregunta más recurrente en su cabeza los últimos días.

Quiso evitar a toda costa no pensar en ello pero era inútil; siempre revoloteaba en ella como un girasol que busca al sol en el día.

Y es que no era una pregunta simple porque estaba casi seguro de que su respuesta acabaría con cada una de sus preocupaciones.

Entonces, si tuviese el privilegio de hacer una pregunta que sí tuviera respuesta inmediata, sin duda sería esa. Pero el problema no reside allí, sino en qué contexto la haría.

No sabría cómo formularla porque claramente era una pregunta que escondía mil trasfondos.

¿Cuándo va a terminar mi estadía en este lugar?

¿Cuándo va a terminar de escucharse la voz en mi cabeza?

¿Cuándo Ian va a dejar de pretender que no existo?

¿Cuándo va a terminar todo este suplicio?

Y justamente allí residía el problema que no estaba seguro de resolver.

Dejó la rama en la tierra soltando un suspiro. ¿De que serviría pensar en ello? Al final del día nadie respondería a sus dudas más que el silencio de su habitación y el sonido del viento en su ventana.

Levantó la mirada, viendo a Ian y William acomodando unas flechas en una funda.

Su mirada se cruzó con la de William, no mucho tiempo, pero si el suficiente para ver un destellos de decisión en los ojos del hombre.

—Ven aquí, muchacho— gritó el hombre alzando el brazo en su dirección.

Vante miró lo extrañado, pero aún así se acercó.

—Vamos a cazar.— dijo el hombre con suma tranquilidad cuando Vante llegó— Hoy vienes con nosotros.

Vante quedó perplejo ¿Él? ¿Cazar?

No había forma. No sería capaz de matar un animal.

—Yo... no puedo. No quiero— dejó salir las palabras bajo la atenta mirada de William.

El hombre soltó una risa carente de emoción y se colgó la funda con flechas en su espalda.

—No te pregunté si querías.— sin borrar aquella cínica sonrisa dejó caer su pesada mano en el hombro de Vante apretándolo un poco— Te dije que vas con nosotros.

Vante se tragó las palabras que tenía en la punta de la lengua ¿Por qué lo hacía? Era fácil saberlo; aquel hombre le causaba un revoltijo extraño en todo el cuerpo.

Tal vez era su sonrisa maquiavélica que no llegaba a los ojos. Quizá ese trato hostil que siempre le había dado. O solamente su presencia que era capaz de acabar con la poca tranquilidad que podía sentir en ese lugar.

Retrocedió dos pasos, logrando que la mano de William dejara de apretar su hombro.

—No pienso matar un animal indefenso.

William soltó una risita incrédula.

—¿Y quién dijo que vas a cazar a un animal?

Vante frunció el rostro en desconcierto. ¿De que hablaba?

—Déjalo así. Lo vas a asustar.— Vante posó su vista en Ian, quien hasta el momento había guardado silencio. Ian lo miró de igual forma— Ve a cambiarte. Ponte la ropa que está doblada sobre tu cama. Y no olvides las botas.

Vante asintió despacio ante la orden y entró a la cabaña en contra de su voluntad y con nuevas preguntas en su cabeza.

En la parte trasera de la cabaña, William miró a su nieto con fastidio antes de soltar un gruñido.

—Tiene que aprender.

—Lo sé, pero asustarlo no es la solución.

—¿Y qué quieres que le diga? ¿Que vamos a jugar con flores y a cortar plantitas? Deja de ser blando y haz tu maldito trabajo.

—Eso es. ¿Por qué te metes? Es mí maldito trabajo, no el tuyo.

—Te vas a arrepentir.

La mirada William no se suavizó; sus ojos reflejaban el peso de sus palabras.

—Lo sé. Me enseñaste que cada error conlleva a un sacrificio aún mayor.

—¿Entonces por qué sigues?

—¿Tu pudiste detenerte?— William se quedó mudo al escuchar aquello.

Ian recogió su arco y las flechas, viendo a Vante salir de la cabaña mientras se ataba las agujetas de las botas.

Miró una última vez a su abuelo. El hombre solo lo miraba en silencio.

—No me puedes pedir que haga algo sabiendo que es imposible— Ian dejó caer su mano en el hombro de su abuelo de la misma forma que él lo había hecho con Vante— Y tampoco vuelvas a tocarlo.

Con un último apretón en el hombro de su abuelo, Ian se fue en dirección a la cabaña, pasando junto a Vante sin mirarlo.

William se quedó estático en su lugar, viendo la silueta de su nieto alejarse.

El caos se estaba desatando. Él mismo lo estaba provocando. Esta vez no sería una tormenta. Tampoco las jugadas estratégicas de la naturaleza.

Sería el alma de aquel niño al que vio llorar esperando el regreso de sus padres, atrapada en el cuerpo de un jóven que estaba a punto de descubrir lo cruel y voraz que podían ser las reglas del bosque.

•••

Cuando atravesaron los límites más profundos del bosque, Vante todavía pensaba que iban a cazar animales.

No pudo haber estado más equivocado.

Sus ojos estaban desorbitados y su cabeza le repetía una y mil veces que se alejara pero la voz le ordenaba que no podía moverse.

Escuchó cada pisada.

Sintió en sus huesos el calor de las ligas tenzándose a su alrededor.




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