Jardín de gardenias rojas.

[15] Malditos ojos.

Ian podía recordar con exactitud la primera vez que sostuvo un arco. Tenía las manos tan pequeñas que apenas podía tensar la cuerda sin lastimarse, y aún así su abuelo le ordenó que lo hiciera.

Cuando aquella flecha atravesó el pecho del primer cuerpo, sintió que todo a su alrededor perdía sentido, al mismo tiempo que aquel ser perdía la sangre que lo mantenía en movimiento.

En ese momento no entendía porque su abuelo le inculcaba hacer aquello. Después de unos meses, en su tercera cacería, comprendió el motivo.

No necesitó explicaciones de su abuelo ni susurros intencionados por parte de sus compañeros para entenderlo.

Aún así, años después de aceptar que la cacería era necesaria, se aseguraba de apuntar bien con el arco y antes de soltar la flecha giraba el rostro.

No fue fácil borrar de su mente un recuerdo tan nauseabundo y traumático, por eso podía comprender a la perfección la reacción de Vante.

Él lo vivió de la misma forma. Él tampoco sabía a lo que iba hasta que le tocó enfrentarlo.

Entendía la furia en la mirada de Vante. El odio que le aseguró que sentía hacia él, pero lo que más le dolía no era escuchar aquellas palabras. Lo que más le dolía era saber que Vante acababa de mirarlo con los mismos ojos con los que él, alguna vez, había mirado a William.

Y no se arrepentía de ver a su abuelo como un asesino, porque lo era. De lo que se arrepentía era de no hacerle caso a lo que dijo esa mañana. Si le hubiera explicado a Vante, al menos tendría una idea de lo que tendría que enfrentar cuando entrara al bosque.

Pero no.

Hizo exactamente lo mismo.

Seguía la misma maldita secuencia que solo su padre tuvo la osadía de romper.

No podía ser más distinto a su padre.

Le bastó una mañana para descubrir que llevaba demasiado tiempo convirtiéndose en su abuelo.

Al final, los dos habían llevado a un niño inocente al bosque sin prepararlo para combatir el posible trauma que les traería eso.

Había pensado tanto en ello, que sus pensamientos lo abrumaron hasta el punto en el que no se percató de que estaban cerca de la cabaña.

Miró a Vante caminar a la distancia y aceleró el paso para alcanzarlo.

¿En qué momento se había alejado tanto?

Llegó hasta él, aunque lo seguía sintiendo distante. Vante no lo miró ni un segundo. Sus ojos iban del camino a sus manos, y de sus manos a las manchas de sangre en su camisa blanca.

La cabaña acaparó su atención, y notó como Vante apresuró la llegada con pisadas rápidas.

Lo entendía. Claro que lo entendía. Pero también quería que lo mirara a los ojos y escuchara la explicación que estaba dispuesto a darle.

Ian se detuvo antes de tocar el piso de madera del porche. Esperó que Vante se detuviera, pero el chico solo se detuvo al estar frente a la puerta.

—Abre— dijo Vante sin voltearse a mirarlo.

Ian frunció el ceño. No recordaba la última vez que alguien le había hablado de esa forma.

—Tenemos que hablar.

Esta vez Vante se giró y lo miró a los ojos.

Malditos ojos.

No era aquella mirada tranquila que conocía. Era tan fría que, si no fuera por ese característico color miel, creería estar viendo un reflejo de sus propios ojos.

—No.

—Solo quiero explicarte.

—Y yo no quiero escucharte.

—¿Por qué eres así?

—¿Así cómo?— se cruzó de brazos esperando una respuesta.

Ian miró al cielo. Respiró hondo y exhaló todo el aire de sus pulmones.

—Solo déjame explicarte. Si quieres odiarme después de eso, hazlo. Pero por favor déjame hacerlo.

Vante desvío la mirada al bosque. Ian seguía allí, mirándolo fijamente mientras se convencía de que lo hacía porque a él le hubiese gustado que alguien le explicara las cosas, y no porque le aterraba la idea de que Vante lo odiara más de lo que antes sentía.

—Está bien. Pero con una condición—Ian no dudó en asentir— Tienes que contarme todo. No solo lo que pasó hoy... Quiero saberlo todo.

—Vante eso...

—No hay nada que hablar entonces— le dio la espalda— Abre la puerta.

Ian tragó saliva y se acercó, pero antes de abrir la puerta soltó un suspiro y tomó una decisión.

¿De qué serviría guardarse la verdad? Si en algún momento Vante la tendría que enfrentar.

Sería mejor que supiera y no viviera desde la ignorancia, como él, sin saberlo, había estado viviendo desde hace años.

—Está bien.

...

Sintió un pitido rechinante en su cabeza cuando Vante cerró la puerta, pero la misma no había hecho ruido alguno.

Cuando entraron a su habitación sintió el frio adentrarse por cada tejido de su piel, lo raro es que no hacía tanto frío para provocar aquello.

Tragó saliva cuando vio a Vante cruzar los brazos sobre su pecho. Se observaba tan distinto. Tan lejos de aquel chico que vio asustado entre las gardenias.

Vante solo se limitó a permanecer de pie junto a la puerta sin pronunciar nada, Ian tampoco encontraba las palabras para empezar.

¿Cómo podría resumir años enteros en una sola frase?

Pasó un minuto, quizá mucho más.

Hasta que Vante decidió romper el silencio.

—¿Qué son esas entidades y por qué las cazan?— lanzó la primera pregunta.

Ian vaciló unos segundos, pero cumplió con responder.

—Son personas que ya murieron y las entidades tomaron sus cuerpos. Nosotros los cazamos para mantener el equilibrio.

Ian caminó hasta la ventana. El sol del atardecer se filtró por las rendijas y el viento le movió el cabello.

Vante caminó hasta él manteniendo la distancia.

—Antes mencionaste al Ian del bosque ¿Qué lo hace distinto a ellos?

Ian se giró, dándole frente. Vante retrocedió dos pasos con la mirada fija en sus movimientos.

Malditos ojos.

—Las otras entidades pueden poseer cualquier cuerpo porque son creaciones del bosque, él no puede porque yo aún no muero. Lo mismo pasa con mis compañeros. Si morimos ellos se alimentan de nuestra alma y se alojan en nuestro cuerpo hasta que el bosque decida nuestro castigo.




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