El invierno en el norte de Tuvalu estaba siendo más duro ese año; para niños huérfanos, gente en condición de calle y los pobres que apenas tenían para comer, sufrían los estragos que perduraban de la guerra civil de hace treinta años.
Sin embargo, para Erick no había ráfaga de viento, lluvia congelada ni frío extremo que lo detuviera de su objetivo. Un niño abandonado por sus padres al nacer, criado en un orfanato lleno de carencias y con una condición médica que le hacía difícil tener una calidad de vida estable; pero ese niño tan desdichado había encontrado una manera para sobrevivir, forzando su corazón para que latiera un día más, moviendo sus huesos que apenas se mantenían en su sitio y dando lo poco que le quedaba de energía para complacer a su más grande benefactor.
Un desconocido que ni siquiera le había dado un nombre había apostado por él, aun sabiendo que sufría una insuficiencia cardiaca grave que, con el pasar de los años, le fue pasando factura; pero Erick no tenía tiempo para sentir lástima por sí mismo. Luchó a su manera, sobrevivió aún si tenía que arrastrar los pies hasta la biblioteca pública de la ciudad, desvelándose noche tras noche, estudiando libros tan gruesos que a cualquiera abrumarían.
Sin embargo, para él era una salvación: la lucha mediante sangre, sudor y lágrimas que valía totalmente la pena. Si su esfuerzo le daba un corazón nuevo —y basándose en esa promesa que le había dado su benefactor—, se convirtió en un estudiante destacado, con las mejores notas que cualquiera hubiese envidiado, y a sus veinte años había cumplido el último requisito para obtener lo que más deseaba: un corazón.
Convertirse en el estudiante con mayor rendimiento en el examen de admisión a la universidad más importante del país, con una beca completa y un diplomado de excelencia, era mucho más de lo que le habían pedido. Pero Erick era de las personas que, si se propone algo, lo hace a lo grande, pues era lo único que lo mantenía vivo y lo hacía sentir, de alguna manera, útil a pesar de sus limitaciones.
El saber que por fin su sueño se convertiría en realidad lo llenó de tanta alegría que su corazón no resistió ese sentimiento tan abrumador y, una hora antes de su operación, el órgano que bombea sangre por todo su cuerpo y lo mantenía con vida, falló. Cada intento de los doctores por hacerlo abrir los ojos de nuevo fue un fracaso.
La nieve tan blanca y fría que calaba la piel caía como una lluvia furiosa al otro lado de la ventana; aun si dentro de la habitación del hospital había calefacción, en ese momento solamente se tornaba fría, triste y opaca, porque la risa que una vez escucharon las enfermeras desde el pasillo, la alegría que se vivía por salvar una vida más, se había esfumado por completo.
Y la mañana del siete de diciembre, a las diez con veintidós minutos, Erick Ottoniel Sander, de veinte años de edad, había muerto.
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Editado: 23.05.2026