Un recuerdo…
—He estado cautivado por ti desde la ceremonia de apertura de primer año… Por favor, acepta mi confesión.
Frente a mí, un chico de una belleza masculina seductora parecía un modelo de ropa juvenil: cabello negro ondulado, ojos grises muy claros como nubes tormentosas a punto de caer, mandíbula marcada y mirada indiferente, fría, como si nada en el mundo le importara. Sentía cómo temblaba el cuerpo del dueño de la carta, mientras la sostenía en dirección al otro chico.
Se podía notar el desagrado que le provocaban las palabras que salían de la boca del oponente y el fastidio que le daba estar en ese lugar donde un chico se le estaba confesando.
—No estoy interesado en chicos, y mucho menos en un chico tan patético como tú. ¿Crees que saldría con alguien así? —se burló, dejando salir palabras crueles e hirientes con desprecio—. Eres tan repulsivo que me das asco; el hecho de que estudie en un internado solo de chicos no quiere decir que quiera salir con ellos.
«¿Internado?»
Sentía cómo unas lágrimas calientes resbalaban por las mejillas del chico y su corazón se estrujaba debido al rechazo. Sabía que era patético, que no tenía oportunidad; aun así, tenía un poco de esperanza, solo quería ser amado por alguien; aunque sea una vez.
—Lo-lo sé —aceptó—, yo solo… quería intentarlo, ya que es el último día que estoy en secundaria —. Su voz temblaba y su pecho dolía mientras inventaba una excusa para ocultar su desliz.
—¿Y creíste que te haría caso solo por eso? —despreció. Ese sentimiento se podía notar en su voz—. A mí no me gustan los hombres —el horror y pánico por haber cometido un error estaban llenando el corazón del receptor de esas palabras llenas de asco ¿Debería desaparecer?—. Espero no volver a cruzarme contigo. Nunca vuelvas a aparecer frente a mí; eres tan desagradable de ver que me revuelve el estómago, asqueroso.
Y con esas últimas palabras llenas de asco, rencor y reproche, el otro chico le dio la espalda, mientras él lo observaba entre lágrimas y susurraba un «lo siento».
&
Ese fue el primer recuerdo de Erick al despertar: recostado en un piso frío; las partículas de polvo flotaban en el aire e incluso varios muebles estaban cubiertos de suciedad. Parecía un sitio abandonado.
De repente, sintió un dolor tan intenso en la cabeza que hasta pensó que se le iba a partir en dos. Tuvo que apretar los dientes para no gritar. Parpadeó un par de veces, pero el dolor punzante no se iba. «¿Qué es esto?», pensó, «¿Dónde rayos estoy?». Lo último que recordaba era: estar en la camilla del hospital mientras era atendido por algunos doctores; su corazón estaba fallando de nuevo, pero entonces, ¿Cómo había terminado en ese lugar?
Miró sus manos y notó una cuerda rodeando sus muñecas de un blanco tan pálido como la nieve que lo hizo sorprenderse de inmediato, unas muñecas delgadas y delicadas, las uñas extremadamente limpias y bien hechas como si acabase de hacerse la manicura. ¡Esas eran las manos de una chica! Las reconocía porque su mejor amiga las llevaba igual.
Un ruido en la habitación lo hizo percatarse de que no estaba solo. De inmediato se dio cuenta que no había tiempo para preocuparse por eso; estaba atado y probablemente debería estar inconsciente, así que se quedó quieto intentando escuchar el ambiente y tramar un plan de escape, no era la primera vez que alguien hacía algo así con él.
Al percatarse y salir un poco de su aturdimiento, pudo escuchar unas voces a su espalda. Eran masculinas y considerando el número de voces que lograba escuchar, podrían haber más de tres perpetradores. «¿Sus secuestradores? Pero ¿Por qué capturarían a un huérfano que no tiene ni dónde caer muerto?». Si esperaban alguna compensación por su rescate, habían perdido su tiempo. Las voces parecían jóvenes, por lo que se imaginó que podía tratarse de los tipos de la otra escuela que siempre lo molestaban cuando regresaba de estudiar al orfanato.
—Te dije que no lo golpearas tan fuerte.
—¿Qué tiene? Igual le vamos a hacer algo irreversible.
—Una cosa es utilizarlo como un saco de boxeo y dejarlo lisiado y otra matarlo, idiota.
—Pero hay una ventaja en ello —dijo una voz más calmada—: si se muere, es seguro que no dirá nada.
—Pero sus amigos estaban ahí cuando nos lo llevamos. Si aparece muerto, nos culparán. Yo no planeo ir a la cárcel. Si mi Padre se entera de esto me mataran o peor si su familia se entera…
«¿Familia?»
—¿Y qué harán? —se escuchó una cuarta voz, tenía un matiz arrogante y bastante ronca—. A su familia ni siquiera le importa; si le damos una golpiza que lo deje lisiado o lo matamos, para sus familiares sería una suerte deshacerse de un ser no deseado. Me asombra que aún no lo hayan vendido. Mi padre dice que es un hijo ilegítimo, que su padre lo desprecia y su hermano lo odia.
«¿De quién demonios están hablando?». Estaba seguro de que no era de él, porque Erick ni siquiera tenía padres y mucho menos hermanos.
El dolor de cabeza persistía, hasta el punto que comenzó a escuchar un zumbido intenso en los oídos amortiguando las voces. Entonces, múltiples imágenes y recuerdos que no eran suyos se instalaron en su memoria como una avalancha; escuchaba la voz de alguien llamando por un nombre que desconocía, risas, rostros, jamás había visto a nadie con esos aspectos. «¿Qué era esto? ¿De quién son estos recuerdos? No lo sé, estoy confundido». Se estaba comenzando asustar ¿Tantas golpizas lo estaban volviendo loco?
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Editado: 23.05.2026