Jardín de tulipanes [bl]

Capítulo 2: Mi pequeña Belleza

Elyan estaba aburrido; desde que entró a la preparatoria, todos sus días habían sido monótonos y más de lo mismo. Su rutina diaria consistía en: Levantarse antes de las cinco, darse una ducha lo suficientemente larga para quitar los olores a calcetín sucio, moho y queso rancio que se le pegaba a pesar de todo el suavizante que le echaba a su ropa. Salir antes que sus fastidiosos compañeros de cuarto se despertaran e ir al comedor a desayunar mientras esperaba a su mejor amigo era una lucha constante.

A veces se replanteaba su decisión de quedarse en el internado y no haber elegido la escuela mixta del centro, pero al recordar lo molestas que eran las chicas cuando iba a primaria, agradecía haber tenido ese arrebato y haber colocado su nombre en la solicitud de permanencia en el internado Magnolia. Tal vez estar en un colegio solo para chicos era, a veces, un poco estresante, sobre todo al dormir en una habitación con tres personas más, especialmente si no se aseaban muy bien; pero era mucho mejor que ser perseguido constantemente por adolescentes hormonales y románticas que exigían su atención.

Apenas logró escapar de sus compañeros de cuarto durante el primer receso de la mañana para que no lo siguieran como lo hacían siempre, y a la hora de almuerzo se vio rodeado por compañeros y alumnos de otros salones; que solían juntarse para que les ayudara con las tareas que debían entregar esa tarde.

Cuando regresó al salón, se recostó en la mesa de su escritorio y puso sus auriculares a trabajar; solo así pudo respirar libremente. Entonces, su tranquilidad se había ido al carajo en un minuto: desde que escuchó el grito ensordecedor y furioso que lo sacó de su descanso mental, hasta que vio al pequeño y lindo chico golpear a los tres arruina-vidas de la clase. Y no era cualquier chico: era el chico por el cual se sentía atraído tiempo atrás. Fue el mejor «a la mierda la tranquilidad» que había pensado.

Ver como le pateaban el trasero a Lucas fue el momento más gratificante de toda su vida, pero darse cuenta de la persona que lo hacía lo descolocó y al mismo tiempo lo emocionó.

Se veía tal cual lo recordaba; tal vez le había crecido un poco más el cabello y quizá se había vuelto más alto, pero su linda cara con rasgos suaves y femeninos dignos de un rostro andrógino como tal. No podía ser olvidada, junto a sus ojos azules llamativos como ver el final de un iceberg en el fondo del mar helado, sus pestañas espesas y largas que enmarcan esa mirada felina digna de un gatito, sus cachetitos esponjosos y suaves como malvaviscos... todo él seguía tan hermoso como en ese calendario de hace dos años que Elyan guardaba como un tesoro.

Fue en segundo año de secundaria, durante el festival escolar. El club de fotografía estaba dando una exposición y vendiendo calendarios; el protagonista era ese chico de cabello negro y ojos azul cristalinos. Un protagonista tan adorable y resplandeciente... Al principio había pensado que se trataba de una chica, pero mientras más miraba la foto, sentía que algo no encajaba. Sus ansias por conocer a esa persona se hicieron cada vez más grandes hasta que el último día del festival, no pudo más y fue en su busca.

Hasta que se enteró de que la dueña de sus pensamientos, en realidad, era un chico. Un mar de sentimientos contradictorios lo invadió por completo: deseaba verlo y, al mismo tiempo, no quería enfrentar la realidad. Aun así, el deseo de tenerlo frente a sus ojos le ganó a todo lo demás.

Al principio solo lo tomó como una mera curiosidad; en su vida había conocido a una persona con un rostro andrógino tan perfecto, y él era hermosamente angelical, digno de confundirlo con una chica si le pusieran la ropa correcta. Algo dentro de él todavía tenía la esperanza de que se tratara de una mujer. Le preguntó al encargado del puesto de venta en el club quién era esa persona, pero no supo decirle nada; ya que no era parte del club de fotografía, solo estaba ayudando a sus compañeros.

Y aunque se enteró de que era integrante del club mucho después, nunca pudo encontrarlo; nadie le daba paradero de él. Durante más de un año lo buscó sin tener más información que esa. Era de su misma promoción, ¿Cómo era posible que nunca se hubieran encontrado? Pensó que tal vez se había transferido o algo parecido; nunca se imaginó que siempre habían estado en el mismo internado. Lo único que logró verificar era que, sí, se trataba de un chico.

Quería hablar con él, pero con todo el caos —del cual solo entendió una milésima parte de lo que había sucedido—, no había podido ni acercarse a decir «hola». Y luego de que su hermano se lo llevara, lo único que le quedó fue la imagen del pequeño de ojos azules mostrándole el dedo corazón mientras era cargado en los brazos del presidente de la escuela; su cabello negro estaba recogido con un lindo pasador floral, dejando al descubierto por completo su rostro bello y delicado. Sabía que lo estaba insultando, pero por alguna razón se sonrojó. Lo había notado, se había dirigido a él; nada más importaba.

Incluso si quería podía golpearlo en la cara y hasta le iba a dar las gracias por ello. Definitivamente, estaba completamente perdido de amor.

A finales del año pasado había aceptado, por fin, que le gustaban los chicos; no había sido fácil para él, pero desde que su mejor amigo Johan le había cuestionado la razón del porqué seguía buscando con tanta insistencia al chico del calendario, fue cuando se dio cuenta de su sexualidad.

Siempre había salido con chicas, sin importar el físico, color de cabello o personalidad; no tenía preferencias a excepción de la edad: por alguna razón le gustaban que fueran mayores que él. A pesar de tener un montón de chicas alrededor cada vez que salía de paseo o a hacer compras, y aunque aceptaba sus coqueteos y los alentaba, no sentía algo especial por ninguna de ellas.




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