Ding dong, ding dong, ding dong...
Azariel no quería levantarse, sobre todo porque estaba calientito teniendo a dos personas abrazándolo en la cama; ¿Quién llegaba a tocar el timbre de alguien un domingo por la mañana? De mala gana y aun medio dormido, se puso de pie con cuidado de no despertar a Alea y Cedric, y bajó los escalones con precaución ante la insistente persona que llamaba a la puerta. Casi se tropezó en el camino con la alfombra de la sala, pero logró sostenerse de la encimera de la cocina.
—Ya voy —gritó con la voz ronca. Cuando alcanzó la manija y abrió la puerta, intentó enfocar su vista ante la figura frente a él.
—¿Todavía siguen dormidos? —preguntó un Declan totalmente vestido y bien arreglado.
—¿Qué quieres?
Tenía que ser su tonto hermano.
—Sé más cortés, mocoso —le riñó, alborotando el cabello del más bajo aún más y pasando al interior sin ser invitado —. Agradece que les traje el desayuno. En la cafetería están sirviendo atún y sé que no te gusta, por eso salí a comer fuera y aproveché para traerles algo.
«¿Desayuno? Si el desayuno en la cafetería lo servían a las nueve y media los domingos, ¿Qué horas eran entonces?».
—¿Qué sucede? —se escuchó una voz somnolienta.
Un chico rubio apareció por la puerta del dormitorio, caminando aún con los ojos cerrados en dirección a Azariel. Al llegar a él, intentó colocarle los lentes que había olvidado ponerse y luego se abrazó a su cuerpo como un koala.
—Gracias —agradeció acomodando las gafas que le habían quedado chuecas. Luego sonrió y lo cargó como si se tratara de un bebé hasta el sofá.
—Buenos días, presidente. Buenos días para ti también, Al. Espero hayas tenido un agradable descanso —Declan hizo un monólogo fingiendo la voz de Alea que ni siquiera se dignó a saludarlo.
—Mm —contestó éste sin prestarle atención.
Declan negó con la cabeza, decepcionado por tan simplón recibimiento. Corrió la cortina de la ventana para que entrara un poco de luz mientras que los dos chicos se recostaban en el sofá; pasó a la habitación y también corrió las cortinas del ventanal para despertar a los demás, lo que no sirvió de mucho, ya que desde la noche anterior había seguido lloviendo y el cielo se encontraba totalmente cubierto de nubes grises.
—Chicos, a desayunar. Levántate, Cedric —llamó a su primo pequeño.
Subió la escalera a la cama de Azariel cuando notó la del castaño vacía, le apartó la manta y se dispuso a darle dos nalgadas de forma cariñosa. Iba a salir a la sala cuando notó a alguien moviéndose en la litera que estaba cerca de la ventana, envuelto en frazadas amarillas, y luego observó la litera superior, donde había otro chico con la cabeza colgando de la cama.
Al poco tiempo apareció un chico con cabellera blanca arrastrandose fuera de la cama, con el torso desnudo, y el otro chico de cabello negro ondulado, que tampoco había visto, seguía completamente noqueado.
Le habían informado que había un nuevo alumno en el dormitorio de los chicos, pero no dos. ¿Quién era ese arrimado que había invadido la habitación de sus niños?
—¿Quién eres? —le preguntó al chico de cabellera blanca.
—Johan —respondió el peliblanco con voz ronca mientras se frotaba los ojos sin notar la hostilidad en la voz de Declan.
Él había escuchado ese nombre. ¿Quién demonios no lo conocía? Si daba problemas cada dos por tres, y no solo con alumnos del internado, sino con chicas de otras escuelas. Miró a su hermano, que había entrado a la habitación para lavarse el rostro junto con Alea. Hizo una pregunta silenciosa con la mirada: «¿Qué hace él aquí?»
Los dos pequeños levantaron una mano señalando al chico que aún seguía dormido. Los dos menores se estaban cepillando los dientes antes de desayunar. «Bien, era conocido de ese otro inútil, pero ¿Por qué se había quedado a dormir ahí?».
Declan soltó un suspiro para calmarse. Su primo ya se estaba poniendo de pie y se dirigía al baño dando tropezones a diestra y siniestra. Declan se acercó a la litera, observó por un momento al chico de cabellera negra y con toda la intención, golpeó la frente del chico con los dedos, que se levantó de golpe, desorientado.
—Vamos, chico, ven a desayunar —alentó de mala gana.
Semejante tiburón había ido a meter al dormitorio de tres inocentes niños. Debía de mantenerlos vigilados a esos dos de ahora en adelante.
Ya con todos levantados, se fueron a comer los ricos panqueques que Declan acababa de llevar; estaban esponjositos y suaves, pero había un problema: solo había llevado lo suficiente para cuatro personas. Johan era un extra inesperado. A Declan no le molestó ese hecho.
—Lo siento —fingió lamentarse—, creí que solo había cuatro personas en el dormitorio.
Lo que no esperaba es que sus tres protegidos le dieran un panqueque cada uno. «Mocosos desagradecidos».
—No se preocupe, presidente. Desde anoche me di cuenta de que estos chicos son buenos compartiendo —sonrió Johan, inocente de las malas intenciones de Declan.
—Sí, demasiado para su propio bien —les reprochó su superior. Los chicos fingieron no escuchar. Y siguieron comiendo tranquilamente.
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Editado: 23.05.2026