Jardín de tulipanes [bl]

Capítulo 8: Zenic

Alea y Zen

Un fin de semana comenzaba para los estudiantes y trabajadores que apenas salían hacia sus casas, su único refugio ante una lluvia intensa que había azotado la tarde del viernes. Los árboles rugían, casi devorados por el viento embravecido, y la lluvia arreciaba con truenos y relámpagos resonando en el cielo como un coro de cánticos furiosos.

Zen, que apenas había logrado llegar al primer edificio que vio, estaba empapado de pies a cabeza; su cuerpo temblaba de frío y sus pies se estaban congelando. Estaba seguro de que en las noticias habían anunciado la llegada del tifón para el día domingo por la tarde, pero era viernes y llovía a cántaros. El taxi ni siquiera había querido entrar al internado; había tenido que caminar el resto del camino desde el portón principal, que quedaba casi a un kilómetro del primer edificio. Gracias a Dios su maleta era impermeable, así que estaba seguro de que su ropa estaba seca, pero de su mochila no estaba seguro.

—Buenas tardes —saludó al guardia del edificio. Podría jurar que eran las seis, pero estaba tan oscuro como si ya estuviera de noche. —Mi nombre es Zenic Mayer, me acabo de transferir al internado Magnolia y me dijeron que tenía que ver al señor... —sacó un papel arrugado que estaba un poco húmedo del bolsillo de su chaqueta —... Callaghan —leyó en la nota.

El de seguridad lo vio de pies a cabeza: chamarra, pantalón y zapatos de cuero; pudo ver el asomo de un tatuaje en la nuca y varios piercings en las orejas y labio, no era un muchacho común que se pudiera ver en el internado. Sin embargo, recordaba que a veces las apariencias no lo eran todo; de ejemplo estaban los jovencitos que habían sido arrestados por violencia escolar y casi matar a un compañero de clase no hace mucho, y él siempre había creído que eran buenos chicos por su apariencia pulcra.

—Bienvenido, muchacho —le saludó el hombre—. Entra y sube al segundo piso; la segunda puerta a la izquierda es la oficina del director. Puedes dejar tu maleta en la entrada. La cuidaré por ti —ofreció.

—Gracias —colocó su maleta pegada a la pared y entró al edificio; se sentía cálido, aunque la estructura del lugar se notaba que era antigua.

Subió las escaleras lo más rápido que pudo. Y al llegar a la puerta que le habían indicado, tocó para avisar de su visita, escuchó un suave "adelante" y pasó al interior. Un hombre gordito y de baja estatura lo recibió con los brazos abiertos.

—Muchacho, te estaba esperando; al parecer la lluvia repentina hizo un desastre de ti —canturreaba alegremente, dándole un fuerte abrazo sin importar si se mojaba o no—. Ven, siéntate —lo invitó—, ¿Quieres un café para calentar el cuerpo?

—No, así estoy bien, gracias —lo único que le importaba en ese momento era llegar a un lugar caliente donde poder ducharse y cambiarse de ropa.

—Entonces haré esto rápido para que te apresures a llegar al dormitorio, si no, te puedes resfriar—mencionó.

—Claro.

—Como le prometí a tu abuelo, te abrí un cupo entre los de primero; por lo que me dijo, te ausentaste dos años de tus estudios por motivos personales —leyó en su computadora.

—Así es —aceptó Zen.

—E ingresaste de nuevo este año al colegio mixto Aurora, pero estabas teniendo problemas con un grupo de alumnos; según el informe no era culpa tuya, pero decidiste dejar la escuela ya que sentías que no encajabas allí —Zen asintió positivamente—. Bien, estarás recibiendo clases en el salón de primero, clase dos, es el único que tiene cupo; y con respecto a los dormitorios, la escuela tiene un sistema por años, pensé en ponerte con alumnos de tercer año ya que tienen la misma edad que tú, intentando que se te diera más fácil la convivencia. Sin embargo, los alumnos de esta escuela suelen ser muy territoriales porque... bueno... solo hay chicos.

—Comprendo —contestó Zen; no le importaba si le daban un cobertizo, él solo quería ir a darse una ducha, el frío empezaba a calarle los huesos.

—Por ello, quiero hacerte una pregunta y quiero que me la contestes con la mayor sinceridad posible, ¿de acuerdo?

Zen asintió.

—¿Qué opinas de la homosexualidad?

Zen casi se queda perplejo ante la pregunta; nunca creyó que un director hablaría tan abiertamente de un tema tan polémico en la sociedad, pero sabiendo que era una institución solo para varones no le extrañaba que casos así podrían darse.

—Bueno, mi madre siempre nos ha enseñado que el amor es amor sin importar el género, así que no tengo prejuicios ante ello; siempre me han enseñado a ser respetuoso con los demás, por lo que creo que es un tema en el que no tengo derecho ni a cuestionar o sugerir —contestó.

El director sonreía de oreja a oreja.

—Muy bien, tus padres te han educado bien, muchacho; creo que tu abuelo no hablaba de más cuando dijo que eres un joven muy cordial, diferente a tu apariencia, lo cual no me molesta ni está prohibido, no te preocupes; siempre y cuando no te metas en problemas, todo estará bien.

—No se preocupe por eso, me sé comportar bien —afirmó.

—Lo sé, lo sé —cogió unos documentos de su escritorio y los selló antes de entregárselos —: carnet de estudiante, tarjeta de comida, horario de clases; también están las reglas de la institución y del dormitorio.




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