Alea y Zen
—Ya deja de acosarlo, lo vas a asustar y luego te quejas de que piensen que los homosexuales son pervertidos —lo regañó Cedric.
—Es que se ve tan genial —susurró Alea.
Alea estaba admirando el pecho desnudo y los múltiples tatuajes que tenía Zen; hasta ahora había contado ocho cuadros en el abdomen, pectorales duros e hinchados, músculos bien desarrollados y una piel blanca y tersa con un toque de bronceado ligero. Era como ver a su tipo ideal en carne y hueso, se moría por tocar esos hermosos pectorales.
—Si lo tocas, puede demandarte por acoso sexual —le advirtió Azariel. ¿Cómo era que sus amigos podían saber lo que estaba pensando? El pelinegro estaba limpiando la litera superior de la cama de Alea—. Olvidamos preguntar sobre su color favorito —recordó.
—Es negro —dijo una voz ronca, sobresaltando a los tres chicos.
—Buenos días —sonrió Alea, que lo miraba desde arriba sin un ápice de vergüenza.
Zen había estado escuchando la conversación con los ojos cerrados, pero en algún momento sintió ganas de reírse, por lo que decidió levantarse en ese momento y dejar de fingir estar dormido.
Alea abrió los ojos impactado, pero rápidamente su mirada se dirigió completamente hacia su ropa interior que antes apenas estaba cubierta por las sábanas, sonrojándose instantáneamente; se dio la vuelta y se marchó corriendo hacia los armarios, lo que provocó que le dieran más ganas de reír.
—¿Te despertamos? —preguntó Azariel apenado.
—Solo queríamos arreglar tu cama como disculpa por lo de anoche —le dijo Cedric.
No había sido la bienvenida más galante de su vida, pero sí que fue muy divertida y a él no le molestó en lo absoluto.
—En realidad dormí muy bien —aclaró. Hacía tiempo que no había dormido tan bien como lo hizo esa noche.
—Solo encontré un set negro, pero la frazada tiene un diseño de cuadros en gris, ¿No te molesta? —preguntó Alea.
—Está perfecto —se desperezó y se puso de pie para vestirse, cogió sus pantalones y su sudadera; cuando levantó la vista, los tres chicos le habían dado la espalda. Estaba tan acostumbrado a convivir con sus hermanos que no pensó en que a ellos podría incomodarles—. Lo siento —se disculpó.
—No te preocupes, s-solo avísanos cuando vayas a hacer eso —las orejas de Alea se habían puesto tan rojas que a Zen le provocó el impulso de pellizcarlas.
—Alea, trae las sábanas —lo llamó Azariel.
—Puedo arreglarla yo —se ofreció, de todas maneras era su cama.
—No, te ayudaremos a ordenar tus cosas —le palmeó el hombro Cedric, pero rápidamente la retiró al recordar que seguía sin camisa—. Es una costumbre en este dormitorio.
—Puedes desempacar tu ropa mientras tanto —le recomendó Azariel—. A la derecha del armario hay cajones vacíos, y el espacio del colgador lo compartirás con Elyan.
Le señaló la pared que estaba más cerca del cuarto de baño y básicamente era un armario gigante; cogió su maleta y la llevó hacia allí, y empezó a guardar su ropa dentro. Pensó que quizá había traído muy poca ropa, porque solo hicieron falta dos cajones para tener todo en su lugar.
Luego se dio cuenta que todavía tenía cosas de uso personal que necesitaba guardar, pero no estaba seguro de dónde colocarlas.
—También hay cajones de presión bajo tu litera —le avisó Alea, que se había acercado a él silenciosamente—, y los zapatos van en el armario de la entrada. Hay sitio para tres pares, pero si sabes cómo ordenarlos, el espacio puede ser suficiente para seis.
—Gracias por avisarme —le agradeció.
El chico era muy atento y también muy tierno, le recordaba mucho a sus hermanitos menores.
—Cuando termines de ordenar todo, puedes colocar la maleta en aquel armario —señaló la escalera de la litera de Azariel—. Solo tienes que presionar y se abrirá solo —le recomendó—. Deberías apresurarte y asearte, están a punto de dar las nueve y media y hoy nos tocará comer en la cafetería —hizo un mohín de disgusto. Zen casi sonríe al verlo—. Por el tifón no podemos pedir comida a domicilio porque el camino es muy peligroso, y no podemos cocinar porque no hay corriente. Todo es un desastre —se lamentó.
—¿Y qué harán con ellos? —preguntó viendo a los otros dos chicos en la litera cerca de la ventana.
Ambos estaban completamente noqueados y Elyan tenía una forma muy peculiar de dormir: su cabeza colgaba por un lado de su litera como si estuviera a punto de caer.
—Perdimos la esperanza de poder despertarlos hace un par de semanas —dijo viéndolos con resignación; también se llevó la mano a la barbilla, pensativo. A Zen le pareció lindo, su cuarto hermano pequeño solía hacer eso cuando planeaba alguna travesura—. Por alguna razón solo reaccionan a la voz de Declan; le diré que grabe una alarma con su voz.
—¿Quién es Declan? —Zen estaba colocando sus cosas restantes en los cajones bajo su litera; eran bastante espaciosos. Si hubiera sabido que existían de esas cuando vivía en casa de sus abuelos, no habría tenido que pelearse con sus hermanos mayores por un pequeño espacio en el armario empotrado que había en su habitación.
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Editado: 16.06.2026