Jardín de tulipanes [bl]

Capítulo 10: Pequeño novio falso

Alea y Zen

La casa, con decoración moderna y colores neutros, albergaba un aura solitaria a pesar de que en su interior había más de un centenar de personas que caminaban por los pasillos día y noche. Cuando Alea era pequeño y solía visitar la mansión con sus dos amigos, siempre corría a la habitación de Azariel por miedo a quedarse a dormir solo.

Si de día parecía vacía y solitaria, de noche era lúgubre y aterradora, rodeada de pinturas antiguas y retratos de personas que parecían estar vigilando en todo momento. Aun si habían pasado años visitando aquel lugar, la sensación no desaparecía a pesar de haber crecido.

Cedric y Alea no tenían que ser guiados por los empleados para saber dónde estaban sus habitaciones; siempre que dormían allí ocupaban las mismas recámaras.

Por lo que se dirigieron a ellas sin dudar; sus puertas estaban decoradas con letreros de sus nombres que ellos mismos habían hecho cuando estaban en primaria. Eran las dos habitaciones contiguas a la de Azariel, no había por dónde perderse.

—Dúchate con agua caliente antes de bajar —recomendó Cedric a Alea—. Puedes enfermarte por andar de atrevido y mojarte en la lluvia —regañó.

—Sí, sí —contestó Alea cerrando la puerta de su habitación; tiró su mochila a un lado y corrió al cuarto de baño.

Sentía tanto frío que sus dientes habían comenzado a castañear. Aún sentía que le ardían las mejillas al recordar lo que le había dicho Zen esa noche en el club.

—Si hubiera sabido que luego iba a ser mi compañero de cuarto, no me habría entrometido —dijo en voz baja.

En el club no pudo verle la cara con claridad; las luces que provenían de la pista de baile le habían cegado la vista y solo lograba ver sombras; por lo que era evidente que no lo iba a reconocer en absoluto cuando entró al dormitorio, pero Zen estuvo jugando con él desde que llegó, ocultando que ya lo conocía.

Tenía miedo de acercarse a él desde la noche en el club; mentiría si dijera que no se sentía atraído: el chico era apuesto, tenía un cuerpo para morirse y, como siempre, Alea tenía la maldición de fijarse en chicos con los cuales no tenía ninguna posibilidad, ya fuera heterosexuales o gais pasivos.

Quería agradarle a Zen, por supuesto. Había aprendido que llevarse bien con sus compañeros era lo mejor para una sana convivencia.

Sin embargo, sus instintos habían actuado mucho más rápido de lo que su cerebro pudo procesar; no podía decir que estaba enamorado, eso era demasiado, pero era muy descarado negar que no le gustaba Zen y que también, por un momento, se le había pasado por la cabeza conquistarlo, pero esa mañana se levantó con la determinación de crear una sana amistad con él cuando se dio cuenta de que era heterosexual.

Por desgracia, lo había arruinado mucho antes de comenzar. ¿Por qué se le había ocurrido decir todas esas estupideces en el club? Aunque su intención era buena, no evade el hecho que fue testigo de las frases descaradas y obscenas que había soltado su boca; tenía suerte de que el chico no fuera un homofóbico y se sintiera incómodo cerca de él.

No estaba seguro de cuánto tiempo estuvo en la ducha; simplemente notó que el agua comenzó a quemarle la piel y entonces cerró la llave. Suspiró con pesar al espejo; siempre había estado consciente de ser un chico muy bonito: al igual que una chica tierna, podía llamar la atención, pero no lo suficiente para que un chico heterosexual se olvide de lo que hay entre sus piernas.

¿Por qué no podía fijarse en personas con las mismas preferencias que él? ¿Acaso era tan difícil? Trató de ya no pensar en el asunto y se puso la bata de baño. Su mono, que adoraba, estaba hecho un desastre; lo colocó en la cesta con la esperanza que la servidumbre lavara la ropa antes de regresar al internado para poder llevárselo.

—Pensé que te habías ahogado ahí adentro.

«Jesús, pero qué susto». Fue lo primero que se le vino a la mente al ver a Zen cerca de la puerta del baño de su cuarto. Aun con el corazón en la boca, evaluó al susodicho de pies a cabeza. «¿Por qué tenía que verse más bueno que unos muslos de pollo picante?»

Jamás se imaginó que al abrir la puerta del baño se encontraría a Zen esperando apoyado en la pared, Así como estaba, recostado contra el muro de la forma más masculina y sexi posible, no podía evitar que su corazón diera un vuelco como loco, latiendo de forma irregular y no precisamente del susto.

Zen había esperado a ver en qué dirección quedaba la habitación de Alea antes de seguir a una mucama. Cuando lo vio desaparecer detrás de una puerta al otro extremo del pasillo, rápidamente entró al cuarto que le habían asignado y se cambió de ropa. Quería hablar con él antes de almorzar y así aclarar cualquier malentendido.

Tocó la puerta dos veces, pero nadie abrió; por un momento pensó que quizá ya había bajado, pero para estar seguro, abrió la puerta con cuidado y entonces escuchó la regadera. Solo había esperado unos minutos para que saliera el rubio; estaba con el cabello empapado mientras gotas se desprendían de su barbilla, envuelto en una bata azul marino que parecía ser más cara que cualquiera de sus pertenencias. Sus ojos verdes estaban completamente abiertos del susto.

Para Zen no era extraño ver a hombres desnudos o en bata de baño, pero, por alguna razón, la imagen de Alea con el cabello mojado y en bata de baño, por algún motivo extraño, le causó la sensación de estar haciendo algo incorrecto, y se avergonzó un poco por acorralar al menor en paños menores. En su mente no parecía una acción bastante escandalosa, pero la realidad era un cuento muy distinto. Sinceramente, lo último que quería era incomodar al pequeño rubio.




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