Jardín de tulipanes [bl]

Capítulo 11: Hermoso conejito

Cedric y Johan

Johan venía tan concentrado en su conejito que no se dio cuenta cuando llegaron al enorme edificio. Hasta que se bajó del carrito y vio la puerta doble de madera gruesa que unos sirvientes abrieron para ellos, recibiéndolos con bebidas preparadas como si estuvieran entrando a un hotel.

—Joven Azariel, todo está listo para que disfrute junto a sus amigos —comunicó un hombre calvo de unos sesenta años que se parecía al maestro estricto de matemáticas que había tenido en segundo de secundaria; hasta tenía la misma cara de amargado—. Emma, Mary Ann y Joseph los acompañarán en su estadía por si se les ofrece algo más —presentó el anciano.

—Gracias, Grahan —sonrió Azariel amablemente.

—Es un honor de este anciano verlo por aquí con buena salud. Escuché que unos alumnos lo habían agredido —mencionó el hombre con calma—. Deme sus nombres y le prometo disciplinarlos como debe de ser —susurró, pero Johan, que estaba cerca, alcanzó a escuchar.

En serio se parecía a su profesor de secundaria. ¿Cómo los iba a disciplinar? ¿Los haría copiar líneas o algo así? Aunque, después de ver la mirada siniestra en su rostro, no creía que fuera algo tan simple.

—Grahan, la tortura está penada en este país —le advirtió Cedric al anciano.

—Si nadie se entera, no es delito —comentó el hombre muy serio. Johan y Zen voltearon a verse alarmados. «¿Qué clase de mayordomo era este?»

—Mejor déjale el trabajo a las autoridades y vive tranquilamente —aconsejó Azariel, tocándole cariñosamente el hombro al mayordomo, que por alguna razón se veía decepcionado.

—Como usted ordene, joven —acató haciendo una respetuosa reverencia a Azariel. Luego vio con detenimiento las caras de cada uno de los chicos—. Ummm... —dijo pensativo—. ¿No trajeron con ustedes al niño travieso?

—Viene atrás —contestó Cedric.

En ese momento iba llegando el tercer carrito con Alea y Elyan.

—¡Abuelo Grahan! —gritó Alea, saltando del carrito y corriendo a abrazar al anciano—. Hace tiempo que no te veo, hasta llegué a pensar que ya habías muerto.

—Grosero —le regañó Cedric.

—¡Vaya! Jovencito, al parecer sigue igual de bajo que la última vez —molestó el hombre—. Le diré a Mary Ann que le prepare bebidas con leche.

—Y tú igual de arrugado —contraatacó Alea—. Te recomendaré algunos sérums de rejuvenecimiento.

Los más altos pensaron que el hombre era estricto, pero, al ver las interacciones que tenía con el rubio, notaron que al anciano le gustaba bromear y, aunque al principio podía parecer disgustado con Alea, se podía ver que le agradaba mucho. El hombre medio sonrió y miró a los sirvientes que estaban a su lado.

—Le presento a Joseph —señaló de pronto a un joven en sus veinte, que estaba a un lado—. Él sirvió por cinco años como salvavidas en un resort, le he pedido atentamente que esté pendiente de usted por si desea jugar cerca del agua.

Azariel, Cedric y Zen intentaron aguantar la risa, dejando en completa confusión a Elyan y Johan.

—Eso fue un golpe bajo, abuelo —reprochó Alea, entrecerrando los ojos con resentimiento.

—Solo me preparé por si acaso —se disculpó el hombre—. Como verá, ya no tengo la edad para lanzarme al agua sin pensar.

—¿Pero sí para torturar? —bromeó Azariel.

—¿Tortura? —Elyan miró a Johan con un gran signo de interrogación en su rostro; este le lanzó una mirada que claramente decía: «mejor no preguntes».

—Qué días aquellos —suspiró el hombre con tristeza—. Todavía extraño esos gritos.

Los tres pequeños reían al escuchar las palabras del mayordomo, pero los otros tres estaban sintiendo escalofríos por todo el cuerpo.

—Mejor vamos a divertirnos —sugirió Cedric cuando notó la cara pálida de Johan.

—Disculpen mi mala educación —se disculpó el anciano—. Pasen adelante y disfruten su estadía.

Los seis siguieron al interior de las puertas. Adentro estaba calientito y un olor a manzana llenaba el ambiente; los recibió una enorme sala con sofás que se veían bastante cómodos, sillas y mesas con una tabla de ajedrez y otros juegos de mesa.

—¿Quieren un tour primero y luego decidimos qué hacer? —preguntó Azariel.

Los tres más altos se miraron entre ellos. Johan quería estar con su conejito, pero también estaba intrigado por el lugar. ¿Qué tanto había allí adentro para que el lugar fuera tan grande?

—¡Tour! —decidieron los tres al unísono.

—Bien, entonces dejemos las mochilas aquí y pasemos a la otra habitación.

—Joven Azariel, si gusta puedo llevar las mochilas a los vestidores —se ofreció una sirvienta.

—Esa sería buena idea —contestó Azariel.

Todos le entregaron las mochilas a los tres sirvientes. Cedric y Alea no tuvieron problemas, pero Zen, Elyan y Johan se sintieron un poco incómodos; aunque sabían que era su trabajo, ese trato era nuevo para ellos, era como darle más trabajo a sus madres.

—Gracias por cuidarnos, hermanas, y a ti también, hermano —agradeció Alea, sacando unas tabletas de chocolate de su mochila y entregándoselas a cada uno.




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