Cedric y Johan
Hay un cierto sentido poético y melancólico al escuchar la lluvia caer, ver las nubes grises ocupando todo el cielo y el viento meciendo agresivamente las ramas de los árboles. Por alguna razón, la añoranza y el anhelo comienzan a resurgir con más firmeza, pero hay una diferencia... estar con la persona que amas.
Ver todo ese panorama ya no parecía tan melancólico; en su lugar, la calidez, el cariño y la satisfacción de estar tan cerca se podían palpar como un algodón de azúcar flotante. Así era amanecer al lado de Cedric. Contempló a su conejito por más de una hora antes de decidir levantarse.
Johan amaba los días lluviosos y, más aún, si no tenía que asistir a clases. En realidad, todos en la mansión Raven estaban muy perezosos; hasta los sirvientes se dieron cuenta de que sus maestros no se levantaron a la hora de siempre. El día domingo, la tormenta había arreciado mucho. Las calles que se dirigen a la ciudad habían quedado inundadas debido al desbordamiento de un río cercano; era la primera vez que un tifón arrasaba por esa zona y el gobierno no había tenido tiempo para prepararse para el desastre.
Johan había hablado con su hermana y su madre; por lo que estaba seguro que no les sucedería nada, y su padre estaba fuera del país. Sus abuelos tuvieron que evacuar a una villa segura. Sin embargo, viendo todos los desastres que suceden afuera y saber que no eran los únicos afectados, los hacía sentirse culpables.
Ellos estaban seguros y cómodos en una mansión donde lo tenían todo, estaban secos y calentitos, podían disfrutar de una comida abundante y deliciosa, mientras que otras personas tenían frío, se quedaban sin hogar al cual volver o sufrían la desaparición o muerte de un ser querido.
Era triste ver todo a través de una pantalla, frustrados sin poder hacer nada; solo eran unos niños de preparatoria. Por suerte, tenían a un Azariel inteligente y con buenas ideas.
A pesar de que físicamente no podían hacer nada, sí podían ayudar un poco, y eso era: donaciones. Buscaron en internet fundaciones benéficas que estaban ayudando con el desastre y a las personas que habían quedado varadas, reunieron cierta cantidad entre todos y donaron a tres de ellas. Obviamente, Cedric y Azariel fueron los que aportaron el 85% de fondos en la cantidad final, ya que a comparación, sus fondos, el de Alea, Elyan y Zen eran limitados.
—Eso ayudará con víveres y ropa —comentó Cedric frente a la pantalla del ordenador.
—Además, la fundación de nuestra familia también estará ayudando —recordó Azariel.
—Mis niños, les traje un refrigerio —anunció Ivonne, que desde temprano se había metido a la cocina.
Azariel se sentía apenado con la tía de Alea, pues desde que llegó insistía en ayudar en la casa: cocina, lavandería, limpieza. La mujer intentaba hacer de todo, aun en contra de la servidumbre, que entraba en pánico cada vez que la encontraba realizando el trabajo por el que les pagaban.
—Tía Ivonne, hay sirvientes que se encargan de eso, debería descansar.
—No estoy acostumbrada a quedarme quieta —dijo sin importancia—. Si no hago algo por mi cuenta, me volveré loca.
—Además, las galletas que hace la señorita Ivonne son más deliciosas —mencionó Elyan.
—Si te escucha el chef, va a llorar —bromeó Cedric.
—No le hagan caso, él come cualquier cosa que le den —acusó Johan mientras recibía una mirada severa de parte de su amigo.
—Aunque es verdad que cocina muy bien —halagó cortésmente Zen, haciendo que las mejillas de la tía Ivonne se sonrojaran.
Cedric, como todos los demás, siempre se había preguntado cómo era que la familia materna de Alea solía aparentar menos edad de la que realmente tenían: rasgos infantiles y figura delgada, a pesar de consumir más calorías que cualquiera sin subir un solo gramo. Y la tía Ivonne, en todo caso, poseía una figura tan hermosa que cualquier modelo de Victoria’s Secret hubiese envidiado.
La baja estatura era de familia, y eso sólo contribuía a que se viera más como una veinteañera que como una mujer de treinta años. Los chicos todavía se preguntaban: ¿Cómo era posible que no pudiera conseguir novio? Hermosa, exitosa, joven e inteligente, tenía todas las cualidades para arrasar con los hombres; y, aun así, continuaba siendo soltera.
—¿Acaso en el internado les enseñan así a hacerle la pelota a los adultos? En su lugar deberían ponerse a estudiar aprovechando el tiempo libre —regañó.
—Tía, déjanos disfrutar de nuestras vacaciones. Ya tenemos suficiente con los exámenes de la semana pasada —mencionó Alea, el cual estaba sentado al lado de Cedric comiéndose un sándwich de fresa con crema.
—Oye, glotón, si no veo una mejoría en tus calificaciones, olvídate de recibir faciales gratis de mi parte —amenazó su tía.
Alea, asustado, rápidamente dejó de comer y miró a su tía con cara aterrorizada; eso era lo peor que le podían decir a alguien que cuidaba diligentemente de su apariencia. La mujer, satisfecha con la reacción de su sobrino, se echó el cabello hacia atrás con desdén y salió en dirección a la cocina.
—Riel, si mi tía llega a abandonarme algún día, por favor acógeme —pidió en tono lastimero.
—Sí, sí, viviremos los dos solos en una cabaña destartalada hasta que nos llegue la hora de morir —bromeó Azariel, fingiendo hacerle caso al rubio.
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Editado: 02.07.2026