Hay un dicho que dice: «los recuerdos son una forma de aferrarse a las cosas que amas, las cosas que quieres, las cosas que no quieres perder», pero... ¿Y si lo que no quieres perder son los recuerdos de la persona que amas? ¿Qué se hace en esa situación? Por supuesto, escribir una carta...
&
En cuanto lo peor de la tormenta pasó, los chicos pudieron ir a divertirse a la casa de juegos. Keitan dirigía la empresa desde su oficina en casa mientras vigilaba a los menores e Ivonne se encargaba de hacer bocadillos para los niños y el dueño de la casa, aún en contra de las peticiones del mayordomo y el chef, que se volvían locos cada vez que entraba a la cocina o al cuarto de lavado; a pesar de esos pequeños inconvenientes, la estancia fue amena y reconfortante.
Al menos para Azariel lo fue; en su memoria adquirida no recordaba que el antiguo dueño de su cuerpo compartiera tantos momentos junto a su padre, por su parte, estaba agradecido de tener aunque sea uno y poder experimentar esos momentos por primera vez.
Un niño huérfano lo que más anhela sobre todas las cosas es una familia; ahora la tenía, contaba con un padre que se preocupaba por él, un hermano muy entrometido, pero que lo cuidaba mucho, su primo que parecía más como un hermano, su tía y su tío, que a pesar de no haberlos visto en persona aún —al menos no ahora que él era Azariel, pero según las memorias que le quedaban—, eran personas que lo querían mucho.
Azariel quería disfrutar cada momento, no quería arrepentirse de no haber gozado de los regalos que el otro chico le dejó, porque una familia era un regalo maravilloso para él, que no había tenido en su antigua vida. Por ello, siempre que podía iba a la oficina de su padre y se recostaba en el sofá de cuero que adornaba la estancia mientras leía un libro; casi no compartían una conversación, pero el solo hecho de estar cerca le traía una extraña satisfacción.
El día antes de regresar, mientras los demás ordenaban sus pertenencias para no dejar nada el día de mañana, se escapó para seguir con la rutina que había mantenido la última semana; porque sí, la tormenta duró poco más de una semana.
Entró al cuarto haciendo el menor ruido posible, cogió el libro que había dejado sin terminar el día anterior y se recostó en el sofá. Desde el principio había algo que seguía molestándole; claro, él no era malagradecido, estaba feliz con lo que tenía, hasta sentía que tenía demasiado a comparación de su antigua vida llena de carencias, no solo de dinero, sino también de afecto; vivir ahora era un tesoro invaluable, como ganarse la lotería cuando eres un mendigo, pero el hecho de que en su memoria no existiera el recuerdo de una madre le causaba confusión.
Hasta lo que recuerda, Azariel no vivió con su padre en un principio; su primer recuerdo de ese lugar es cuando tenía cinco años, entonces, analizando lógicamente, esos primeros años tuvo que haber vivido con la madre que le dio a luz y, aunque intentó recordar con todas sus fuerzas aunque sea un mínimo detalle de ella, al final solo pudo recordar una risa, pero no había rostro, momentos juntos, nada que le diera constancia de que tuvo una madre alguna vez.
En la casa había retratos de Keitan, Declan, Azariel y una mujer de cabello castaño que podía adivinar que era la madre de Declan, ya sea por sus ojos fríos o pocas expresiones faciales.
Según lo que le había contado Cedric cuando eran más jóvenes, sus padres nunca se casaron y su madre se fue cuando se enteró que estaba embarazada, y él volvió al morir su madre; en esa historia había muchas dudas que no había preguntado y que todavía en ese cuerpo existía el temor de preguntar. Azariel tenía curiosidad; sobre todo, tenía curiosidad de saber más sobre su madre.
En varias ocasiones intentó preguntar al respecto, pero en el momento se arrepentía de ello y desistía de hacerlo. No porque creyera que su padre se negaría a contarle, sino porque no quería lastimar su corazón, pues, según Cedric, su padre había amado con todo su corazón a su madre y por eso le causaba más curiosidad saber la razón de por qué ella se fue y lo crio sola.
Ni siquiera le estaba prestando la debida atención al libro; se supone que ya había leído algunas páginas, pero en cuanto cayó en cuenta, no recordaba nada de lo que acababa de leer. Cansado por el sinfín de pensamientos que invadían su mente, dejó el libro a un lado y suspiró de puro agotamiento, se dio media vuelta y miró a su padre.
Keitan estaba leyendo unos documentos y tenía otra pila de ellos amontonada a un lado, por eso dudaba en interrumpir su trabajo; sin embargo, su padre le había dicho anteriormente que podía preguntarle cualquier cosa y, aunque pareciera que estaba ocupado, siempre iba a tener tiempo para él, así que pensó que era el momento de sacar valentía de donde sea y simplemente preguntar.
—Papá —llamó sin dejar de observar al hombre.
—¿Mm?
Azariel observó fijamente en dirección a su padre; Keitan tenía el mismo color de cabello que él, igual de liso y fino, además de esos ojos azules cristalinos, pero su color de piel y fisonomía eran muy distintas; en cambio, Declan era la viva imagen de su padre, con excepción del cabello castaño claro que había heredado de su madre y esas expresiones frívolas que podrían confundirse como desinterés de la vida.
—¿Cómo era mamá?
Keitan, inmediatamente, dejó de escribir y soltó el bolígrafo, colocándolo a un lado. Desde que trajo a Azariel, el niño nunca le había preguntado acerca de su madre, siempre guardaba silencio y escondía su carita tras el osito que Declan le regaló; creció sin hacer las preguntas obvias que todo niño hace cuando crece y él tampoco había tocado ese tema, pero ahora, su precioso hijo le preguntaba sobre la mujer que amó con todo su corazón.
#303 en Joven Adulto
#1529 en Otros
amor puro reencarnaciones, violencia amor dolor tristeza y vida, romance +16
Editado: 02.07.2026