Jardín de tulipanes [bl]

Capítulo 23: Novio Falso

Eran prácticamente las tres de la tarde y Declan se dirigía con urgencia a la agencia de talentos Pegasus como su padre le había ordenado, con el solo propósito de cuidar de su pequeño hermano. Sin embargo, no se encontraba con muy buen humor, pues antes de salir, tres tripulantes indeseados se habían colado en el auto sin su consentimiento.

Las tres garrapatas que siempre se les pegaban a sus protegidos lo habían asaltado cuando se dirigía a su dormitorio para cambiarse de ropa. Al principio lo ignoró argumentando que no sabía nada sobre el paradero de los chicos; no obstante, esos demonios chupasangre lo siguieron hasta el baño y no lo dejaron en paz ni cuando el chófer de su padre llegó por él. Un segundo de distracción bastó para que los tres indeseables se colaran en el auto, haciéndose difíciles de bajar.

—¿Por qué vinieron ustedes dos? —preguntó con irritación—. A él lo entiendo —señaló a Johan, que no había soltado su celular y estaba enviando el mensaje número cincuenta desde que se subieron al auto—, pero ¿ustedes?

—Es que ninguno contesta su móvil, así que estamos preocupados —mencionó Zen con calma.

—Salieron solos, les podría haber pasado algo en el camino —insistió Elyan.

—¿Qué les puede pasar si están con el abuelo de Riel? —soltó fastidiado—. Están más seguros ahí que en ese dicho dormitorio.

Ninguno de los presentes dijo nada.

Elyan no tenía planeado obligar a su superior a llevarlos; lo único que buscaba era información sobre el paradero de los chicos y asegurarse de que estaban bien, pero Declan era muy testarudo al negarse a compartir lo que sabía, por lo que no les quedó de otra que pegarse a él como llavero.

El viaje fue un poco incómodo y silencioso; ninguno de los tres quiso entablar una conversación. Johan y Elyan le tenían miedo a Declan, y a Zen no le gustaban los problemas innecesarios. Al principio pensaron que se dirigían al centro, pero cuando el conductor tomó otra carretera se extrañaron un poco.

—No crees que vaya a llevarnos a un terreno baldío para asesinarnos y enterrarnos, ¿cierto? —susurró Johan a Elyan—. Hubo testigos que nos vieron subir al auto con él.

Elyan no creía que algo como eso sucediera, pero al ver a su amigo asustado, se le ocurrió una idea para divertirse y molestarlo para aligerar un poco el ambiente.

—En realidad su familia tiene mucho dinero, solo bastaría con sobornar a los testigos para que guarden silencio —la cara de Johan se puso pálida—. Creo que no volverás a ver a tu conejito.

Zen solo fijó su mirada en el paisaje y contuvo la risa ante la desesperación del peliblanco, que comenzaba a enviar mensajes frenéticamente, hasta que llegaron frente a un gran edificio que decía «Pegasus». Declan bajó del auto y se adentró en el edificio; los demás lo siguieron.

—Es una agencia de entretenimiento —mencionó Zen—. ¿Qué hacen los chicos en este lugar?

Declan no contestó; se dirigió a la recepcionista, que no había dejado de verlos desde que entraron por la puerta. Temprano se había topado con tres chicos bonitos y ahora tenía frente a ella a cuatro jóvenes muy apuestos.

—Bienvenidos a Pegasus —sonrió—. ¿En qué puedo ayudarlos?

—Tengo una cita con el señor Azai Parisi —comunicó Declan gentilmente, pero sin sonreír—. Informe que Declan Raven vino a buscar a su hermano.

—Muy bien, esperen un momento.

La recepcionista se comunicó con la secretaría del presidente, que rápidamente pidió que subieran, y esta se los comunicó a los chicos.

A la mujer no le pasó desapercibido que este chico de ojos azules y el chico bonito que se parecía al presidente compartían el mismo apellido: ¿sería el hermano de ese niño? Pero este podría parecerse a su madre; eso quería decir que el presidente tenía dos hijos ilegítimos y no uno. La mujer no esperó ni un segundo: en cuanto las puertas del elevador se cerraron, escribió en el foro de la empresa: «El primer hijo del presidente acaba de presentarse en la compañía, en este momento va directo a su oficina y es muy apuesto».

Al igual que con los chicos, el secretario Antonio ya los estaba esperando para mostrarles el camino hacia la oficina del presidente, pero antes de que pudieran abrir, Azai salió de su oficina hecho un vendaval, saludó a los invitados lo más cortés que pudo y les pidió en silencio que lo acompañaran al plató. La noticia de que Maylo se estaba saliendo de control le llegó de parte de Duncan, que lo llamó desesperado.

Los cuatro, junto con Azai y el secretario, bajaron a la planta de los sets de fotografía. El hombre mayor iba decidido a poner en cintura por fin a ese fotógrafo terco; no era la primera vez que le llegaba una queja por violencia hacia sus empleados. Primero intentó razonar con él; no obstante, su estupidez se estaba pasando de la raya. Ahora era momento de que le diera un ultimátum: o se comportaba o se marchaba de su empresa.

Lo que jamás se imaginó fue encontrarse a Maylo siendo colgado del cuello de la camisa a manos de su lindo nieto. Los cinco recién llegados se quedaron paralizados al ver la escena, sin poder pronunciar palabra.

—Vuelve a repetirlo, maldito loco —rugió Azariel enojado—. De verdad que eres un ser repugnante. Vine aquí por un favor que me pidieron, pero no estoy dispuesto a aguantar tus groserías y maltratos solo por tu síndrome de inferioridad. ¿Quién demonios crees que eres? —Los mánager y asistentes intentaban inútilmente que Azariel soltara al fotógrafo, pero este solo pensaba en darle una lección a ese tipo grosero—. ¿Te atreves a amenazarme con echarme de aquí? Inténtalo, no te tengo miedo.




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