Jardín de tulipanes [bl]

Capítulo 26: ¿La novia secreta de Keitan?

Maximiliano en realidad era un hombre tranquilo, la mayor parte de su temperamento se lo había llevado su mujer. Todavía estaba un poco sorprendido de los años que habían durado casados. ¿Su secreto? Dejar que hiciera lo que quisiese y no opinar al respecto. Todo hubiera estado bien si no se hubiera metido en la vida de su hijo y en la de la mujer que amaba.

Su hijo ya había accedido a un matrimonio arreglado, pero su mujer no se conformaba con eso y quería más. Al final terminó con el odio de su hijo y sin poder ver a sus nietos; y Maximiliano, por lo mismo, igual. Gracias a los pecados cometidos por esa mujer, ahora él también era un pecador; en parte, era su culpa por no frenarla cuando debió hacerlo.

Este año cumplía ochenta y cinco años, ya no tenía muchos años por delante y muchos de ellos le habían sido arrebatados por su esposa; otros once alejados de su hijo, y su primer nieto casi no lo visitaba. Incluso Cedric prefería pasar sus días de verano en casa de su tío que en la de su abuelo.

—Aquí está el broche que pidió, señor —dijo Hans al entrar por la puerta—. Lo había dejado en su sala privada.

—Bien, si lo pierdo, mi hija me matará —comentó cogiendo el broche y colocándolo en el saco.

Se miró al espejo y suspiró.

—¿Está nervioso, señor? —preguntó Hans.

—¿De qué tonterías estás hablando ahora? —respondió el hombre con el ceño fruncido.

Hans sonrió. Desde que su padre había muerto a temprana edad y le había dejado el puesto de asistente del maestro Raven, había notado que, cuando se pone nervioso o ansioso, suspira una y otra vez.

—Él tiene los ojos y el cabello del señor Keitan —comentó Hans, llamando la atención del anciano—, pero es el único parecido con los Raven que podrá encontrar en él. Es inteligente, amable y, aunque tiene un poco de temperamento, su sentido del humor es muy especial; conversar con él es como encontrar un rayo de sol en un día de tormenta.

—¡Tonterías! —rezongó el anciano, pero su ánimo había mejorado al escucharlo.

—Él no lo odia —informó, ayudando a alisar el saco—, pero tampoco espera nada de usted. Mi sugerencia es —el anciano lo escuchó atentamente— que le demuestre que puede hacerlo, esperar algo de su abuelo.

El hombre mayor solo soltó un bufido antes de darse la vuelta y salir por la puerta, siendo seguido de cerca por su asistente.

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En el segundo piso, Azariel llegó rápidamente para darle la medicina a Cedric, que ya llevaba bastante tiempo esperando; cuando pudo salir del cuarto de baño, su semblante era pálido y sus manos estaban completamente frías.

—Te advertí que no debías comer demasiado —lo regañó Azariel.

—Lo siento —se disculpó.

Pero Cedric de verdad quería asegurarse de no pasar hambre durante la cena; desde pequeño había odiado la comida que servían durante las cenas en la casa de los Raven.

Declan y Azariel decidieron llevar a Cedric a la terraza para que descansara un poco y, en el camino, le pidieron a una sirvienta que fuera a la cocina a solicitar un té para la digestión.

—Es mejor quedarse aquí hasta que te sientas mejor —sugirió Declan—; si regresas a la sala, solo te dará más indigestión.

—Sí, no quiero ver las caras de esas urracas por más tiempo del debido —estuvo de acuerdo el castaño.

—¿Por qué siento que hoy estás más insolente de lo normal? —dijo Azariel a su primo, que normalmente es un poco sarcástico, pero no con los mayores.

—Es que tengo 15 años más de experiencia que tú en estas reuniones —contestó el castaño—; conozco a esas mujeres y son un fastidio de críticas.

Azariel no dijo nada porque era cierto; tanto su hermano como Cedric conocían ese ambiente y los dos le habían advertido, ¿no sería un tonto si no les hiciera caso? Además, su padre también estaba realmente preocupado. Unos minutos después llegó la sirvienta con el té, que Cedric tomó con calma y, poco a poco, iba cobrando color.

—Cedric, el tío Liam acaba de llegar —avisó Declan—. ¿Le digo que estás aquí?

—Sí, dile a papá que venga.

Azariel sonrió, pero no dijo nada. Cedric siempre aparentaba ser maduro, pero cuando estaba enfermo era como un niño de diez años, quizá porque creció sin figuras paternas constantes. Azariel sabía que sus tíos amaban a Cedric con todo su corazón, pero el hecho de que tuvieran un trabajo que los hacía viajar lejos por largas temporadas hizo que el castaño los extrañara aún más.

—¿Cedric? —llamó un hombre de cabello castaño claro y ojos amarillos al entrar a la terraza—. Cariño —se asombró al ver al chico recostado en una tumbona.

—Papá —llamó Cedric, un poco lloroso.

El hombre se apresuró para abrazar a su hijo y mimarlo mientras se sentía mejor; Declan y Azariel decidieron salir en silencio para darles espacio y se dirigieron al jardín.

—¿No ha dicho la tía Alehna cuándo va a volver? —preguntó Azariel.

—Se supone que regresará dentro de unas semanas y se quedará por unos meses, pero el trabajo siempre suele alargarse —contestó Declan.

—Ojalá vuelva pronto, creo que Cedric la extraña.




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