Londres, Inglaterra.
No sé qué hacer o qué decir. La gente a mi alrededor sigue llorando. Creo que ya no tengo más lágrimas. Tal vez se me acabó la cuota para esta ocasión. ¿Es eso posible? Unos suspiran, otros conversan de lo bueno que fue él. Hablan en pasado de él, como si ya no existiera.
Me levanto de la silla y camino no sé a dónde. Cuando alzo la vista estoy en la puerta, a unos metros del féretro. ¿Por qué lo hizo?
Hay dos velas en la parte superior del cajón. También hay varias coronas de flores con cintas que dicen quienes las envían. No sé quiénes son esas personas, sólo conozco a mi familia. El ataúd está abierto para que todos lo puedan ver.
Me acerco lentamente y miro su rostro. 40 años no es vejez, pero él se ve viejo. Su enfermedad y sus pensamientos lo llevaron a hacer lo que hizo, creo. El cuerpo que veo no es nada de lo que yo recuerdo de él. ¿Hace cuánto que no lo veía? ¿Un año? ¿Seis meses? Trato de recordar, pero no puedo. La única imagen que llega a mi mente es la reunión que hicieron mis padres en un cumpleaños. Él estaba ahí, pero sé que hubo otras ocasiones en donde nos vimos luego de mudarnos de Brighton. Sin embargo, en este momento no me acuerdo. Tal vez mi mente aún está paralizada por su muerte.
¿Por qué lo hizo?, vuelvo a repetirme. Escucho unas voces y más llantos fuera de este cuarto. Aquí hace frío. Deben conservar “fresco” el cuerpo. Inhalo aire y el olor a formol queda en mis pulmones. Huele a hospital y realmente detesto ese olor.
Salgo de la sala y veo a mi madre, mis hermanos, mis tías, mis tíos, mis primos y gente desconocida. Me siento nuevamente luego de recorrer la funeraria.
Al parecer él tenía cáncer, pero no sé muy bien de qué tipo. Sólo sé que él se dejó vencer sin luchar o tal vez luchó hasta donde pudo y el dolor fue mucho más fuerte que no pudo aguantar más. No soy nadie para criticarlo. Me enoja las personas que sí lo hacen, que lo critican por su muerte. ¿Quiénes son ellos para decir que está condenado y que no tiene perdón de Dios? ¿O para decir que las personas que se suicidan son cobardes y sus almas se van al infierno? Nadie sabe qué fue lo que pensó en sus últimos minutos. Fue valiente. No todos tienen el coraje de hacer lo que hizo. Él sólo quiso acabar con su sufrimiento. Nadie debe juzgarlo por eso, pero lastimosamente lo hacen.
Miro a mi izquierda y hay una señora que tiene una bandeja ofreciendo café y tés a todos los que estamos aquí. Siento la garganta seca y tomo un vaso de café con dos sobres de azúcar.
Bebo, pero sigo con un sabor amargo en la boca. Inhalo aire, pero es inútil sentir aire fresco; el olor a formol y flores me persigue. Miro a mi mamá que está hablando con una señora. No sé quién es. Miro a toda esa gente reunida porque mi tío está muerto. ¿Por qué no se reunieron con él cuando estaba vivo? ¿Por qué se olvidaron de él? ¿Por qué no insistieron con él para que fuera los fines de semana a casa de la abuela? ¿Por qué no hicieron más por él?
Bebo todo el café y comienzo a jugar con el vaso entre mis manos. ¿Por qué él no se dio cuenta que tenía muchas personas que lo querían y se preocupaban por él? Hoy, a dos días de la noticia, la situación aún parece irreal.
De las conversaciones que escucho dicen que las muertes más dolorosas son: morir ahogado, morir quemado y morir ahorcado. Sin embargo, yo creo que cualquier muerte es dolorosa. Mis ojos se nublan de nuevo y trago saliva a través del nudo que se ha formado en mi garganta para evitar llorar.
¿Vendría gente a mi entierro? ¿Le importaría a alguien?
Luego de la misa nos disponemos a ir al cementerio. El sacerdote ha dado una reflexión sobre la unión familiar. Espero que eso le haya quedado a alguien de nosotros y lo haga cumplir. Somos numerosos y eso debería hacernos más unidos, ¿no? Pero en los últimos meses no ha sido así. Mi mamá se había peleado con mi abuela y dos de sus hermanas. Se habían dejado de hablar. Incluso mamá me prohibió visitar a mi abuela y hablarle. Le refuté que yo no tenía nada que ver con ese problema, pero eso la enojó y me dijo que si la visitaba le estaba dando la razón a ella y eso no podía ser así porque yo era su hija. Quise decirle que yo no estaba del lado de nadie, pero me callé para no discutir. Creo que ahora todos esos problemas quedaron olvidados con la muerte de mi tío. Es triste saber que para entender que una familia siempre debería estar unida sea a través de la tragedia.
Abrazo a los hijos de mi tío y me despido de Annie pues no va a ir al cementerio. Es muy duro para ella, sólo tiene nueve años. Así que se va con su madre, la ex esposa de mi tío.
Voy con mi mamá y mis hermanos en el auto. Cuando bajamos el calor del verano se siente tan bien en mi cuerpo, aunque el cielo está gris la temperatura es alta y me da un abrazo cálido. Vemos el lugar donde enterraremos a mi tío. Nos dan un momento con él. Un último momento. Todos lloran. Yo también. No he rebosado la cuota de lágrimas como pensaba. Los dos hijos de mi tío junto con unos primos y mis hermanos alzan el cajón y lo llevan hasta donde está un bulto de tierra a un lado de un hueco. Lo ponen allí y los sepultureros empiezan a bajarlo.
Las hermanas de mi tío comienzan a sollozar más fuerte. El hijo mayor, Andrew, está al frente llorando. Nada lo consuela. ¿Cómo consolarlo? Terminan de bajar el cajón y lanzan flores.
Estoy junto a una tía y ella sigue rezando. Tengo un nudo en la garganta que no me permite hablar. Volteo la mirada y veo a Frank, el segundo hijo de mi tío, que mira hacia la tumba. Él no dice nada, solo llora.