Je ne t'ai jamais oublié

Capítulo 1

Étienne

La mayor parte del mundo considera que Paris es la ciudad del amor. Para mí, la ciudad del amor está bastante más al sur, en Vézac, un pueblito pintoresco, famoso por sus lugares turísticos como el Castillo de Beynac o los maravillosos jardines de Marqueyssac, entre otros.

Mi familia siempre ha vivido en ese lugar. Somos propietarios de un pequeño Hostal que ha sido heredado generación tras generación por los hombres de mi familia y cuyo nombre porta el de nuestro honorable apellido, “Dubois” (Del Bosque). “Hostal Dubois”. Y qué más apropiado para el entorno en el que está ubicado, una propiedad que, aunque no es tan grande, está rodeado de árboles boscosos y enclavada a los pies de una pared rocosa.

Yo amo mi hogar y más aún a mi familia por haber sido capaces de conservar por tanto tiempo el legado que nos pertenece por derechos ancestrales. Y pudiera parecer poco convencional llamar “hogar” a un lugar que solo es de paso para mucha gente, sin embargo lo es, porque todos aquellos que viven y trabajan allí, son parte de una gran “familia” por opción, una en donde todos trabajan por un bien común, el de hacer sentir a los visitantes que aquel pequeño rinconcito de Francia es un refugio cálido y seguro al cual volver.

Ese también es mi refugio. Siempre lo ha sido. También lo fue…. cuando ella se fue.

12 años atrás

- Juliette, ¿puedes entrar para que el resto te conozca? – Dijo nuestra maestra, la Señorita Bernard.

Apenas la vi entrar al salón de clases, sentí que algo raro me sucedía. Creí que los croissants que Eloise, la cocinera de nuestro hostal había hecho, estaban malos. Quizás utilizó algún ingrediente que ya estaba vencido o no terminó la cocción en el horno los minutos que correspondían. No lo sabía, pero de que algo habían producido en mi estómago, eso era innegable. ¿De qué otro modo podía explicar todas aquellas vibraciones que estaba sintiendo? Era como si un terremoto removiera mis entrañas y un pequeño gusanito me las apretara con una cuerda hasta estrangularlas.

Quería levantarme y correr hacia los sanitarios para devolver hasta lo que había comido el año pasado, pero mis piernas se negaban a erguirse y mi boca se había cerrado en banda para evitar pedirle permiso a la maestra para que me dejara ir al baño. Empecé a sudar frío y mis manos temblaban tanto o más que mi estómago. Estuve a punto de vomitar en medio de la clase hasta que al oír su voz, una repentina calma me embargó y se llevó consigo todos los dolores y molestias que había sentido.

- Hola. – Dijo tímidamente, bajando un poco la mirada pero observando a todos a su alrededor a través de sus largas pestañas y sus grandes ojos azules. – Me llamo Juliette Blanc González de la Riva y vengo de Castelnaud La Chapelle, un poco más al sur que aquí. Mi papá es francés, pero mi mamá es española, por eso mi segundo apellido suena distinto.

Con esas pocas frases que Juliette dijo, toda mi inquietud y molestia desaparecieron. En ese momento no supe qué poder mágico tenía esa niña de largo cabello castaño claro y ojos azules sobre mí, pero supe que si no quería volver a experimentar una sensación tan horrible como la que había sentido cuando la vi por primera vez, era mejor tenerla de amiga que de enemiga. Fue así como decidí acercarme a ella.

En realidad… no tenía opción porque la maestra no encontró otra idea mejor que sentarla a mi lado y pedirme que le ayudara a incorporarse a la clase.

Cuando me dio la mano para saludarme, supe que estaba perdido.




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