Je ne t'ai jamais oublié

Capítulo 2

Juliette

Estaba muy nerviosa. Era mi primer día de clases en esa escuela. Me estaba incorporando un mes más tarde que el resto de los alumnos. Eso era porque papá había retrasado nuestra llegada desde Castlenaud en vista de que aún le faltaban algunas cosas a nuestro nuevo hogar. Él nos había dicho que en un principio viviríamos en el nuevo hotel que había adquirido para su cadena de hoteles, pero luego cambió de opinión y decidió comprar una casa al otro lado del pueblo y acondicionarla para nuestra llegada.

Honestamente, lo prefería así. No me causaba ninguna gracia tener que mudarnos cada año a un hotel distinto. El último había sido el que teníamos en Castelnaud. Papá había remodelado cierta parte de él para que luciera como un “hogar” y pudiera tenernos cerca a mamá y a mí. Al principio fue entretenido vivir rodeada de lujos y comodidades típicos de un hotel 5 estrellas. En verano aprovechaba la enorme piscina que había en el Hotel y en el invierno el Spa, el sauna y la piscina temperada además de los juegos infantiles que nunca faltaban por los alrededores. No puedo negar lo agradable que era comer todos los días las exquisiteces que nuestros chefs preparaban o disfrutar de ver caras nuevas, algunas cargadas de experiencias y otras, como la mía, recién comenzando a vivir. Era como vivir eternamente de vacaciones, solo que en el fondo no lo era. Al menos en las vacaciones se compartía en familia.

Sí, al principio fue divertido, pero después ya no lo fue tanto. Aquella vida estaba teniendo un costo muy alto para mí. Casi no teníamos vida familiar. Papá solía levantarse al alba y comenzar a trabajar en el hotel incluso antes de siquiera darnos los “buenos días”. Y eso era cuando estaba en casa, o más bien dicho, en el hotel de turno, porque al ser dueño de una cadena hotelera, con hoteles en diferentes pueblos y ciudades y cada uno de ellos requiriendo su presencia de manera constante, era normal que se la pasara de viaje y cada vez era más difícil pasar tiempo con él.

En efecto, fue en uno de esos viajes de trabajo cómo papá y mamá se conocieron.

Mamá había venido desde España a hacer un reportaje para la revista de turismo en la cual trabajaba, cuyo tema en esa ocasión era “Turismo medieval en Francia”.

El destino los unió en el Valle del Dordoña, un lugar rodeado de castillos medievales junto a sus diferentes pueblos considerados los más bonitos de Francia. Fue en el hotel que tiene en Domme donde se conocieron, ya que mamá lo entrevistó como parte de su nota. Ambos dicen que fue amor a primera vista. Y tal vez lo fue, ya que desde ese momento no se separaron más. De hecho, papá se aseguró de hacerle un tour por todos los lugares de interés de la zona, castillos los primeros, y le permitió alojarse en todos sus hoteles como invitada especial. No pasó mucho tiempo hasta que se casaron y tampoco pasó mucho tiempo hasta que mamá supo que venía en camino.

Quizás el romance apresurado estaba hoy pasando factura porque papá ya no está tanto con nosotras y mamá se la pasa escribiendo en su ordenador sus reportajes, eso cuando está por aquí. Por su trabajo, también viaja bastante y usualmente me deja a cargo del personal del hotel.

Tengo 8 años, pero soy bastante más madura que el resto de los niños de mi edad. Sé, a ciencia cierta, que quienes más se preocupan por mí, son los empleados de los hoteles. Ellos han pasado a ser mi familia. Mamá tiene a la suya en España y solo los hemos visto un par de veces, y papá solo tiene a un hermano menor que no quiere tener nada que ver con los hoteles. Él es corredor de bolsa en Nueva York y no tiene intenciones de volver a Francia. Ni siquiera se dignó a venir a conocernos cuando nací. Al parecer no hay buenas relaciones entre papá y él.

No puedo evitar sentirme sola a veces. El hecho de cambiar de casa y de escuela cada año ha repercutido en mí. A lo largo de los años me ha sido imposible crear lazos con ningún amigo porque sé desde un principio que mi estadía en dondequiera que esté en ese momento es solo temporal. Odio que papá no me permitiera echar raíces en ningún lugar, aunque debo confesar que ahora pareciera ser diferente.

Sé que ya he pasado por estos cambios antes, pero nunca es fácil para mí conocer gente nueva. Y la verdad es que soy yo la nueva y no puedo esperar a que los demás sean amigables y se me acerquen. Debo tomar la iniciativa o si no me comerán viva…. como la última vez.

Eso era lo que tenía en mente hasta que me sentaron junto a un niño rubio de ojos celestes como cielo. Cuando la maestra me dijo que me sentara a su lado, se me apretó el pecho. No esperaba que me emparejaran con un niño. Rogaba porque mi compañero de pupitre fuera una niña, pero tristemente no lo fue. A medida que me acercaba veía en su rostro una extraña palidez y una mueca de incomodidad, como si quisiera salir huyendo de mí en vez de querer matarme por invadir su privacidad.

- Hola. – Le dije y le extendí mi mano para saludarlo. Tímidamente la tomó, aún con su persistente palidez. Estaba segura de que en cualquier momento me vomitaría encima.

- Hola, soy Etienne Dubois. – Me dijo y sus mejillas milagrosamente se tornaron rosadas. Yo solo sonreí y ahogué una carcajada antes de que se me escapara. Lo encontré tan lindo y tierno que pensé que el corazón se me iba a salir del pecho.

- Eres linda… quiero decir…Mmmm…. tienes unos ojos muy lindos. ¡¡Rayos!! No sé lo que digo. Bienvenida a Vézac. ¿Quieres ser mi amiga?




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