Etienne
En el presente
- Otra vez pensando en Juliette supongo. – Didier me conoce mejor que nadie. Han pasado 12 años desde la última vez que la vi y no hubo un solo día desde entonces sin que ella no haya estado en mis pensamientos.
- Cállate. – Le digo mostrándole una sonrisa que no llega muy arriba ni convence de que me haya causado gracia tal afirmación.
- Amigo, así como lo veo, tienes solo dos opciones para que el mal de amores no te haga morir de pena. O la olvidas o la buscas. Así de simple.
Lo dice y sé que tiene razón. Ya tengo 20 años. Ya no soy un niño. Aunque por fuera he cambiado y por dentro, obviamente he madurado, mis sentimientos por Juliette nunca han desaparecido, aunque ella sí lo haya hecho.
Todavía recuerdo el día en que me enteré de su partida. Fue un día como cualquier otro. Me levanté como cada mañana y bajé a tomar desayuno. Eloise había preparado como de costumbre, croissants, y yo los comí con las mismas ganas de siempre. Y como siempre, le guardé a escondidas dos a Juliette.
- ¿Aún crees que no me doy cuenta de que le llevas mis croissants a Juliette? – Sonrío a Eloise con una cara mezcla de vergüenza y culpabilidad. – No tienes que esconderlos. Simplemente pídemelos y te los daré con mucho gusto para mi niña. Solo dile que cuando venga pase a saludarme.
- Lo haré, Eloise. Y gracias por los croissants. Juliette estará contenta de saber que tú se los envías y que yo no he tenido que robarlos. – Ella se ríe con ternura.
- Esa niña y tú algún día formarán una linda familia. – Yo solo la miro y agacho la cabeza con vergüenza de dejar ver mis sentimientos por ella. Al parecer soy más evidente de lo que creía y Eloise se ha dado cuenta. Antes de que diga nada más, me despido y corro para ver a Juliette cuanto antes.
Llegué a la escuela dispuesto a meterme por primera vez en el papel de novio “falso” de Juliette, pero resultó que ella no había ido a clases ese día. Me preocupé un poco ya que me imaginé que tal vez estaba enferma. Pensé en ir a su casa después de las clases y llevarle los croissants que me había “robado” de la cocina del hostal. Aún no sabía con qué excusa presentarme ante sus padres si es que me encontraba con ellos, pero ya cruzaría ese puente cuando llegara el momento. Estaba en esas cavilaciones cuando de repente la maestra llama nuestra atención.
- Queridos alumnos, tengo una…. triste noticia que darles. – Todos nos miramos sin saber a qué se refería la señorita Bernard. – Juliette Blanc ha dejado de pertenecer a nuestra escuela. Ya no va a volver a clases. Sé que muchos de ustedes le tenían mucho aprecio… - Me mira sabiendo que ella era mi compañera y mejor amiga. - … pero han… sucedido algunas cosas que han hecho que sus padres tomen esa decisión.
Mi mundo se detuvo por no sé cuánto tiempo y cuando tomé conciencia de ello parecía que todo avanzaba ralentizado, como que había algo que me impedía moverme y mucho menos moverme a una velocidad normal. Quería salir corriendo de allí directo a casa de Juliette y preguntarle qué había sucedido.
Sabía que su familia era… “especial”. Muchas veces me contó cómo se sentía respecto a la relación que tenía con sus padres. También sabía lo complicada que se había vuelto la relación entre ellos. Ya casi no se veían y cuando lo hacían, eran peleas y discusiones por cualquier tontería. A menudo ella se veía en medio de aquellas peleas y solía esconderse debajo de la cama y taparse lo oídos para no escuchar nada.
La jornada se me hizo eterna. No logré concentrarme en nada de lo que los maestros enseñaron. Yo solo podía pensar en cuál era la ruta más corta para llegar cuanto antes a casa de Juliette y verla.
Apenas sonó la campana, tomé mis cosas y corrí a casa de Juliette. Nunca había corrido tan rápido en mi vida. Como si corriera de alguna manera para salvarme… para salvarla a ella de lo que fuera que le estuviera haciendo daño.
Una vez que llegué, golpeé la puerta con desesperación esperando que alguien me abriera. Pasaron uno, dos, tres minutos y yo sin dejar de golpear la puerta me retorcía de angustia. Luego ésta se abrió y apareció una mujer que no era la madre de Juliette. Sabía que ella trabajaba en el hotel de su padre. La recuerdo de una vez que ella fue a buscarla un fin de semana cuando Juliette se quedó con nosotros.
- ¿Dónde está Juliette? – Pregunto casi gritando, peleando conmigo mismo para no derribar la puerta e ir a buscarla por mí mismo.
- La señorita Juliette se fue a España con su madre. Ya no van a volver más.
Las palabras me caen encima como un cubo de agua congelada. Me agarro al dintel de la puerta para no caer, pues siento que mis piernas no me sostienen, y lentamente me voy de ese lugar, con la mirada perdida, con el corazón echo trizas y el remordimiento incrustado en mis entrañas por no haberle confesado cuánto significaba para mí…. cuánto la quería.
- ¿Y? – Didier no se apiada de mí y me presiona para que tome una decisión.
- Amigo, no es tan fácil. Es como buscar una aguja en un pajar. No sé por dónde buscar. Ella se fue a España y yo ya no estoy en Vézac, sino aquí en Paris.