Jefe Encubierto

Capítulo 2

—Así que...trabajas aquí—Afirmó Amadeo. 

  

No era de los jefes que se involucrara con sus empleadas, pero técnicamente —y legal también— él asumiría su cargo dentro de treinta días. La mujer era increíblemente guapa, encantadora y carismática, así que no le pesaba romper una ligera regla con vacío legal. 

  

—Trabajo aquí como recreadora clase A. 

  

—Claro, debí imaginármelo, eres muy animada—Lorena sonrió.

Ambos habían subido a la terraza de uno de los edificios para conversar un rato. Lorena le había dicho que estaba en sus horas libres así que no lo vio como un problema. Aunque quiso sacarle información acerca del hotel, la mujer siempre terminaba persuadiéndole, así que decidió hablar de temas vanos. Estaban bajando las escaleras mientras charlaban.

  

—Me gusta recrear, aunque el trabajo solo sea un pasatiempo—Miró su reloj y frunció sus labios.  

  

—¿Ocurre algo? 

  

—Soy la encargada de la bailo terapia hoy y está a punto de comenzar, supongo que ¡ah! —Lorena se cayó al suelo al pisar el último escalón. Amadeo se agachó y la vio preocupado. 

  

—¿Te encuentras bien? 

  

—Creo que me doblé el tobillo— La rubia llevó su mano a su tobillo izquierdo y lo acarició—. Oh, esto es muy mal, no podré hacer la bailo terapia—Dijo lastimera. 

  

—Tranquila, estoy segura que alguien podrá reemplazarte, no puedes bailar así—Miró su tobillo, no lucía hinchado, pero eso no significaba que no hubiese lesión—. Puedes llamar a alguien para que se encargue de reemplazarte, yo puedo llevarte al hospital. 

  

—Que amable—Sonrió apenada. Amadeo la ayudó a levantarse y la tomó de la cintura, sim perder la oportunidad de sonreírle con galantería. Lorena le devolvió el gesto. 

  

  

Carmen bajó de la habitación luego de alistarse, alisó su camisa de algodón y suspiró. Los recreadores eran los encargados de todos los espectáculos. Era un trabajo en donde te pagaban por divertirte y hacer que los demás se divirtieran. Sin embargo, había una parte del trabajo que era agotadora y esa eran los espectáculos nocturnos, las coreografías, el vestuario, todo era agotador y agobiante durante las temporadas porque era noche tras noche. Carmen lo sabía, por eso suspiraba. Amaba cantar, bailar y actuar, pero eso no significaba que no le generara cansancio de sólo pensar en la larga temporada que le esperaba. Y como una afirmación de sus augurios, apenas bajó el último escalón, su teléfono sonó. Observó el identificador. Era Lorena. Volvió a suspirar. Lorena no era de las que llamaba desinteresadamente. 

  

—¿Qué quieres, Lorena? 

  

—¿Ya llegaste a camerinos? ¿Cómo están todos? 

  

—No he llegado. ¿Qué pasa? 

  

—Carmen, me crucé con un hombre—«ay no puede ser»—. Es un melocotón, fingí que me doblé el tobillo, pero me tocaba hacer la bailo terapia hoy. 

  

—Eres más rápida que la diarrea. Apenas empieza la temporada y ya le pusiste nombre a tu bala. 

  

—Es que es el hombre perfecto, Carmen. Es extranjero, guapo, con un buen sentido del humor, caballeroso y lo más importante de todo es que parece tener dinero ¿Cómo quieres que suelte a ese pez gordo, cariño? Por la virgencita, ayúdame en esta. No seas así, mira que diosito te ve desde arriba y San Pedrito te anota las buenas acciones en el libro de la vida. 

  

—¿Qué se supone que haga? Apenas y acabo de llegar, no he ensayado nada. 

  

—Ya se te ocurrirá algo. Eres muy inteligente, mi vida. Te dejo que ahí viene mi papucho con el hielo. 

  

—Lorena... ¡Lorena!—miró la pantalla del teléfono. Le había colgado—. Bravo. Maravilloso—refunfuñó sin detener su marcha. 

  

Saludó a cualquiera que se le cruzara en frente y caminó hasta la tarima, rodeándola. Justo debajo de ella, se encontraban los camerinos. Apenas entró todo era un escándalo. 

  

—¡¿QUIÉN VA A REEMPLAZAR A LORENA?! ¡SE LE OCURRE TORCERSE EL TOBILLO CUANDO TENEMOS AL GERENTE RESPIRÁNDONOS EN LA NUCA PORQUE ES INICIO DE TEMPORADA! —Gritó Renato, su jefe. Un moreno musculoso de aspecto pulcro y con un carácter que a veces resultaba insoportable. Se llevó la mano a la frente y cayó en los brazos de Eudis, quien lo vio espantado—. Agárrame, agárrame que me desmayo. 

  

—Yo voy a ocupar el puesto de Lorena, Renato. Relaja esa pelvis—expuso Carmen. 

  

—¡Carmen, mi amor bello! —se levantó y se aproximó a ella, recomponiéndose—. Bien entonces, muévete a salir que ya hemos perdido veinte minutos de la programación—Renato se acercó a Carmen y le sonrió pícaro—¿Te dijo Lorena por qué no vino? —Carmen apretó sus labios. Renato y Lorena era como uña y mugre. Él podía ser el jefe, pero hacía todo lo que Lorena le pidiera porque eran «amiguis»—. ¿Te mandó fotos del hombre? 

  

Carmen bufó. Detestaba ser cómplices de esos problemas, pero no le quedaba de otra. Cuando tenías de enemigos a ese dúo te hacían la vida imposible durante toda la temporada. No era que Carmen los aguantara, pero se había prometido ser menos grosera y más cordial esa temporada. 

  

—Dame el malparido micrófono, Renato. 

  

—Que no se te olvide que soy tu jefe, cariño. 

  

—Que te den. 

  

—¡Y muy duro contra el muro! ¡Que así sea! 

  

Se preparó para salir. Ya se le ocurriría algo en la tarima, era buena improvisando así que ya vería. Luenargo y Samanta salieron junto con ella como bailarines auxiliares. La música comenzó a resonar en los parlantes y los tres salieron juntos. 

  

—¿Qué haremos? —Inquirió Luenargo. 

  

—Conquistar el mundo, Pinkey—Dijo con sarcasmo—. No me preguntes que voy a hacer porque no lo sé. Acabo de llegar y ni siquiera vi los pasos. 




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