CAPÌTULO ll
HISTORIA DE JESÚS
Corría el año mil novecientos sesenta. Sin proponérselo su mente, voló en el tiempo. Pasó mares y montañas, con miedos, risas y llantos. Llegó a su infancia en las montañas vascas. Aterrizó en el entierro de su padre. El ambiente, rústico, alumbrado con pocas velas, entronizaba el drama. Todos vestían el negro más absoluto. Lo saludaban con solemne gravedad y mímicas dramáticas. Reconocían en él al nuevo jefe de familia. Su madre llorosa le repetía sin pausa.
Con solo doce años supo que el lugar y la responsabilidad de su padre eran suyos. Así delegaba en él el mundo exterior del que nada conocía.
Tristeza y decepción envolvían las facciones maternas. Lo había soñado cura y más allá de eso, cardenal. Abocó a ello cada minuto desde el parto. El nombre elegido, “Jesús”, fue la bandera con que, entusiasmada, transformaba el más simple acto cotidiano en una proclama de santidad. Partía entonces a recorrer la aldea anunciándolo al tiempo que exigía perentoriamente ser creída y reverenciada como madre de santo. Nadie en la aldea se atrevió nunca a cuestionarla.
Si bien fue persuadido, por los tiernos modales maternos, a cumplir su papel, no estuvieron ausentes, la severidad y dureza necesarias para recordarle cuestiones y valores religiosos, cuando lo creía necesario.
Dios estaba, para él, omnipresente, era la realidad que regía los mínimos actos de su vida. Tener la “fe del herrero”, aquella que acepta sin cuestionar la autoridad divina de la Santa Iglesia que todo nos enseña y aclara. Ese sería el principio que debía regir su vida.
Si.
Frente al féretro paterno, la cara de su madre reflejaba el horror de despedir tanto al marido, como sus sueños maternos. Azorada aceptaba sin entender los designios divinos. Le costaba resignarse en silencio a verle convertirse en lo que para ella era de una vulgaridad sin límites, una atrocidad en toda la línea “un hombre común”.
A partir de ahí su poder familiar sería omnímodo, cual corona, su nombre, Jesús, le fue dado con la clara intención de que ejerciese, como hermano mayor, la virtud y el ejemplo. Ahora Dios ponía en sus manos la autoridad que, en ausencia de su padre, toda la familia acataría, sin cuestionamientos, en el futuro.
Sólo incontables años después, Paquín, su nieto preferido, lo había desafiado, Lo hizo en profundas y largas conversaciones donde religión, valores y demás, eran cuestionados. Algunas duraban meses, pero más allá de perturbarlo, una vez terminadas, le dejaban la luz que da una libertad y de la que jamás había disfrutado.
Su nieto era al mismo tiempo, la duda, y la libertad de vivir. Encontraba en él, el amor y el perdón más allá de toda diferencia.
Paquín, por su sola existencia, y sin saberlo, saltó todas las vallas que lo apresaban.
Jesús, tímido, con su aire formal, y sin tener el don de la palabra, había formado en su entorno un aura solemne que lo aislaba.
Sin embargo, Paquín llegó a ese niño que había desaparecido al morir su padre. Sepultado cuando se internaba en la responsabilidad y las montañas para cuidar las ovejas de la familia.
Su nieto le enseñó a jugar y reír. Con él perdió la melancolía que desde aquel entierro le había envuelto. Sin proponérselo se educaron juntos.
Era el único nieto que, de manera natural, había adoptado, los modismos españoles e, ignorando los usos americanos usaba, con él, el tú.
Recordó como cada madrugada partía, en reemplazo de su padre. Iba allí con la prima Jacinta que llevaba sus rebaños. Recordó esa hora fresca como ellos. Sintió los olores de la madrugada, los sonidos y colores, que los acompañaban en el desafío de volver sin perder una oveja.
Su prima lo observaba y atendía con el respeto dedicado a los adultos. Siempre alegre, servicial, toda ella era ternura. Juntos, alguna vez, asustados, buscaban una oveja perdida en la neblina. Sabían que podía llegar a ser el alimento de los suyos por semanas.
Revivió la complicidad en esas tardes que, reforzadas por medio de pactos y alianzas sobreentendidas, decidían ocultar la pérdida para continuar buscando al día siguiente.
Con los años la inocencia se retiró silenciosa ante el avance de la atracción. Almas y cuerpos, poco a poco, revelaron su secreto. Estando a un paso del amor cada cual lo dio a su manera. Jacinta robaba horas al sueño para cardar y tejerle abrigos. Él a sus quince años era un hombre y la había tomado bajo su amparo.
En sus hogares, donde la comida no sobraba, hablar de América era soñar con libertad, bienestar y hasta riquezas.
Poco a poco, con medias palabras, serio y respetuoso fue, Jesús, haciendo su propuesta de viajar a América. Sin embargo, ella encantada, demoraba la definición final en medio de un vacilante pánico.