jesùs y Jacinta

CAPÍTULO lll EL VIAJE

CAPÍTULO lll

EL VIAJE

Se embarcaban en Vigo. Hasta allí fueron el nuevo matrimonio y sus madres. Querían evitar, por todos los medios, con su emoción, debilitar la felicidad de sus hijos. Sin embargo, sus rostros mostraban recién nacidos surcos, producto de noches insomnes. No pasaban de cuarenta años, pero aparentaban muchos más. Sus ojos siempre húmedos los decían todo.

El adiós fue un larguísimo abrazo donde rústicas manos campesinas acariciaban con ternura la cabeza quinceañera. Ambas lloraban a la par. Sabían que no volverían a verse. Empezaba ahí la temida distancia.

Sonó la campana que indicaba embarcar. Jacinta y su madre lejos de separarse se abrazaban cada vez más fuerte. Los pasajeros no detenían su paso. Jesús también emocionado no sabía qué hacer. Jacinta no daba señales de querer embarcar. Finalmente, ayudado por su hermano, tiró de Jacinta que llorando se refugió en él dejándose llevar. La cola para embarcar era larga. Todo el tramo lloró una Jacinta desesperada. Finalmente, empezaban la rampa de subida cuando una Jacinta, fuera de sí, vio a su madre y trató de volver a ella. Solo la detuvo la cara, desencajada, de Jesús que le dijo.

-No me dejes.

Él también lloraba.

Tenían quince y diecisiete años. Empezaban su aventura.

A Jacinta el mar y la comida sumados a nervios y temores le sentaron mal. No cesaba en vómitos y mareos. Su distracción era observar la juventud que llenaba el barco, haciendo de la travesía una larguísima fiesta de domingo. Todos se relacionaban excitados. Eran jóvenes que, como ellos, emprendían las más locas aventuras. Ramón queriendo ir a Cuba viajaba a América del Sur porque no tenía el dinero para esperar los dos meses el barco a La Habana. Los quince años de Luis no evitaban que viajase con todos los ahorros familiares en el bolsillo.

Esteban venía de Murcia, con sus 19 años, era todo vigor y desafío, parecía haber cruzado el océano mil veces. Su persona irradiaba seguridad y magnetismo. En pocos días Jesús le admiraba. Se dirigía a un pequeño poblado al norte de una provincia llamada “Santa Fe”. Describía el pueblo y sus posibilidades de manera tan prometedora que Jesús deseaba secretamente seguirlo. Lo tentaban también los cuentos de Ramón, según los cuales el sur del país tenía inmensas cantidades de tierra a repartir y todo por hacer.

El peligro de los indios no lo asustaba. Imaginaba que todas esas benditas tierras los tendrían por doquier y si, finalmente, se había lanzado a esta aventura era sin el más mínimo temor, porque sabía bien que ya se encargaría Dios de cuidarles.

Las amistades se forjaban intensas, espontáneas, ajenas a toda formalidad. Se basaban en una mezcla de simpatías y apoyos mutuos. Los planes cambiaban constante y vertiginosamente. Todos sin excepción soñaban. La información era siempre de oídas ya que la mayoría, como ellos, no sabía leer ni escribir. Se comprometían de palabra. Sin premeditación eran amigos o por lo menos camaradas.

En medio de risas nerviosas acumulaban conocimientos sobre su futuro país. En conjunto constituían un éxodo juvenil, lleno de proyectos y ambiciones. Se rodeaban de juegos y música que, sin detenerse, los acompañaba.

El “Reina Isabel” se detuvo 2 días en Canarias, verdadero paraíso. Muchos no habían visto una playa. Bajaron a recorrerlas y tocar el mar imposible en el puerto o desde el barco.

Cuando anunciaron que el barco partía vieron subir a cantidad de jóvenes. Nada costó distinguir entre ellos a Trinidad, una belleza de piel color té, con inmensos ojos verdes y la sonrisa más grande y blanca que se hubiera visto. Huérfana de madre meses atrás, con un padre preso que no le podía cuidar, vendió pues cuanto encontró en su casa y se embarcó. A sus quince años era toda alegría, bailaba como nadie, todo gracia y salero. Su canto resonaba en un pasaje que, cómplice, callaba para escucharla, hasta que llevados por ella comenzaban todos a revivir y bailar.

Jacinta sin participar de aquello, incomprendida y mareada, miraba nostálgica el mar. Veía en el chocar de cada ola, la cara de su madre marcando la distancia con un mundo al que ya nunca volvería.

Salió el tema de los indios, que, si les había que, si no, alguien tenía escuchado por el tío del primo de un amigo que habían arrasado un pueblo entero. Otro también de oídas, sabía bien quien los conocía y les tenía por mansos. En fin, Jacinta casi se tira a la mar sin saber nadar cuando envuelta en pánico escucho, de boca de un ayudante del capitán a quien recurrió desesperada para aclarar las cosas, que los había de tan variadas agresividades como tribus. La retuvieron entre dos pero su crisis estremeció a todos en su entorno, de tal manera, que pasaron a suprimir de manera inmediata y para siempre el tema indio.

El malestar no la abandonaba, cansada de vomitar ya casi no comía. No le parecía mal que Jesús, por su lado, entablase relación con todos. Debía aprender, era ahora a los diecisiete años, jefe de familia. Velar por el futuro era su responsabilidad, aunque no le llevaría a ella de las narices, que para eso dejó a su madre atrás. Sin embargo, miraba a la Trinidad subida en las Canarias pensando, esa tía tan pizpireta ¿que se traerá? ¿Cómo será ser como ella? Que ¡¡¡ Mira¡¡¡ Mira!!! como la observan todos, pero que no se crea, que yo vigilo. Anda, no le eches el ojo al Jesús que soy capaz de comerte. Ándate tú con cuidado, no, hoy no le hables más, ála niña basta. Sus pensamientos continuaban sin que su expresión la delatase. Que las mujeres se prendaran de él, le parecía normal pues el atractivo de Jesús era insuperable, de grandes ojos verdes, simpático alto y atlético. Era el mejor.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.