Capítulo lV
CONSTRUYENDO EL FUTURO
Llegaron al puerto una soleada mañana de domingo. Parientes, y vecinos del pueblo, esperaban.
Volaron risas y abrazos. La alegría dominó el encuentro. Hicieron el picnic en una plaza bajo la sombra de los árboles. Pájaros que no había visto nunca la asombraban con sus cantos. Allí intercambiaron encargos y consejos. Jesús dejó ver su idea de ir a Santa Fe con Esteban. Repentinamente las caras se cubrieron con manos que ocultaban, como un abanico desplegado por una mujer de mala vida, desde risas nerviosas a un asombro feroz.
Una gasa de la incredulidad más absoluta disfrazaba terribles muecas, síntesis perfecta de decepción y enojo.
Dejarlos ir era perderlos para la colonia hispana. Ninguno siquiera consideraba privarse de esa fresca porción del pueblo que todos añoraban. No, debían retenerlos.
Fue natural que, lentamente, producto de una larga meditación, como gotas que huyen de viejas canillas, uno a uno empezase a desgranar breves comentarios.
Jesús reconoció que sus razones tenían. Asombrado miraba la ciudad con sus coches, confiterías, paseos y, gente elegante. Nunca había visto nada parecido. Era algo para lo que su imaginación no estaba preparada. No se decidía, realmente no sabía qué hacer. Allí tendrían electricidad. Le dijeron incluso que también el agua salía ya caliente de unos caños desde la pared. Le tentaba el vivir tan cómodo, como jamás escuchase que lo hacía un duque en España.
No era necesario tener, como Luis, el mayor de sus primos, su negocio. Aún como mucamo se vivía muy bien, solo trabajo de casa, con dormitorio propio. Ni hablar del sueldo y ¡que sueldo! en unos años se establecía uno.
Esteban con la fuerza de sus modales libres, fuertes y brevísimos comentarios pugnaba para que fueran con él. Los vecinos, sin disimular su frustración, lo miraban como al peor estafador. Debían defender a sus amigos con cautela inigualable. Sabían que estos pillines a la postre triunfan por arteros.
Con medias sonrisas, de irritación controlada, no llegaban a ocultar el temor de fondo. Viendo el carácter independiente de Jesús, Octavia, Carmen, Amparo, Delfina y todo el resto caían sobre Jacinta desgranando a media voz comentarios con aire de cierta indiferencia ecuánime como
- Levantada a las cuatro de la mañaa?
- ¿Para llegar a cocinar? ¿y cocinar qué? si os moriréis comidos por los jíbaros que habitan esas regiones.
- ¿qué hay, los jíbaros? Decía aterrorizada Jacinta, a quien su madre le había ya prevenido de las brutalidades de esos infieles, que reducirían su cabeza al tamaño de un garbanzo.
- ¿Y qué pensabas tú que iba a haber, en la tierra de nadie?
- Si es por eso que se dice, que el diablo ha encontrado donde ponerle una barrera a Cristo, que por eso no cumple allí sus promesas.
- ¡¡Pero qué barbaridad!! si a esta cría le falta la vida por delante
Preguntaba alterada Amparo.
Los hombres, estimulados por las perentorias mímicas de sus esposas, intervenían reforzando. Así Luis decía.
La cara de Jesús no demostraba su turbación que, al ver a sus primos tan decididos, aumentaba notoriamente. La luz, la vida al cobijo de las inclemencias del tiempo, todas las comodidades y avances que en la ciudad abundaban y con las que sabía que Jacinta soñaba. Ese había sido su compromiso y quería cumplirlo.