CAPÍTULO l
LA DESPEDIDA
Era la última mirada. Hipnotizado veía los ojos de su nieto apagarse, claramente quería darle un último mensaje y no podía hacerlo. Desesperado Quería abrazarlo y no podía. Disfrutaba de su mano, tibia aún, prolongando ese último contacto.
Petrificado supo que todo había terminado.
Un enfermero, de la terapia intensiva, lo apartó de Paquín, En un segundo, rodeado por llantos y abrazos, se entregó al vértigo y, tomó su medicación.
Como un torbellino la muerte impuso su ritmo. Todo su cuerpo sorpresivamente comenzó a expresarse invadiéndolo con náuseas y mareos. Contra su voluntad, se vio conducido por blancos pasillos impregnados con aromas, a higiene y remedios. Sus pensamientos lo empujaban desesperados al vacío. Vivía el vértigo rodeado de abrazos y suspiros.
Nadie veía que solo quería volver al lado de su nieto.
Ya, en casa de su hija, el gran salón rebosaba de gente. Conversaciones a media voz se perdían en altísimos techos absorbidas por grandes cortinados y mullidas alfombras. Todo allí encarnaba el lujo y prestigio de una gran ciudad.
Emocionados, todos lo rodeaban buscando, de alguna manera, estar presentes. Luego de un tiempo Francisca, su hija, lo instó a descansar escoltándolo al piso superior.
Camino a la biblioteca tuvo, varias veces, que buscar apoyo. A su pesar el cuerpo, no lo sostenía. Finalmente llegó. Allí, se dejó caer en el bergere.
Superado, se abandonó rodeado por libros incunables y espléndidos cuadros de Lautrec
Abajo esperaban a su yerno. Venía de París, exilio al que oportunas persecuciones políticas, sumadas a amantes y acusaciones de fraude, lo habían empujado.
Su esposa Francisca, aún hoy, orgullosa y enamorada, continuaba negando lo evidente.
Todo intento por retener una cierta paz le era en vano. La tristeza lo empujaba al abismo.
Una vez más se encomendó a Dios. Descansó su cabeza y liberó su mente, que, ansiosa, navegó al pasado.
A los ochenta y cinco años, debía aprender, una vez más, a vivir.
Rezó pidiendo a Dios que le indicase cómo hacerlo. Por momentos las palpitaciones de su corazón anunciaban el final. Tenía en su bolsillo el remedio indicado. Ahora dudaba en usarlo si prolongaba el vacío.
- ¿Dios, Dios mío, ¿es tomarlos mi obligación? ¿No actúo bien dejando todo en tus manos? Sí, Dios, tú decides.
CAPÍTULO l
LA DESPEDIDA
Era la última mirada. Hipnotizado veía los ojos de su nieto apagarse, claramente quería darle un último mensaje y no podía hacerlo. Desesperado Quería abrazarlo y no podía. Disfrutaba de su mano, tibia aún, prolongando ese último contacto.
Petrificado supo que todo había terminado.
Un enfermero, de la terapia intensiva, lo apartó de Paquín, En un segundo, rodeado por llantos y abrazos, se entregó al vértigo y, tomó su medicación.
Como un torbellino la muerte impuso su ritmo. Todo su cuerpo sorpresivamente comenzó a expresarse invadiéndolo con náuseas y mareos. Contra su voluntad, se vio conducido por blancos pasillos impregnados con aromas, a higiene y remedios. Sus pensamientos lo empujaban desesperados al vacío. Vivía el vértigo rodeado de abrazos y suspiros.
Nadie veía que solo quería volver al lado de su nieto.
Ya, en casa de su hija, el gran salón rebosaba de gente. Conversaciones a media voz se perdían en altísimos techos absorbidas por grandes cortinados y mullidas alfombras. Todo allí encarnaba el lujo y prestigio de una gran ciudad.
Emocionados, todos lo rodeaban buscando, de alguna manera, estar presentes. Luego de un tiempo Francisca, su hija, lo instó a descansar escoltándolo al piso superior.
Camino a la biblioteca tuvo, varias veces, que buscar apoyo. A su pesar el cuerpo, no lo sostenía. Finalmente llegó. Allí, se dejó caer en el bergere.
Superado, se abandonó rodeado por libros incunables y espléndidos cuadros de Lautrec
Abajo esperaban a su yerno. Venía de París, exilio al que oportunas persecuciones políticas, sumadas a amantes y acusaciones de fraude, lo habían empujado.
Su esposa Francisca, aún hoy, orgullosa y enamorada, continuaba negando lo evidente.
Todo intento por retener una cierta paz le era en vano. La tristeza lo empujaba al abismo.
Una vez más se encomendó a Dios. Descansó su cabeza y liberó su mente, que, ansiosa, navegó al pasado.
A los ochenta y cinco años, debía aprender, una vez más, a vivir.
Rezó pidiendo a Dios que le indicase cómo hacerlo. Por momentos las palpitaciones de su corazón anunciaban el final. Tenía en su bolsillo el remedio indicado. Ahora dudaba en usarlo si prolongaba el vacío.
- ¿Dios, Dios mío, ¿es tomarlos mi obligación? ¿No actúo bien dejando todo en tus manos? Sí, Dios, tú decides.
CAPÍTULO l
LA DESPEDIDA
Era la última mirada. Hipnotizado veía los ojos de su nieto apagarse, claramente quería darle un último mensaje y no podía hacerlo. Desesperado Quería abrazarlo y no podía. Disfrutaba de su mano, tibia aún, prolongando ese último contacto.