Capítulo V
EL PROGRESO
Cuando el niño nació los almácigos que Jesús había hecho con semillas traídas de España estaban muy avanzados. El intendente de “Las Tablas” persuadido por el doctor, los tomó bajo su amparo y le dio a Jesús el trabajo de jardinero de plazas, las que en poco tiempo pasaron a rivalizar con las de “Las Flechas”. El caballo llegó y la cara de Jacinta cambió. No podía ayudar a Jesús en el campo porque una y otra vez estaba embarazada.
Los frutales crecieron y como, al igual que las flores, eran raros los dos pueblos los compraban. Al tiempo apareció una volanta en la que Jacinta empezó a ir a misa los domingos.
En unos años tenía casa, rudimentaria, pero bastaba. Jesús se encargó de construir un baño muy cerca y un aljibe. En poco tiempo la rodeó de flores, huerta y lindos árboles. El trabajo era de sol a sol, aunque ya el exceso de flores y frutos se anunciaba. Jesús empezaba a tirarlos por carecer de mercados en que venderlos. Sabía que para llegar a gran productor necesitaba muchas plantas, cuanto más mejor.
Cuando podía salía a cazar terneros. Con el tiempo aprendió a capturarlos sanos. Los criaba mansos como en su tierra en un pequeñísimo espacio pegado a la casa el primer año cazó cinco, el segundo sumó otros diez, los hacía crecer y engordar. Con el tiempo se reprodujeron. Aprendió a faenar y venderlos junto con sus flores y frutas.
Con la tozudez que lo caracterizaba fue ahorrando cada centavo. En unos años, realizó su sueño de ser el señor de miles y miles de hectáreas, con el solo pago de sus impuestos. Escrituró y el intendente, creyéndolo loco, rubricó. Solo podía alambrar una muy pequeña parte de sus tierras, pero las haría rebosar de plantas, flores y ganado. Entonces, con más producción, debería buscar nuevos mercados.
El tiempo transcurría, en medio de una rutina campesina, mientras Jesús veía acercarse el logro de sus metas. En poco tiempo debería buscar nuevos mercados. No le asustaba, que, cada tanto, los indios le robaran algún animal. Aunque bien se encargaba de ocultárselo a Jacinta.
Una mañana finalmente decidió, viajar a la capital. Vería a su primo Luis. Con él vería como vender sus productos.
Enterada, Jacinta vio una oportunidad para dejar el campo. Quería ver a gente de su pueblo. Extrañaba a aquellos con quienes había viajado y sobre todo a su amiga Trinidad. Tenía veinticinco años, estaba decidida.
Así la hacía siempre callar porque no solo le había hecho con sus manos una casa, sino que la había provisto de baño y chimenea. Más aún, tenía una criada que le ayudaba y dormía con los niños.
- No empieces Jacinta, que me he de ir y los niños solos no quedan.
En casi dos días llegaron a la capital de Santa. Fe. Donde harían su primera escala. Jesús quería seguir, pero, Jacinta insistió en quedarse, los niños estaban agotados. Se alojaron en un hotel sencillo, donde, una extasiada Jacinta abría las canillas solo para vivir la caricia del agua tibia entre sus manos. Cerraba los ojos y se conectaba con sus fantasías más profundas ¡ .Era verdad, existían el agua caliente y la luz eléctrica!
Ese había sido su deseo desde que salió de España. Quería ser clavada allí como una estaca en pleno desierto.
Temprano, a la mañana siguiente, como quien pide asilo político, salió con espíritu alterado a recorrer la ciudad. En minutos sin saber cómo ni porqué vio un edificio con la bandera de España entró. Era la Asociación Española. No dudó en presentarse con cara de ánima en pena. Dada la hora estaba solo la portera, una simpática andaluza que, entre los españoles que vivían allí le nombró a su primo Paco. Lo conocía de oídas por los llantos de su prima Antonia que no lo siguió en la aventura. Mucho mayor, había viajado cuando ella era una cría. No le dieron los pies para llegar a la dirección que le daban.
Su casa era grande, como de nobles. La atendió una mucama, quien le dijo que la Sra. dormía y el Sr, “su primo”, hacía los números en el negocio, vecino a la casa. En cuestión de segundos estaba allí.
Cuando se presentó y dijo quién era vio que la alegría, en la cara de su primo, iba más allá del encuentro con una parienta. Sin noticias que intercambiar, ya que de Antonia no le iba a hablar, escuchó a su primo exuberante preguntar.
- ¡Como podría!
- Pues con la Trinidad de Canarias, que por años me ha hablado de ti, preguntándose a rabiar, donde estarías.
- Los ojos de Jacinta se llenaron de lágrimas.