jesùs y Jacinta

CAPÍTULO V ll LA CRISIS

CAPÍTULO Vl

La crisis

El regreso de Santa Fe fue, para Jesús, un triste alivio. Llevaba en su espíritu la melancolía de dejar en la ciudad a la mujer que lo había seducido. Lo cierto es que, cerca de ella, perdía el dominio de su cuerpo con sensaciones desconocidas. Su mente, inconsciente, entregada a los instintos, dejaba de funcionar.

Su virilidad lo recorría de manera tumultuosa, nueva, llena de poder. Había descubierto algo con lo cual nada de su vida anterior podía compararse. Era constantemente invadido por visiones eróticas que, una y otra vez como huracanes lo azotaban, en ellas caían juntos en desmedidas caricias. Por primera vez su cuerpo se imponía sin pedir permiso haciendo obvia su excitación. No podía evitar mirarlo cuando desnudo se vestía. Nunca lo había hecho. Desesperado solo atinaba a rezar. Ella había decidido, aun así, nada fue más allá de miradas, entonaciones y caídas de ojos, pero la comunicación era clara, no necesitaba de palabras, lo deseaba. Estaba a su disposición. Su libido, desvergonzado como fuego, lo recorría sin cesar, manteniéndolo eternamente excitado. Su cuerpo, rebelde, no le respondía. No podía disimular, su atracción por Jacinta se evaporó.

Con veintisiete años todo se esfumaba imponiendo un deseo que vencía solo con rezos.

Compararlas como mujeres era cruel. Una llena de armas vivaz refinada con los perfumes del mundo, la otra acaparada por la obligación el trabajo y la inocencia.

Terminar sus asuntos y partir se le hizo de rigor. El diablo habitaba la ciudad. Solo quería no pecar y dedicaba a eso un rezo tras otro. Más allá de la oración su mente indómita se abría a las imágenes que, demoníacas, lo invadían. Se precipitaba, en ellas, a batallas que lo dejaban extenuado, en las que cuando era vencido la culpa atronadora lo abrumaba.

Nunca viviría en la ciudad. Volvería solo por negocios, pasase lo que pasase no le faltaría a Dios.

Sabía que Jacinta, ignorante de que era el reino de Lucifer, soñaba con vivir allí. Debía sin explicar conseguir demorarla, apartarla de sus sueños, hasta que al fin hubiese sacado de su alma a aquella mujer.

Dios nuestro Señor marcaba una vez más el rumbo, Jesús no le faltaría nunca.

Sin embargo, su vida marital cambió. Ya no respondía a Jacinta que picaresca y juguetona lo desafiaba como siempre. Poco a poco sus cuerpos dejaron de disfrutarse cada mañana. A veces, sin gozarse, se encontraban y a veces retomaban lo antiguo, solo como un ritual.

Jacinta conoció la tristeza. Algo imperceptible en Jesús detenía en Jacinta su plan de vivir en la ciudad. Nadie le tuvo que decir que su esposo había cambiado. La complicidad, en su huida, se llevó la risa que dejó angustiantes silencios.

De las manos vacías no volaban ya las caricias. Los besos de labios tristes no eran, los viejos embajadores del amor.

Jacinta, sin conocer a su enemigo, supo que estaba en guerra. Hablar con Jesús era imposible ya que, con ojos desconocidos, impedía el tema.

Rara vez ella viajaba a Santa Fe, pero el cumpleaños de Trinidad era algo excepcional. Fue allí cuando la chismosa de la colonia, Casimira, se le acercó, en el preciso momento en que Jesús saludaba a una desconocida, y señalándola le dijo.

  • Cuida tú al bonito tuyo, que acá más de una le tira los perros. Ala fíjate tú. Aquella, Concepción, es la peor. Viuda y como ves, con poca vergüenza.
  • ¿Pero tú crees que me engaña?
  • Ay hija. No, que si lo hiciese no hablarían en público. Pero de que lo persigue no lo dudes.
  • Ay Casimira ¿Pues qué hago?
  • - Na, na de na. Ahora es tarde, depende de él. Pero reza hija reza, que parece un santo.

Todo cambió en su casa. Ya no jugaban cada mañana. Si sus cuerpos se rozaban era más para combatir el frío que para las constantes caricias con las que noche a noche se habían mimado. Más allá del amor había una oscura gasa entre ellos.

Cuál no sería su sorpresa cuando, al año de abandonos y silencios después de un viaje a Santa Fe, Jesús llegó una noche sonriente advirtiéndole que después de comer le daría una gran novedad.

Incrédula ante su suerte, comió ansiosa. No hubo manera de sacarle ni una sílaba, ¿se trataría de la mudanza? sin duda. Dios la había escuchado, no era una mala noticia porque Jesús, por fin, reía.

Después de comer cuando, ayudada por Adriana, lavaba los platos entró el marido en la cocina invitándola a caminar.

Salieron entonces al jardín que era un pequeño espacio con pasto. Allí, después de un rato de generalidades que tenían a Jacinta en ascuas, Jesús habló.

  • Sabes Jacinta, te he visto sufrir y trabajar. Me has regañando muchas veces, pero siempre supe que, si te dejaba regañar, tu sola me complacerías. Eres una buenísima mujer siempre lo has sido. Pues bien, he de pedirte un favor, sé que te costará, pero es para mí muy grande. No hallo en quien más confiar. Solo me pondría yo en tus manos.
  • Pues ala Jesús de que se trata, que me tienes en ascuas.
  • De que vayas a España veas a los nuestros y les lleves noticias. Pero lo principal es que lleves contigo prendido en tus enaguas una verdadera fortuna en dinero pues has de comprar vides y olivos. Se que sola no podrás, pero te harás ayudar por el tío Manuel que trabaja en el tema en Francia. Deberás traerle a él también, no importa cómo, pero convéncele que, sin él, no podré aquí hacer lo que quiero.
  • ¿Y qué es?
  • Pues, he comprado más tierras, muchas más casi regaladas. Esta vez ideales para vides y olivos, que aquí no se cultivan.
  • ¿Pero y los niños? ¿con quién quedarán?
  • Adriana y yo nos encargaremos de ellos, necesito que me ayudes, verás a tu madre y....




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